Buenamesón: el convento-palacio

En un artículo anterior de este blog dedicado a Buenamesón, hice una breve reseña de la evolución histórica de la finca y comenté la información sobre ella contenida en las declaraciones hechas por dos vecinos en 1578 para las Relaciones Topográficas encargadas por el Rey Felipe II.

El Archivo Municipal de Villamanrique tiene pocos documentos relacionados con Buenamesón, y la mayoría posteriores a 1817-18 en que su territorio fue agregado al término municipal del pueblo; por consiguiente, para conocer en profundidad los avatares históricos en los que se vio envuelto ese territorio y los pocos habitantes que tenía, es necesario investigar en otros archivos y publicaciones, tarea esta que algún día haré gustoso, cuando haya concluido otras pendientes.

Si ahora me dispongo a escribir estas líneas sobre el edificio principal de la finca es por dos motivos, el primero porque es el único edificio declarado Bien de Interés Cultural que tenemos en nuestro término municipal -y es de primera categoría artística dentro de la Comunidad de Madrid-, y el segundo porque existe un estudio arquitectónico muy bien hecho, aunque con algunas inexactitudes de tipo histórico, y de publicación reciente, del que pocos vecinos de Villamanrique tienen noticia o han tenido la oportunidad de leer.

Me refiero al publicado por el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, en Temas de Patrimonio, y firmado por el arquitecto D. Miguel Lasso de la Vega Zamora en noviembre de 2001; es sin duda un artículo del máximo interés arquitectónico, que conviene divulgar entre el público interesado en la historia de Villamanrique, para que tenga un mejor y más ajustado conocimiento de la importancia del edificio principal de Buenamesón. El pueblo que no conoce su patrimonio lo está condenando a la destrucción.

Ese artículo de D. Miguel Lasso de la Vega fue precedido de un estudio histórico-arquitectónico de Buenamesón y la Real Salina de Cárcavallana, firmado también por él, orientado a hacer valer el mérito de ambos conjuntos arquitectónicos en relación con la Ley 7/2000, de 19 de junio, de rehabilitación de espacios urbanos degradados y de inmuebles que deban ser objeto de preservación.

Aunque mi intención aquí es dar a conocer con máxima profundidad posible el edificio principal en su forma actual, habrá que recoger y comentar algunos datos históricos de los que disponemos sobre edificaciones de Buenamesón, anteriores a la última reconstrucción del edificio principal allá por el final del siglo XVI y principios del XVII.

Los primeros indicios de poblamiento en Buenamesón se remontan a la época romana, aunque no lejos, en un cerro de los que bordean su vega por el sureste, han sido detectados restos de un poblado de la primera Edad del Hierro, por el arqueólogo de Santa Cruz Dionisio Urbina. Diversos historiadores afirman, sin aportar pruebas, que en Buenamesón existió una villa romana, pero ese nombre no nos debe confundir y llevarnos a pensar que se trataba de un municipio, porque una villa romana era lo que llamaríamos ahora un cortijo, es decir, una explotación agraria más o menos autosuficiente según la época, con un caserío para los trabajadores y una casa principal para los dueños; de ese tipo de villas se han detectado cuatro en las proximidades de Villamanrique (Valdelazarca, Los Hitos, Los Bodegones y Villahandín). Por consiguiente, Buenamesón nuca ha sido un municipio independiente, salvo que lo fuera en época musulmana, de la que no tenemos documentación para demostrarlo, pero tampoco parece probable, sino que tal vez formaría parte de la población de Albuher. Se puede sospechar sin mucho temor a equivocarnos que en la época musulmana en Buenamesón había una presa con molinos y su correspondiente caserío, dado que el primer documento cristiano que habla de la zona, la concesión de la llamada Rinconada de Perales por Alfonso VI al arzobispo de Toledo el año 1099, incluye en ella a Montrueque (con el nombre de Montrokas) y a Albuher (Alboher), con “sus pesquerías y molinos y todas las labores que hubiera en su término”, que según el propio documento llegaba hasta el lugar en que el arroyo de Valdepuerco desemboca en el Tajo. ¿Dónde podían estar esos molinos de Albuher que Alfonso VI conquistó a los musulmanes y cedió a la diócesis toledana? Sin duda en Buenamesón, donde seguirían estando durante los ocho siglos siguientes hasta que hacia 1906 fueron convertidos en una central hidroeléctrica.

