ANNUS HORRIBILIS

Annus horribilis.

Los habitantes de Villamanrique y los de otras poblaciones que existieron antes en su territorio y proximidades, como Albuher, Viloria, Valdepuerco, Montrueque, Salvanés y demás aldeas ibero-romanas y medievales, cuyos restos se esparcen por esta zona, se han visto a lo largo de la historia afectados por situaciones muy difíciles, derivadas de tres grandes males que golpeaban a las sociedades preindustriales: las epidemias, las hambrunas y las guerras. Muchas veces estas calamidades venían juntas y entonces los pueblos pequeños se veían al borde de la desaparición e incluso desaparecían, como ocurrió en el siglo XIV con la aldea de Albuher y otras cercanas.

Desde el punto de vista de la acción humana y más concretamente del bélico, el territorio que hoy ocupa Villamanrique se ha visto castigado en numerosas ocasiones por guerras y movimientos de tropas desde los albores de la Historia. En esto no se diferencia mucho del resto de nuestra Península, pero hay épocas y zonas en las que las guerras se ceban más por cuestiones geoestratégicas.

El valle del Tajo es a una vía de comunicación natural si se transita en paralelo a su cauce, pero también una barrera defensiva pues, al ser un río con un caudal considerable, no resulta fácil de cruzar para un ejército con todos sus pertrechos si el enemigo domina los pasos naturales (vados), los puentes y las barcas. Nuestro pueblo, situado en la cuenca media del Tajo, era sin duda un lugar estratégicamente importante en las guerras del pasado; había otros cercanos más importantes por sus puentes para pasar el río, como Fuentidueña o Aranjuez, por eso muchas veces algunos cuerpos de ejército, o simples partidas de guerrilleros de uno u otro signo, buscaban el paso del río por lugares secundarios, para sorprender al enemigo, dada la menor vigilancia de los mismos, como hizo por ejemplo en general Lacy en noviembre de 1809, cuando cruzó el Tajo con su escuadrón de caballería por el vado de Villamanrique y por un puente provisional de barcas, que luego sería desmontado,  con la intención de sorprender a los franceses por la retaguardia en Aranjuez.

Además, en el siglo XIX había otro atractivo para que las tropas pasaran o se instalaran en Villamanrique: las Salinas. La sal era muy necesaria para las tropas y sus caballos y tenía un valor económico de cambio importante con el que hacerse de otros recursos. De las mismas salinas se obtenía nitrato sódico, que era uno de los componentes esenciales de la pólvora negra, y sulfato sódico, conocido en la zona como «compasto», muy utilizado en el curtido de pieles y la fabricación de vidrio.

Por todos esos motivos la población de Villamanrique hubo de pasar tragos muy amargos relacionados con las guerras. Un breve repaso a algunos episodios de la Historia de la zona nos permite hacer una valoración de las difíciles situaciones en que se vieron envueltos los habitantes de este pueblo, o los de las aldeas que lo precedieron dentro de su territorio actual.

Tenemos noticias por los historiadores romanos Polibio y Tito Livio del movimiento de tropas por lugares próximos desde la época en que los cartagineses intentaban someter a su imperio la Meseta Central, concretamente cuando el célebre Aníbal se enfrentó primero a los olcades (221 a. C., zona de Segóbriga) y después a una coalición de carpetanos, olcades y vetones en un lugar cercano a Oreja y Aranjuez, cuando regresaba de una expedición de castigo contra Salamanca en el 220 a. C. Esas refriegas tuvieron continuidad cuando los ejércitos romanos conquistaron la Carpetania y luego se enfrentaron en la zona a los lusitanos de Viriato.

