Con la Iglesia hemos dado, Sancho

He querido titular con esta frase de Don Quijote de la Mancha este artículo que versará sobre algunos aspectos relacionados con esa institución en Villamanrique. Me propongo tratar sobre algunos de los avatares que hubo de atravesar la Iglesia (con mayúscula), es decir la institución eclesiástica, dentro de nuestro pueblo, o en relación con él, y algunos de los párrocos que por aquí pasaron, pero también sobre la iglesia (con minúscula), esto es, el edificio del templo.

Nadie ignora el enorme poder que ha tenido la Iglesia católica en España casi desde sus orígenes. Cuando en el año 380 el emperador romano Teodosio, de origen hispano, promulgó el Edicto de Tesalónica por el que declaraba al cristianismo religión oficial del Imperio, en España la Iglesia ya había comenzado a acumular un poder social, económico, político y cultural que acrecentaría en los siglos siguientes; sólo la revolución liberal del siglo XIX comenzó a limitar, relativamente, esos poderes.

En el proceso histórico de ascensión hacia un poder absoluto compartido con la monarquía, a la que la Iglesia mantenía bajo su tutela, hay algunos hitos muy relevantes, como el papel jugado en el reino visigodo, cuyos asuntos políticos se dirimían en los concilios eclesiásticos reunidos en Toledo, capital del reino, y cuyos reyes no lo eran hasta haber sido reconocidos, y consagrados mediante unción, por el arzobispo toledano, que era el primado de España.

Ese poder se acrecentó en los siglos siguientes debido, entre otras cosas, a la acumulación de riquezas en forma de señoríos eclesiásticos, dotados de enormes territorios, concedidos por los reyes; debido también a las donaciones de particulares que, para salvar su alma, dejaban en herencia sus propiedades a parroquias, catedrales y monasterios, y al hecho de intervenir en política, pues la Iglesia seguía siendo la institución que refrendaba a los reyes mediante su consagración, y que declaraba cruzadas las luchas territoriales de los cristianos contra los musulmanes que habitaban la Península. Por si esto fuera poco, la Iglesia tenía el monopolio de la enseñanza y casi de todas la facetas de la cultura; no se podía pensar ni actuar si no era siguiendo sus directrices.

En la Edad Media, además, y sobre todo a partir del siglo XII, el poder de la Iglesia se vio reforzado por una fuerza militar propia que se sumaba a aquellas de las que ya disponían los obispados: las ordenes de caballería u órdenes militares, formadas por monjes guerreros que defendían su fe contra el Islam a golpe de espada, y a las que los reyes, especialmente en la corona de Castilla-León, dotaron de grandes territorios feudales, donde administraban justicia y cobraban impuestos; eran como pequeños estados dentro del Estado.

Una de ellas fue la Orden de Santiago, fundada en el reino de León hacia 1170, con la misión de proteger a los peregrinos que acudían a Compostela. Pero poco después Alfonso VIII de Castilla la potenció en su reino entregando a su custodia amplios territorios en la rivera del Tajo, donde estableció su casa central, primero en el castillo de Oreja y después y definitivamente en Uclés.

Knight_SantiagoEl poder de los caballeros de la Orden fue tan grande que llegaron e enfrentarse a los reyes. En este sentido el principal y último episodio fue el apoyo del Marqués de Villena, gran Maestre de la Orden a la causa de la princesa Juana de Trastámara, conocida como “la Beltraneja” y en contra de Isabel la Católica en la guerra que mantenían ambas por heredar la corona de Enrique IV. En esa guerra la Orden estuvo dividida, pues mientras el marqués de Villena apoyaba a la Beltraneja, otro miembro destacado de la misma, el Comendador Mayor de Castilla D. Pedro Manrique, hijo de don Gabriel, el fundador de Villamanrique, apoyó a los Reyes Católicos. Al terminar la guerra, los reyes Isabel y Fernando incorporaron la Orden a la Corona en 1493, y una bula pontificia del papa Adriano VI las unió para siempre en 1523, al declarar a Carlos I y sus descendientes “Administradores perpetuos” de todas las órdenes de caballería.