Como veíamos en el mencionado artículo (V. “Buenamesón en la Relaciones topográficas de Felipe II”) Buenamesón perteneció a la Orden de Santiago, y directamente al convento de Uclés como finca de recreo, desde que, en torno a 1188, le fue donado por la reina Doña Urraca Alfonso. Es la noticia más antigua que tenemos de su existencia como entidad territorial diferenciada de la Rinconada de Perales, donde estuvo incluido con Montrueque, Albuher y Valdesalvanés.

La finca donada por Doña Urraca era de más de 300 hectáreas de terreno, pero poco aprovechado en sus posibilidades agrícolas, pues la mayor parte de él estaba dedicado a pastos y alamedas o sotos, y solamente una pequeña parte a agricultura de secano y un poco de huerta de regadío, como demuestran documentos posteriores; pero sí que había molinos y una barca para enlazar las dos orillas, puesto que los molinos estaban en ambas. Estos molinos eran los que de verdad producían beneficios económicos a la Orden pues en ellos estaban obligados a moler los habitantes de Villarejo, Fuentidueña, Albuher, y luego Villamanrique, y otros pueblos de la comarca sometidos a la Orden, excepto Santa Cruz que tenía su propio molino en Villaverde.

En ese tiempo de finales del siglo XII, aparte de los molinos no sabemos qué construcciones había en Buenamesón, pero es muy probable que fueran las que menciona otro documento 130 años después: las casas de los trabajadores y sus familias (molinero, barquero, hortelano, arrendador de la agricultura y pastores) y una casa principal con capilla, en la que vivía un fraile de Santiago encargado de la atención religiosa a los trabajadores, y donde se alojaban los demás miembros de la comunidad de Uclés cuando pasaban allí unos días de “recreo”.

No sabemos cómo eran esas casas pero sí que en 1319 sufrieron un ataque destructivo por parte de otro miembro de la Orden de Santiago, el comendador de Segura, Rodrigo Yáñez de Mejía y su hueste, quienes además de los daños materiales causados a casas, capilla y molinos, robaron cruces y vasos sagrados, e hirieron a algunos de sus defensores vinculados al monasterio de Uclés y se llevaron como rehenes a otros. Estos hechos dieron lugar a la excomunión de Yáñez por bula del papa Juan XXII en 1320, que es el documento que nos informa de los hechos.

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Foto 1 Galería desaparecida

De la lectura de los “Libros de Visita” que los monjes de la Orden efectuaban a los dominios del priorato de Uclés, se deduce que en 1552 existía una casa principal con capilla, varios molinos, la presa, las casas de los trabajadores, los sotos y la dehesa para el ganado. De esa época procedía sin duda una galería cubierta que a modo de puente unía los dos edificios entre los que se accede al corralón o placeta central de las viviendas de los trabajadores. Estos edificios, tanto los dos que dejan el hueco de entrada a la placeta, como la galería que los unía, estaban construidos con mampostería de yeso, por lo que eran muy vulnerables al paso del tiempo, máxime al quedar el caserío deshabitado; el resultado es que las casas están en franca ruina y la galería se ha hundido totalmente, pese a ser el conjunto un Bien de Interés Cultural reconocido por la Comunidad de Madrid. La última vez que tuve la ocasión de verla en pié fue en agosto de 2000 y aún se apreciaban las bovedillas con decoración plateresca en relieve, propia del primer tercio del siglo XVI (foto 1). También de ese tiempo es sin duda una reja de una ventana en semisótano del edificio de la derecha antes del acceso al corralón, decorada en su parte superior con el águila bicéfala de Carlos I (1519-1556).