Más reciente y mejor documentada está la época en que Abd al-Rahman III, primer califa cordobés, fortificó la línea del Tajo medio, construyendo una serie de castillos y castillejos entre Zorita de los Canes y Toledo, entre los que se encontraba el de Albuher. La fortificación de esta línea no fue caprichosa, sino que era una respuesta a los frecuentes ataques de castellanos y leoneses que acosaban las vegas del Tajo en busca de botines, para llevarse cosechas y ganados. La fortificación del Tajo medio hizo que la guerra entre cristianos y musulmanes en la zona durase más y fuese más encarnizada que en otras zonas, pues el siglo XII fue un ir y venir de tropas cristianas y luego musulmanas con los almorávides y almohades, durante la cual la aldea de Albuher, entre otras, cambió de manos en varias ocasiones o fue atacada para conseguir víveres y cautivos. Solo la victoria cristiana en las Navas de Tolosa en 1212 alejaría el peligro de ataques musulmanes a la zona y situaría la “frontera” con el Islam en tierras de la actual Andalucía.

El siglo XIII fue por consiguiente una época de tranquilidad en la zona desde el punto de vista bélico, sin embargo, la pugna entre el Obispado de Toledo y la Orden de Santiago por el control económico y político de las aldeas que había sobrevivido al nefasto siglo XII, se convertiría en uno de los factores que llevarían a su despoblamiento en el XIV, por cuestiones jurídicas en las que no vamos a entrar ahora. Lo cierto es que el siglo XIV fue demoledor para los pobladores del área centrada en el Tajo Medio, pues además de los tira y afloja entre la Orden y el Obispado llevándose población de las aldeas para instalarla en nuevos pueblos, se vio afectada por otros dos males generalizados en toda Europa Occidental: uno, la peste negra que se inició en Italia hacia 1300, llegó a la Península Ibérica hacia 1348 e hizo desparecer casi a la mitad de sus habitantes. Otro factor fue un cambio brusco del clima, conocido como “Pequeña edad del hielo”, que comenzó a manifestarse hacia 1300, con un tiempo más frío y seco, que produjo malas cosechas y hambrunas. Con esta situación de precariedad se despoblaron la mayoría de las aldeas de la zona existentes desde época musulmana: Albuher, Valdepuerco, Salvanés, Fuensaúco, Alharilla, Montrueque, Testiellos, Viloria.

Villamanrique fue repoblado, ya con este nombre, a finales del siglo XV sobre el solar de Albuher. El comendador de Viloria, don Gabriel Manrique, dio la orden de repoblación en 1480. De las otras aldeas mencionadas solo quedan sus restos arqueológicos. El siglo XVI fue un momento de paz y prosperidad para el pueblo.

Pero en el siglo XVII e inicios del XVIII otra vez estuvo a punto de quedar despoblado Villamanrique por causa similares: guerras en Europa con participación de la monarquía hispana y la Guerra de Sucesión en España (1700-1714), que tuvo serias repercusiones en Villamanrique como demuestran algunos documentos del archivo municipal. Además, nuevas epidemias y agudización de la Pequeña edad de hielo con nuevas hambrunas. Hasta tal punto que de los 310 habitantes que alcanzó en 1575 quedaban 67 (20 vecinos) en 1754 y muchas casas derruidas. Un documento del archivo municipal de ese año (P-78, f.15) atestigua que los vecinos de Villamanrique no habían podido pagar los impuestos a la Corona y pedían que fuese condonada la deuda por: “… estar todos los vecinos de esta villa tan sumamente imposibilitados de poder pagar dichos débitos reales, por la mucha pobreza, y la corta cosecha, o nada, que se espera coger en esta dicha Villa, así de trigo como de cebada, pues muchas de estas semillas no han nacido por la mucha sequedad y falta de agua que en este año en esta dicha Villa ha caído . El mismo documento (P-78, f. 30) dice: “Que por cuanto la esterilidad de frutos que ha habido en este presente año, y en los próximos antecedentes, se hallan los vecinos de esta villa muy pobres, que entre todos serán 20, y los labradores sin tener granos para sembrar, y sin ningunos propios de ésta villa, por lo que en estos dos años no se han pagado los débitos reales y que esta villa se va despoblando, y sus casas arruinando, con especialidad por haberles faltado el uso y aprovechamiento del monte encinar, su esparto de él, y Dehesilla que llaman de la Morcillera, embargados por el Serenísimo. Sr. Infante Don Felipe, gran duque de Parma, comendador mayor de Castilla…”.