Las posesiones territoriales y monopolios de la Orden de Santiago en esta comarca fueron muy extensas; Albuher, nombre antiguo del pueblo, y posteriormente Villamanrique formaron parte de sus dominios integrados en varias encomiendas, que era como se llamaban las divisiones administrativas en que se organizó la Orden en la Baja Edad Media.

Albuher había cambiado varias veces de señor: primero fue cedido al Arzobispo de Toledo por Alfonso VI en 1099; luego, tras una nueva reconquista por Alfonso VII, fue integrado en el término de Oreja (1139); más tarde, el mismo rey, ante el peligro de caer de nuevo en manos musulmanas, se lo concedió a un noble de su confianza, el conde Ponce (1152). Ponce lo cedió al conde de Almería y éste, Sancho Cochar, que fue quien al parecer lo donó a la Orden de Santiago. En 1171 Alfonso VIII concedió a la Orden un señorío que iba, grosso modo, de Colmenar de Oreja a Ocaña y de Uclés a Estremera, en el que se encontraba integrado Albuher y su castillo, por lo que el pueblo fue definitivamente administrado desde el Priorato o la encomienda de Uclés. Cuando creció el territorio de la Orden de Santiago y fue dividido en más encomiendas, Albuher fue incorporado a la de Viloria, para ser definitivamente desmembrado de ella y vendido a Daña Catalina Laso de Castilla en 1573, pero ya con el nuevo nombre de Villamanrique.

En el siglo XIV Albuher quedó despoblado; su iglesia se convirtió en una ermita que era visitada desde la Encomienda Mayor de Castilla por los visitadores de la Orden. Al ser fundado Villamanrique en su territorio en 1480, esa ermita fue el núcleo original del edificio de la iglesia.

El pueblo renació, por tanto, con su nuevo nombre, Villamanrique, dentro de la Encomienda de Viloria, dependiente a su vez del priorato de Uclés. No debe extrañarnos que el nombre del pueblo esté relacionado con la familia Manrique, pues D. Rodrigo, el padre del poeta Jorge Manrique, fue Gran Maestre de la Orden de Santiago entre 1474 y 1476, año de su muerte, y había sido uno de los más destacados defensores de la causa de los Reyes Católicos durante la guerra de la Beltraneja. Otro Manrique, Don Gabriel, primer conde de Osorno, comendador de Viloria y antes comendador Mayor de Castilla, fue quien dio la orden de repoblación del ejido de Albuher en 1480, y un hijo de éste, Don Pedro, en 1478 se enfrentó a su superior en la Orden, Juan Pacheco, marqués de Villena, en el curso de la mencionada guerra. Durante esta contienda, fue en el actual término de Villamanrique donde se produjeron algunos de los enfrentamientos entre ambos: el marqués de Villena atacaba desde Santa Cruz y Pedro Manrique desde Villarejo. Fue entonces cuando quedó destruido el castillo de Albuher, y fue poco después, terminada la guerra, cuando Don Gabriel Manrique fundó Villamanrique, trayendo repobladores de Belmonte y Chinchón, villas que no pertenecían a la Orden. Asi, Villamanrique nació bajo la tutela de la Orden de Santiago, por consiguiente nació sometido a un señorío eclesiástico, como lo había estado Albuher desde 1099, salvo algún paréntesis.

Este sometimiento a la Orden significaba que los vecinos del pueblo pagaban sus impuestos a Uclés, capital de la Orden de Santiago, a través de la Encomienda; era el comendador de la Orden el encargado de nombrar alcaldes y demás cargos municipales y, por tanto, de administrar justicia, y tenía derecho a nombrar un capellán beneficiado, es decir, con derecho a percibir parte de las rentas e impuestos que cobraba la Orden.