Don Miguel Lasso de la Vega cree que el diseño del edificio principal, por su sencillez arquitectónica, valores espaciales y decorativos, puede fecharse en el último tercio del XVI, aunque sería terminado con modificaciones un siglo después aproximadamente, y sometido a una remodelación, con renovación de la fachada principal y el interior de la capilla en la segunda mitad del XVIII. El mismo autor asegura que el alzado de la capilla podría ser fechado a finales del siglo XVI o principios del XVII.

El mencionado documento de 1552, uno de los pocos referentes a Buenamesón conservados en Uclés (ahora en el Archivo Histórico Nacional), contiene, además de la enumeración de los citados edificios, un comentario sobre una isla convertida en jardín, que estaba situada entre el río y el canal que conducía el agua desde la presa a los molinos; dicha isla estaba protegida por una cerca almenada sobre paredes de tapial encaladas.

Para cumplir con el propósito divulgativo de este escrito lo más interesante del artículo de Don Miguel Lasso de la Vega es el apartado que titula “La arquitectura distinguida de Buenamesón”, en el que analiza con detenimiento y con los conocimientos propios de un arquitecto versado en este tipo de estudios el conjunto formado por el palacio y la capilla; aquí sigo precisamente su descripción.

Advierte en primer lugar el Sr. Lasso de la Vega que el conjunto de edificaciones formado por el palacio con su capilla y las viviendas auxiliares “Es el resultado de sucesivas reformas y ampliaciones en función de los cambios de necesidades y costumbres”, y que algunos de los elementos que se integran en el conjunto, así como la organización del palacio en torno a un patio porticado y de las viviendas auxiliares alrededor del corralón, “se remontan al menos a la primera mitad del siglo XVI, aunque su aspecto definitivo no lo lograra hasta el primer tercio del siguiente”.

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Foto 2: Patio central del convento.

Al comentar lo que él llama el área noble, es decir, el palacio con la capilla, destaca “la ordenada composición de sus trazas, lo cual hace intuir la mano de un avezado arquitecto, seguramente alguno o algunos de los que ocuparan el cargo de maestro mayor del Monasterio de Uclés, del que Buenamesón dependía”, y añade que por las fechas en que pudo ser construido (finales del XVI o principios del XVII) bien podría tratarse de arquitectos de la talla de Francisco de Mora (discípulo de Juan de Herrera, arquitecto de El Escorial), Pedro García de Mazuecos, Pedro de Lizargárate o Alonso Carbonel, o incluso alguno de sus antecesores en las obras de Uclés.

También observa que el conjunto formado por el palacio (convento en su origen) y la capilla no parecen “fruto de una misma idea”, sino que la capilla parece añadida a la planta del palacio “en fechas, posiblemente, no muy distantes”.

Don Miguel pasa por alto un detalle respecto a la capilla que no se debe dejar de considerar a la hora de establecer la fecha de su construcción: es el hecho de que la cabecera se orienta hacia el sur, y no al este, hacia la salida del sol, como lo estaban casi todas las iglesias antes del Concilio de Trento; así sucede en las iglesias de Villamanrique, Fuentidueña, Villarejo, las dos de Santa Cruz, Colmenar, Belmonte, la capilla primitiva del Palacio de Aranjuez, trazada por Juan Bautista de Toledo hacia 1570, y la mayoría de las de la zona, con la excepción de algunas construidas después del concilio de Trento (comenzado en 1545) como la ermita del Cristo de Colmenar (siglo XVIII), la iglesia de San Antonio de Aranjuez (siglo XVIII), la capilla del Convento de Loeches (siglo XVII), y la iglesia de la Asunción de Chinchón, cuyas obras se iniciaron en 1534 aunque estuvieron paradas más de 40 años, pero que, al estar integrada en el palacio de los condes, se pudo limitar la libertad de orientación. En consecuencia se puede argüir que la orientación hacia el sur de la cabecera de la capilla de Buenamesón es un signo de modernidad, y permite situar su traza en un momento posterior al concilio de Trento como indican otros detalles de su construcción.