Todos estos episodios fueron muy duros para los habitantes del pueblo y aldeas de la zona, pero el cúmulo de acontecimientos negativos en el que se vio envuelto Villamanrique entre el verano de 1837 y finales de 1838 supera a todos, sobre todo por su concentración en poco más de un año, por eso podemos llamarlo “annus horribilis”, el año horrible.

Primera guerra carlista.

En ese momento, la primera Guerra Carlista (1833-1840) llevaba cuatro años desangrando a los españoles y asolando sus pueblos y campos, fue el período más duro de la contienda y el de mayor peligro para el mantenimiento en el trono de Isabel II y del liberalismo como sistema político, que intentaba sacar a España de su atraso de siglos contra los partidarios de Don Carlos de Borbón, tío de la reina,  que querían volver al absolutismo, y estuvieron a punto de conseguirlo en septiembre de 1837 mediante un serio intento de tomar Madrid.

Es el episodio conocido como “Expedición Real”. Consistió en un desplazamiento del propio aspirante a rey, Don Carlos de Borbón, desde los territorios que tenía dominados en Navarra y Euskadi con un numeroso cuerpo de ejército, cuyo recorrido por la Península fue claramente encaminado a buscar la integración de otros grupos sublevados contra la reina regente, María Cristina, quien gobernaba en nombre de su hija, la princesa niña Isabel II.

El itinerario de ese desplazamiento siguió la ruta que ofrecía para ellos menos resistencia y más seguridad ante los ejércitos de la reina. Así, pasó del pirineo vasco-navarro al valle del Ebro aragonés, y de allí a las sierras de Castellón y Teruel, donde los carlistas ejercían un dominio absoluto liderados por el general Cabrera, conocido como “el Tigre del Maestrazgo”, por tener sus cuarteles en esa región y especialmente en su capital, la ciudad de Morella.

Una vez unido Cabrera con sus tropas al ejército expedicionario de don Carlos, se formó un grupo al que difícilmente podían hacer frente los cuerpos de ejército leales a la reina, los cristinos o isabelinos, comandados por generales tan prestigiosos como Espoz y Mina, Espartero, Oraa,  o Fernández de Córdoba entre otros.

El desplazamiento de la expedición carlista hacia Madrid, con la intención de conquistar la capital del reino y obligar a la reina a huir o a pactar alguna salida al conflicto, se efectuó por la provincia de cuenca, de tal manera que siguió el itinerario Tarancón-Fuentidueña-Villarejo-Perales, para llegar a Arganda, donde se estableció el campamento de Don Carlos a la espera de la rendición de Madrid, hecho que no se produjo, de forma algo inexplicable aún, pues las defensas de la ciudad estaba desbordadas.

Como podemos apreciar, esta marcha pasó muy cerca de Villamanrique con los consiguientes efectos negativos: los cargos municipales del momento tuvieron que suministrar comida y pienso para las caballerías, llevando ambas cosas a Fuentidueña, donde acampó una noche la división del general Cabrera, además, como veremos más adelante, hubo una media docena de hombres jóvenes (no sabemos el número exacto) que se presentaron voluntarios para alistarse a la tropa de Cabrera.

Con ser negativo para el pueblo el paso de la expedición real por la carretera de Valencia camino de Madrid, no lo fue tanto como el goteo de asaltos de grupos carlistas incontrolados, conocidos como “facciosos” en el lenguaje oficial, que con carácter más de bandoleros que de guerrilleros, robaron dineros, alimentos y ganados, violaron mujeres, secuestraron personas para pedir rescate y mataron a quienes se les enfrentaban con verdadera saña: las guerras civiles generalmente son más crueles que las de invasores y esta era una guerra civil por impedir el progreso del liberalismo en España. Unos de esos grupos destacado por su crueldad fue el de Juan Vicente Rugeros, llamado “Palillos”, un simple artesano de los bolillos o palillos nacido en Almagro, que con su numeroso grupo de facinerosos lleno de terror la Mancha, el norte de Andalucía y parte del valle del Tajo