Pero mucho antes de llegar a esta situación ya se había producido un enfrentamiento judicial entre el Arzobispado de Toledo y la Orden de Santiago. Comenzó en 1180 a causa del cobro de diezmos y primicias (pago a la Iglesia de la décima parte de la cosecha y primeros frutos o ganados) y rentas de las propiedades de las parroquias en varios pueblos de la rivera del Tajo: Estremera, Valdaracete, Fuentidueña, Salvanés, Fuente el Saúco, Albuher y Valpuerco. No se llegaría a una solución hasta 1243, en que acordaron dividir las recaudaciones entre ambas instituciones eclesiásticas.

Uclés

En ese reparto, más adelante, también entraría la corona. Aunque ya algunos reyes de Castilla habían conseguido de los papas percibir una parte de los diezmos, fue con motivo de la conquista de Granada cuando el papa Alejandro VI concedió las dos novenas partes de los ingresos por diezmos o Tercias Reales, con carácter definitivo, a los Reyes Católicos y sus sucesores.

Así en 1575, cuando los vecinos de Villamanrique, Miguel Barón y Benito Sánchez responden al cuestionario de la Relaciones Topográficas de Felipe II, al llegar a la pregunta 26 declaran: “Y un año con otro se diezman y primician como hasta 800 fanegas de todo pan [trigo, cebada, centeno y avena] poco más o menos, y estas se reparten en esta manera: que el tercero [el que hace los tercios; normalmente el párroco] y el escribano que hacen la tazmía [reparto] sacan de este montón la veintena parte por razón de sus oficios, y luego saca el Arzobispo la tercera parte; y luego de las dos partes que quedan se saca para el convento de Uclés la décima parte…” Se entiende que el tercio restante correspondía a la Corona.

La situación de dependencia de Villamanrique respecto a la Orden de Santiago terminó hacia 1573, en que el pueblo y su término fueron vendidos como señorío jurisdiccional a Doña Catalina Laso de Castilla, quien pasó a ser su primera señora jurisdiccional. La situación de bancarrota por la que atravesó en varias ocasiones el reinado de Felipe II, le obligó a vender parte de los territorios de las órdenes militares, aprovechando la autorización dada por el papa a su padre el Emperador Carlos V, y otras posteriores dadas en su reinado. No obstante la parroquia siguió incluida administrativamente en el Arzobispado de Toledo, y la Orden de Santiago siguió presente es su actual término, pues conservó Buenamesón hasta 1822, y a través de la Encomienda Mayor de Castilla, la propiedad de la Veguilla de los Bodegones y del monte de Villamanrique y la dehesa Morcillera, ambos incautados al municipio por deudas con la Encomienda.

En la misma declaración para las Relaciones topográficas se lee: “A la (pregunta) once dijeron que esta villa está en el arzobispado de Toledo, arciprestazgo de la villa de Ocaña; que hasta dicha ciudad de Toledo hay doce leguas, y hasta Ocaña cuatro leguas. A la (pregunta) doce dijeron que esta villa solía ser de la Orden de Santiago, y que ahora no lo es por estar vendida y eximida de la dicha Orden de Santiago a dicha Doña Catalina Lasso”.

En la respuesta 50 también nos informan de la situación en que se encontraba el capellán beneficiado después de la venta del señorío a Dona Catalina Lasso: “…en esta villa hay un beneficio curado que dicen haber sido de la Orden de Santiago, y por ser poco el beneficio el convento de Uclés no hizo caso de ello… Y antes que esta villa se enajenase, el comendador de Viloria daba al dicho cura veinte ducados para ayuda de costa cada año, y ahora se le dan por la Señora de esta villa; y trae pleito con la Señora porque le de más, que se le hacen poco los veinte ducados. Y tiene más una capellanía, que son dos tierras de pan llevar, que un año con otro valdrán en renta como cinco fanegas de trigo…