La planta del edificio conventual es casi cuadrada (32×33 m.) al igual que el patio central (10,5×11), rodeado de un pórtico en la planta baja de arcos de medio punto sobre sencillos pilares de piedra inspirados en el orden toscano; hay cinco arcos por cada fachada en la planta baja y dos huecos con balcón en cada una en la parte de la planta alta.

Planta2El edificio principal en su conjunto presenta una gran simetría, excepto el costado de poniente en el que se integra la capilla. De la puerta principal, situada en la fachada norte, se puede trazar un eje de simetría que terminaría en la ventana central de la fachada sur; dicho eje pasaría por el centro de la puerta, el del zaguán, el de la fuente situada en el patio y el de lo que fue una gran sala mirando al sur y posteriormente tabicada, de la cual Don Miguel Lasso de la Vega sospecha pudo ser el antiguo refectorio o comedor de los monjes; de él las relaciones antiguas dicen que tenía una arcada intermedia. Otras dependencias indispensables en un convento son la sala capitular y la cocina; lo más probable es que la primera se encontrara en una de las dependencias pegadas a la capilla, cuyas ventanas dan al norte, y la cocina pudo estar en el extremo opuesto de ese costado (ángulo suroeste), junto al refectorio o comedor.

La unión entre las dos plantas del edificio se realiza por una escalera situada a la derecha del patio, compuesta de cuatro tramos con peldaños de madera, cubierta con una bóveda plana de escayola decorada con motivos vegetales.

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Foto 3: Fachada principal del convento.

En la planta superior se encuentra una galería semicerrada, puesto que se abre al patio central por dos balcones en cada fachada en lugar de hacerlo por una arquería como en la planta baja; en esa galería se encuentran las puertas de las distintas dependencias, que en tiempos serían los dormitorios del convento.

Don Miguel Lasso subraya la horizontalidad del edificio en su alzado, del que destaca la fachada principal construida en ladrillo revocado y pintado en distintas épocas, pero con piedra en los elementos que enmarcan la puerta, los balcones de la planta superior, la moldura que divide las dos plantas, la cornisa y los sillares encadenados y almohadillados que refuerzan las esquinas. El revocado sobre el ladrillo, aunque ahora es ocre, en el pasado estuvo pintado de colores “más vivos, pues se utilizó el verde en el piso inferior y el rojizo en el superior, con marcos dibujados en los huecos, imitando piedra, arquitectura fingida de influencia italiana, muy habitual en la España barroca de la primera mitad del siglo XVII”. En los muros del interior destaca el zócalo de azulejos añadidos, según Lasso de la Vega, a principios del siglo XX, cuando la finca fue adquirida por el marqués de Corvera.

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Foto 4: Interior de la capilla hacia la cabecera.

Sin duda la joya del conjunto arquitectónico es la capilla, sorprendentemente grande para una “casa de recreo”, pero no tanto si se considera que era la iglesia a la que también acudían los trabajadores de la finca y sus familias. Presenta una planta de cruz latina, con una sola nave tan ancha y alta como la cabecera, cuyo muro de cierre es recto, y un crucero muy poco desarrollado.

A los pies de la capilla, sobre la entrada, se encuentra un pequeño coro al que se accede desde una de las habitaciones de la planta superior del convento, y en el que se encuentra una escalera de acceso a la espadaña de las campanas.

La capilla se cubre con bóvedas variadas, todas ellas típicas del Renacimiento italiano, adoptadas con la máxima pureza por los arquitectos españoles de la segunda mitad del XVI y principios del XVII: en el crucero, una cúpula semiesférica sobre pechinas con linterna; sobre el coro y tramo de los pies, una bóveda de aristas; en la cabecera, una bóveda de cañón con lunetos, y en los brazos del crucero, sendas bóvedas de cañón muy cortas dada la reducida longitud de los mismos.