  El peligro para los habitantes de Villamanrique fue de tal magnitud que en muchas casas de gente con posibles se camuflaron las entradas a las cuevas o sótanos internos de las casas para esconder a las mujeres del vecindario y algunos hombres señalados en caso de peligro. El colmo de estas medidas de protección fue la construcción de una “cerca” una especie de recinto amurallado para guarecer personas y ganados en caso de ataque de un grupo faccioso, tal como comprobamos en las cuentas municipales de 1838 en las que aparece un gasto destinado a esa construcción y en el testimonio de Raimundo Fernández-Casalta quien en un informe sobre un terreno situado entre la calle de la Concepción y la de Madrid (doc. Archivo municipal P 985, f.12), declaró que ese terreno «estuvo cercado por cuenta de la Villa a la defensa de la población contra las fuerzas carlistas, hacia el año 1838…».

Los ejércitos carlistas no siempre se nutrieron de hombres fanatizados con la idea de conservar los principios básicos de la monarquía absolutista. En este sistema político primaba la idea de un monarca elegido por Dios que asumía todos los poderes del Estado: el de hacer leyes, ejecutarlas y juzgar a quienes no las cumplieran. Eran reyes “por la gracia de Dios” como decían sus títulos y monedas y como repitieron las monedas españolas del siglo XX durante la dictadura del general Franco. Desde ese convencimiento, los carlistas tenían un lema: “Dios, patria y rey”, lo que no era óbice para cometer las más crueles tropelías, como la quema de una iglesia llena de gente que se había refugiado en ella en Calzada de Calatrava. Sin embargo, como sucede con todas las ideologías y más en una época de cambios como era aquella, había personas más y menos convencidas de esas ideas y principios. Por lo que no es extraño que a los grupos carlistas se unieran jóvenes poco o nada convencidos con ellas, que se unían a batallones o partidas de facciosos con el simple objetivo de buscar fortuna fuera de sus pueblos, dada la situación de penuria en que encontraban. Este caso fue frecuente en zona centro de España, pero más al norte, desde Galicia a Cataluña y algunas áreas de Levante y Sur, los carlistas intransigentes eran mucho más numerosos. No obstante, al terminar la guerra, e incluso antes, se ofrecieron amnistías a los jóvenes que se habían incorporado a la facción, con la condición de que entregaran sus armas y cabalgaduras.

Este fue el caso del vecino de Villamanrique Fructuoso Robleño. El documento P65 del archivo de Villamanrique, fechado el 14 de octubre de 1839, recoge que: “Ante el señor alcalde constitucional de esta Villa compareció el faccioso Fructuoso Robleño, que se marchó a la facción en la noche del día 10 de septiembre de 1837, diciendo se presentaba a indultarse. En su virtud su merced, con arreglo a las órdenes vigentes, (…) mandando igualmente su merced se le tome declaración a fin de indagar su procedencia, y si sabe de los demás que en aquella época desaparecieron de esta Villa con igual motivo…”. La declaración presentada por Fructuoso dice: “Que, en la noche del 10 de septiembre de 1837, sabiendo el declarante que el pretendiente se hallaba en la Villa de Fuentidueña, se presentó el que declara a Cabrera, y éste le destinó al titulado regimiento Lanceros de Tortosa, primer escuadrón, segunda compañía. Que ha permanecido en dicho cuerpo hasta mayo de este año [1839] que salió con una partida mandada por un sargento portador de órdenes para Palillos. Que al declarante al llegar a los montes [de Toledo] frente a Marjaliza se le murió el caballo que llevaba, y por consiguiente no pudo volverse con sus compañeros y se quedó a las órdenes de dicho Palillos habiendo permanecido con éste desde aquella época hasta el día nueve del corriente que, sabiendo había indulto, se había escapado del rancho [sic], sin otra arma ni caballo que la carabina presentada, y que aunque el que declara tenía ánimo de presentarse no ha podido verificarlo por no haber tenido ocasión. En cuanto a los demás que se marcharon a la facción en aquella época sólo ha visto a Benigno Gavaldón, que ha estado en la misma compañía y escuadrón en que le dejó cuando el que declara vino a los Montes, y a José Orcajada, que le ha visto en dichos Montes. Que es cuánto puede decir y la verdad bajo el juramento prestado expresando ser de edad de 22 años, y firma con su merced de que certifico”.