Aunque el pueblo había sido vendido a doña Catalina Laso de Castilla, el peso de la Orden de Santiago en Villamanrique siguió siendo enorme pues, además de tener dentro del término propiedades importantes como la Dehesa de los Bodegones, la Orden tenía el monopolio del paso del río, tanto por puentes, como por barcas y vados; para poder explotar una barca, el Ayuntamiento de Villamanrique tenía que pagar una considerable cantidad anual a la Orden; precisamente el impago en alguna ocasión de esta cantidad supuso hacia 1750 la incautación por el Comendador Mayor de Castilla del Monte de Villamanrique y la mitad de la Dehesa Morcillera, terrenos comunales de los que se beneficiaban los vecinos del pueblo con el pasto, las leñas y el esparto. (Sobre este particular se puede consultar el artículo: “El monte de Villamanrique: historia de una injusticia”).

El edificio de la iglesia

Una vez vista la trayectoria de Albuher y su heredero Villamanrique dentro de un señorío eclesiástico, vamos a centrarnos ahora en cómo evolucionó su iglesia, entendida como edificio y como parroquia.

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En el año de 1099, en que la aldea de Albuher fue donada por Alfonso VI al Arzobispado de Toledo como parte integrante de la Rinconada de Perales, debió de ser construida la primera iglesia si es que no existía ya antes, puesto que sabemos que en el reino musulmán de Toledo habitaba una numerosa población mozárabe, es decir, cristianos que vivían bajo dominio musulmán.

En documentos posteriores, de los siglos XII y XIII, aparece mencionada la iglesia de Albuher con ocasión de la cesión del pueblo, primero al concejo de Oreja y luego a la Orden de Santiago cuya sede central estuvo situada primeramente en el castillo de Oreja y luego en Uclés. También encontramos citas sobre la iglesia de Albuher en los documentos relacionados con el pleito establecido entre el Arzobispado de Toledo y la Orden de Santiago, porque ésta había recibido en donación el territorio por Alfonso VIII hacia 1175 sin que se hubiera revocado la concesión del mismo efectuada en 1099 al Arzobispado de Toledo por Alfonso VI; después de más de 50 años de pleitos, por fin en 1243, Don Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, llega a un acuerdo con el maestre de Santiago, Don Pelayo Pérez Correa, sobre los derechos de la iglesia de Albuher y otras de la zona.

Sin embargo en los siglos siguientes, hasta 1508, las únicas noticias que tenemos sobre Albuher son las referentes a la toma de su castillo por don Pedro Manrique, segundo conde de Osorno, en 1478 -castillo que había sido incorporado al término de Santa Cruz de la Zarza en 1253-, y otra en el libro de visitas de la Orden de Santiago de 1480, donde se recoge la noticia de la orden de repoblación dada por don Gabriel Manrique del ejido de Albuher. Esto evidencia que durante ese tiempo de silencio, Albuher estuvo despoblado, como lo estuvieron otras aldeas próximas, que ya no se repoblarían por haber aparecido poblaciones más grandes en sus proximidades: Alharilla, Salvanés, Viloria y Valdepuerco, entre otras. El despoblamiento causó la ruina de sus casas y cuevas, muchas de ellas aun enterradas bajo las casas y calles de Villamanrique, pero no de su iglesia que se conservó como una ermita, visitada desde la Encomienda Mayor de Castilla, bajo la advocación de Santa María de Albuher.

En el año 1508 la ermita fue inspeccionada por lo monjes de Santiago, según consta en el libro de visitas de ese año; esas visitas se repitieron en 1515 y 1524, pero nos interesa más ir a los libros correspondientes a 1537 y 1538. Se trata de un par de anotaciones muy breves que los monjes de la Orden de Santiago hicieron en uno de sus “Libros de Visitas”, en los que escribían las observaciones efectuadas durante la inspección que periódicamen­te hacían miembros de la Orden a las iglesias de su priorato, en este caso el de Uclés.