Estructuralmente destaca el sistema de sustentación de la cúpula central, basado en cuatro gruesos pilares embebidos en los muros, decorados con dos pilastras adosadas cada uno de orden toscano; de los pilares arrancan los cuatro arcos en resalte sobre los que se apoyan las pechinas y la cúpula central del crucero.

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Foto 5: Cúpula sobre pechinas del crucero.

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Foto 6: Pies de la capilla con el coro

La decoración interna destaca por su sobriedad. Se basa en un entablamento clásico de gran sencillez, con cornisa en acusado resalte formada por molduras de perfiles rectos, salvo las dos más gruesas que son toros semicirculares y otra cóncava; toda ella recorre los muros laterales de entrada a cabecera, por encima de los capiteles de las pilastras. Tanto los elementos constructivos como los decorativos vuelven a reafirmar la idea de fechar el diseño de la capilla en su conjunto a finales del siglo XVI, momento de máxima austeridad decorativa de la arquitectura española, coincidiendo con el purismo herreriano o, si acaso, con el primer barroco de principios del siglo XVII ejercido por los discípulos de Herrera.

El espacio interno es otro ejemplo del clasicismo de esa época, no solo por su sobriedad decorativa, sino por su equilibrio dimensional y por la potencia tectónica de los muros y las bóvedas, que delimitan taxativamente el interior, pese a estar bien iluminado por la linterna de la cúpula y las dos ventanas, una a los pies y otra en el muro occidental, y del que llama la atención del visitante la fuerza que imprime al conjunto el comentado sistema de sustentación de la cúpula.

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Foto 7: Fachada de la capilla.

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Foto 8: Detalle de la puerta.

La fachada de la capilla, toda ella de piedra, presenta una mayor carga decorativa, sin llegar al exceso, detalle que nos hace pensar en que su construcción fue realizada a principios del siglo XVII. Los elementos más barrocos de esa decoración se encuentran situados en la parte más alta, especialmente en la espadaña de campana que remata el muro.

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Foto 9: Espadaña-campanario.

De abajo hacia arriba podemos observar los siguientes elementos decorativos: el almohadillado de las pilastras que flanquean la puerta, extendido a los sillares de las enjutas y a las dovelas del arco que la cobija; los relieves que decoran la clave del arco (una cruz de Santiago), y el friso de motivos vegetales geometrizados que recorre la parte superior de la puerta, apoyado en las pilastras; por encima de ese friso una cornisa con molduras semejantes a las que decoran los muros en el interior. Sobre todo ese conjunto se levanta un segundo nivel en el que se abre un balcón flanqueado por sendas pilastras cajeadas y sobre las pilastras de la puerta sendos remates en forma de urna o jarrón con la superficie ondulada, elementos todos más propios del siglo XVII que del XVI. En un tercer nivel se encuentra la espadaña que aloja las campanas, donde el barroquismo se acentúa más y con ello nos testimonia un acabado de mediados del XVII; aquí aparecen elementos claros del primer barroco como los remates en forma de pirámide, tan usados por la primera generación de arquitectos barrocos seguidores de Herrera, junto a otros más modernos, como los aletones rematados en volutas que flanquean el cuerpo de campanas, de clara influencia barroca italiana, y los tres remates en forma de jarrón que coronan el conjunto, en cuya cumbre también se encuentra una pequeña hornacina decorada con una venera o concha de peregrino, y sobre ella la parte inferior de una escultura destruida, quizás un Santiago apóstol como el que remata la fachada principal del monasterio de Uclés.

El estado actual de conservación deja mucho que desear, por más que se esfuerzan sus actuales propietarios, porque han sido muchos años de abandono, y aunque en los últimos años se han realizado obras de arreglo importantes que han afectado a las cubiertas y al interior de la planta alta en el lado sur, el resto, incluida la capilla, está en galopante deterioro. Solo la intervención decidida de la administración pública, en este caso la Comunidad de Madrid, puede salvar al único monumento histórico del término del Villamanrique de su ruina: la situación apremia.