Si repasamos los sucesos y las consecuencias de las incursiones de grupos carlistas a Villamanrique y sus cercanías, la lista es considerable, con el agravante de no contar la población en las ocasiones de más peligro con la protección de fuerza militar alguna, pues la Milicia Nacional, cuerpo armado que contaba en el pueblo con 21 miembros de infantería en 1838, al aproximarse la expedición de Don Carlos a la región recibió orden de concentrarse en las cabeceras de su distrito, Villarejo o Chinchón, junto con las autoridades municipales, dejando el pueblo gobernado por una junta gubernativa encabezada por el párroco (P363).

 Consecuencias directas en Villamanrique entre junio de 1837 y enero de 1839:

1.- ataques de grupos carlistas:

  • Dos intentos deasalto a las Salinas de Carcavallana en 1837, que fueron rechazados por los carabineros del retén de vigilancia.
  • Otro intento el 27 de septiembre de 1837 que topó antes de llegar con una patrulla de la Milicia Nacional de Santa Cruz. Hubo un combate en el que murieron dos hermanos, milicianos de apellido Almarza, naturales de Santa Cruz a poca distancia del límite con Villamanrique.
  • Un asalto nocturno el 30 de marzo de 1838 a la casa que tenía en el pueblo el administrador de las Salinas, don Eusebio Juárez, en el que tuvieron retenida a toda la familia, una sirvienta y el alcalde, al que habían llevado encañonado, mientras registraban en busca de dinero u otros objetos de valor. No se llevaron más que ropas por no haber dinero en la casa, ni armas y caballo. Tal vez eso libró al administrador de ser secuestrado.
  • El segundo intento de secuestro del administrador de las Salinas tuvo éxito y los facciosos se llevaron también al interventor Don Antonio Bustelo en enero de 1839.
  • Y como “a río revuelto ganancia de pescadores”, hubo vecinos que aprovecharon la ocasión para hacer contrabando de sal, impulsados tal vez por la mala situación económica. Lo cierto es que años después fueron juzgados dos vecinos de Villamanrique por ese hecho y les fueron embargados sus bienes: Ignacio de la Plaza, que al año siguiente fue alcalde secuestrado, y Ángel Sáez. Quizás estuvieron implicados en ese contrabando el administrador de las Salina, Juárez, y el interventor, Bustelo, pues también fueron acusados de la desaparición de casi mil fanegas de sal.
  • Esa presión sobre las Salinas y sus trabajadores se tradujo en una disminución de la producción de sal que cayó de una media de 18.000 fanegas anuales en los años anteriores al conflicto a una media de 4.000 en el bienio 1837-38.
  • Villamanrique sufrió ese año al menos 3 ataques: el del 30 de marzo contra la casa del administrador, otro en mayo en el que fue secuestrado el alcalde, Ignacio de la Plaza, y otro los días 1 y 2 de agosto, en el que el pueblo fue atacado por unos 20 jinetes armados, no por los 200 que figuraron en el parte del alcalde del momento, Benito Robleño, quien recibió una dura reprimenda por parte del juez de distrito, el de Chinchón; motivo de su dimisión.
  • 1838 fue el año de los 4 alcaldes: el primero, Ignacio de la Plaza, fue secuestrado por los carlistas en mayo; el segundo, Benito Robleño, abandonó el cargo en julio, tal vez por tener un hermano en la facción; el tercero, Pedro Luís Gallego, murió al parecer de muerte natural en octubre, y a partir de ese momento se hizo cargo de la alcaldía el regidor primero Claudio González.

Lápida conmemorativa de la muerte de los hermanos Almarza.