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La primera de ellas está fechada el 9 de agosto de 1537 y trata sólo de forma indirecta de Villamanrique, pues en realidad es una visita realizada al territorio de la Encomien­da Mayor de Castilla, de la que Villarejo de Salvanés era su principal población. En este documento los visitadores de la Orden describen el estado de conservación o las obras que se estaban realizando en edificios dependientes de su priorato dentro del territorio de la Encomienda; al llegar al edificio que nos interesa dicen: “Ermita de Santa María de Albuer. Pasó a ser iglesia del nuevo poblado de Villamanrique”.

La segunda noticia se encuentra directamente relacionada con una visita efectuada por los monjes de Uclés para inspeccionar su iglesia; está fechada el 26 de septiembre de 1538 y dice así: “Villamanrique. Iglesia de Nuestra Señora de Albuera. Es de tres naves sobre pilares de yeso, la capilla (mayor) de bóveda y todo lo demás de madera tosca y zarzos de caña”.

Esta es la descripción más antigua que tenemos de la iglesia de Villamanrique; como vemos era muy modesta, la habían convertido de una simple ermita aislada en el campo en la iglesia parroquial de una población habitada por 20 vecinos, es decir, por unos 80 habitantes

Esas noticias de los visitadores de Santiago son un poco confusas respeto a la fecha de repoblación de Villamanrique. Los visitadores de 1524 incluyen en la visita la ermita de Santa María de Albuher entre los edificios religiosos de la Encomienda en Villarejo; los que visitaron el lugar en 1537 nos indican que ha pasado a ser iglesia del nuevo poblado de Villamanrique ¿quiere eso decir que fue entre esas dos fechas cuando se produjo el poblamiento efectivo? ¿O que fue entonces cuando la aldea de Albuher comenzó a ser llamada Villamanrique?. Si atendemos a la fecha dada por los informadores de las relaciones topográficas de Felipe II, la fundación de Villamanrique fue hacia 1527, puesto que en 1575 los informadores de la encuesta, a la pregunta 2ª: “Si el dicho pueblo es antiguo o nuevo, y desde qué tiempo acá está fundado, y quién fue el fundador, y cuando se ganó de los moros, o lo que de ello se supiese”, responden:que esta villa es nuebamente poblada, que abrá que se pobló quarenta y ocho años, y que uno de los fundadores de ella fue Diego Pérez, difunto e veçino que fue de la Villa de Poçuelo de Belmonte”. Sin embargo el libro de visitas de 1480 dice con claridad que había sido poblado con 10 vecinos, es decir, 95 años antes y no 48 como dicen los informadores.

Las mismas Relaciones Topográficas contienen otras informaciones acerca de la iglesia de Villamanrique y su organización administrativa, que ya hemos visto más arriba, así como su adscripción al Arzobispado de Toledo y arciprestazgo de Ocaña, su pertenencia hasta dos años antes a la Orden de Santiago, su venta a Doña Catalina Lasso, y el pago de la tercera parte del diezmo al Arzobispado de Toledo dejando el resto a Doña Catalina Lasso quien había comprado los derechos de la Orden de Santiago y de la Corona.

Entre las respuestas siguientes se encuentran otras que nos informan sobre distintos aspectos de la iglesia, los sacerdotes y las fiestas comprometidas por la villa para pedir por la salud de las personas y la bondad de las cosechas:

“A la quarenta y ocho dixeron que en esta villa ay la iglesia parrochial que se nonbra Nuestra Señora de Albuer antiguamente, y el porqué se llama ansí no se alcança a saber. Y no ay otra cosa que decir”. Como se aprecia los habitantes de Villamanrique, llegados una generación o dos antes desde Belmonte y Chinchón, desconocían la existencia de Albuher, que se había despoblado más de dos siglos antes.

Ya vimos en el número anterior la respuesta a la pregunta 50 sobre la existencia en el pueblo de un capellán al servicio de la señora del pueblo, Doña Catalina Laso, con cortos recursos económicos, pues recibía el beneficio de dos tierras que producían unas 5 fanegas de trigo y veinte ducados anuales por parte de la señora y, como le parecía poco andaba en pleito con ella, pleito que se había iniciado con el último comendador de Viloria, don Hernán Tello de Guzmán, al que había reclamado que le subiera el salario de 7.500 maravedíes (20 ducados) anuales a 30.000 maravedíes (80 ducados). Doña Catalina no pudo ni esperar a que se resolviera el pleito en la Chancillería de Valladolid, sino que hubo de atender lo pedido por el sacerdote bajo amenaza de excomunión del Arzobispo de Toledo (Estos pormenores están recogidos en la escritura de compra de Villamanrique: AGS EMR_LEG_0351_0010_0004) .

