El pan de cada día… y el vino

Con este artículo pretendo ampliar la serie sobre la vida cotidiana de los habitantes de Villamanrique a lo largo de los tres últimos siglos; ahora sobre aspectos como la alimentación, la vivienda y sus enseres, la vestimenta, los pequeños problemas de convivencia, los más grandes relacionados con la climatología (riadas, heladas, sequías, etc.), los viajes…; en fin, lo que posibilitaba y dificultaba la vida en estas tierras.

Como se puede apreciar por el título comenzamos por la comida, y mi propósito es responder a algunas de estas preguntas: ¿qué productos comían y bebían? ¿En qué cantidades? ¿Qué grupos sociales tenían acceso a unos u otros tipos de alimentos?…

Las formas de alimentación de la población española han cambiado mucho en los últimos 50 años, y sobre todo en pueblos pequeños, como Villamanrique, a los que las redes de distribución comercial de alimentos han tardado en llegar a causa de la dificultad en los transportes. En Villamanrique, como en tantos otros pueblos, no hay ferrocarril, y este medio ha sido uno de los elementos que más ha impulsado el transporte a larga distancia desde hace casi dos siglos; por otro lado, las carreteras que llegan al pueblo no han sido fácilmente transitables hasta bien entrado el siglo XX en que fueron asfaltadas. Además, el reducido número de habitantes no animaba a comerciar con productos que no fuesen fácilmente vendibles; productos que, por otro lado, se encontraban con facilidad en pueblos mayores y en ciudades. Por todo ello, la alimentación en nuestro pueblo ha sido muy tradicional hasta la década de los 60 del pasado siglo, y ahora, aunque aún no disponemos por ejemplo de pescado fresco, se puede decir que en las tiendas de Villamanrique y sus alrededores se encuentran las mismas cosas que en cualquier otro pueblo; la dieta viene a ser muy parecida.

No obstante, rastreando en los documentos del archivo municipal, se observa que, incluso en esa época de alimentación más tradicional, ha habido cierta evolución en los productos alimenticios consumidos por los vecinos del pueblo, tanto en la cantidad como en la variedad. Para ver como era la situación en los siglos XVIII y XIX nos vamos a centrar en tres tipos de documentos: por un lado, las “cuentas de propios y alcaldes” donde figura el pago de comidas dadas a trabajadores por trabajos especiales, y al clero con ocasión de festividades; por otro lado, están las ventas de la carnicería y la taberna municipales y, en tercer lugar, los precios fijados para los productos que se vendían en la tienda de “abacería” o, como diríamos ahora, de comestibles.

Antes de contestar a las preguntas planteadas más arriba sobre alimentación, hay que comentar cómo era el comercio en el Antiguo Régimen, es decir, antes de la aparición del Estado Liberal, que en España no se asentó hasta el reinado de Isabel II a partir de 1833, aunque hubo dos intentos anteriores: el primero durante la Guerra de la Independencia, cuando en 1810 (ahora se celebra el II centenario) las Cortes de Cádiz decretaron la primeras leyes liberalizadoras, y el segundo entre 1820 y 1823 (el Trienio Liberal) cuando un pronunciamiento liberal encabezado por el coronel Ra