2.- Daños causados a la población, a las instituciones y a la economía

  • En el asalto a Villamanrique del 2 de agosto, los carlistas se llevaron el grano del pósito, que el pueblo tenía como reserva para pan y simiente, según testimonio de párroco Don Juan José Zavala Gasco, quien tenía las llaves en ese momento.
  • El padrón de población realizado el año 1838 (doc. P418) arroja una cantidad de 413 habitantes de derecho, pero algunos de esos habitantes no lo eran de hecho, pues habían trasladado su domicilio a lugares más seguros. Las 112 familias de 1838 quedaron reducidas a 85 cuando acabó la guerra en 1840 y los 413 habitantes a 302, casi un 27% menos. Por otros documentos conocemos varios casos:
    • La familia de Silverio Rafael Sáez, compuesta por el matrimonio y 4 hijos, de los que la más pequeña, con 4 años, era la futura escritora Faustina Sáez de Melgar, se trasladó a Madrid. Sáez era el comandante local de la Milicia Nacional, por lo que dejó descabezado el cuerpo de defensa en la localidad. (P744, f.6)
    • La familia de Benigna Alonso Pareja, viuda de Alfonso de la Plaza, con 4 de sus hijos se trasladó a Villarejo (P.57), después del secuestro en mayo de su otro hijo, el mayor y alcalde del pueblo, Ignacio de la Plaza Alonso.
    • La familia de Alejandro Álvarez de Araque, su esposa Apolonia Manzano y sus tres hijas. Alejandro era el cirujano del pueblo, como se llamaba entonces a un barbero-sangrador, no exactamente médico sino algo parecido a practicante, muy necesario en un momento de guerra (P408).
    • La familia del maestro de la escuela D. Antonio Méndez Borbón, su esposa, María Paz Rodríguez y sus dos hijos, se fueron no solo porque se vieran en peligro, también porque, a consecuencia de la guerra, no había fondos municipales para pagar su salario (P430). La escuela permaneció cerrada varios años, no sabemos cuántos pero no hay constancia de otro maestro hasta 1849.
  • El esfuerzo económico de la población fue destinado tanto a gastos nacionales como municipales: en septiembre de 1837 fue establecido un impuesto de guerra a toda la nación. En julio del 38 hubieron de pagar los vecinos gastos extraordinarios del ayuntamiento que no podían cubrir los fondos municipales de propios. Fueron frecuentes las aportaciones del vecindario para suministros militares, tanto en alimentos como en piensos para las caballerías e incluso caballos requisados para el ejército, suministros que no siempre fueron pagados aunque esa era la condición. Algunos de los recursos municipales, como eran las subastas de los “ramos arrendables” tuvieron que ser destinados a la compra de uniformes, armas y alimentos para la Milicia Nacional, detrayéndolos de los destinados a cirujano y maestro.
  • Tampoco fueron menores problemas políticos como:
    • Obligación de denunciar a los “desafectos” a la causa de Isabel II, bajo la amenaza de ser sometido a consejo de guerra a quien no lo hiciera, con lo cual se generó un clima de desconfianza entre vecinos y con forasteros que llegaran al pueblo, pues, aunque no era fácil moverse de una localidad a otra por necesitar un pasaporte del pueblo de origen, podía llegar alguien legalizado que denunciara de desafección a algún vecino.
    • Una Real Orden, fechada el 7 de abril de 1838, estableció que: “ M. la Reina Gobernadora ha sabido resolver que todos los jóvenes que vivan en país ocupado por la facción o próximo a serlo serán trasladados a punto seguro, adoptando por los Jefes Políticos con las Diputaciones Provinciales los medios más convenientes para proveer a su manutención”.
    • La Milicia Nacional local estaba obligada a intervenir en traslados de presos de la cabeza de partido, Chinchón, a Madrid, con gastos a costa del ayuntamiento del pueblo.

   Ante todo este cúmulo de atrocidades y efectos negativos de ellas, no tenemos más remedio que repetir que fue un “ANNUS HORRIBILIS”.

Fernando Cana, 16 de junio de 2019.