La pregunta 52 pedía información sobre: “Las fiestas de guardar, y días de ayuno, y de no comer carne, que en el pueblo se guardasen por voto particular, demás de las de la Iglesia, y las causas y principio de ellas”; a lo que respondieron: “que en esta villa ay e se tiene por botos a Santa Fee (6 de octubre), y se da en el dicho día caridad en el pueblo de pan y bino y quesso por la pestilençia, que se botó y se guarda; y lo mismo el día de San Sebastián (20 de enero) -que se tiene vigilia y dan la misma caridad- es de caridad en el pueblo propios del conçejo, y se fundó por los pobladores que fueron de esta villa, que heran veçinos de la villa del Poçuelo e Chinchón; e tanvién se guarda el día de San Gregorio Naçiançeno (9 de mayo) por el cuquillo de las heredades, e todo esto por la pestilençia. Y no ay más”.

Cambios a partir del siglo XVIII

En los apartados anteriores hemos visto que la aldea de Albuher estuvo desde que fue conquistada a los musulmanes sometida a la tutela de la Iglesia, y Villamanrique nació en las mismas condiciones; ambas poblaciones pasaron a formar parte de un señorío eclesiástico, primero el Arzobispado de Toledo (Albuher) y luego la Orden de Santiago (Albuher y Villamanrique). Vimos también que la iglesia de Villamanrique había sido antes la de Albuher, conservada después del despoblamiento de la aldea como ermita dedicada a Santa María de Albuher, visitada desde la Encomienda Mayor de Castilla de la Orden de Santiago. Asimismo hemos visto cómo funcionaba la organización eclesial en Villamanrique a finales del siglo XVI según el documento conocido como Relaciones Topográficas de Felipe IIy el de venta de del pueblo a Doña Catalina Laso.

Ahora vamos a centrarnos en la evolución de los siguientes aspectos de la Iglesia en Villamanrique a partir del siglo XVIII: el edificio; la organización episcopal; el cobro de diezmos; el conflicto con la Orden de Santiago y las fiestas religiosas.

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El edificio de la iglesia de Villamanrique experimentó un cambio importante a finales del siglo XVI o durante el XVII, del que por el momento no tenemos documentos que nos aclaren la duda; quizás algún día alguien los encuentre en el archivo de la Catedral de Toledo. Lo cierto es que entre la descripción del edificio que hacen los frailes visitadores de Uclés en 1538 y el aspecto que presentaba el mismo antes de la reconstrucción de 1964, hay una gran diferencia.

Recordemos que los frailes santiaguistas en 1538 dicen que era una iglesia “…de tres naves sobre pilares de yeso, la capilla (mayor) de bóveda y todo lo demás de madera tosca y zarzos de caña”. Sin embargo, la iglesia que llegó hasta 1964 carecía de capilla mayor y tenía como elemento esencial de su espacio una sola nave de piedra de Colmenar, cubierta con bóveda y falso techo de yeso (un “cielo raso”); ese cuerpo del edificio se completaba con una prolongación de la nave hacia el oeste, separada de la cabecera por un arco toral reforzado al exterior con contrafuertes, y se completaba con una torre a la izquierda de la fachada. Esa prolongación de la nave y la torre eran indudablemente más modernas y de peor calidad constructiva, pues a la menor altura de la nave en ese tramo se unía el hecho de que, tanto ésta como la torre, estaban edificadas en mampostería con piedra de los Hornillos, revocada con yeso, tal como podemos ver en las fotografías de los años 50.

La parte más antigua y de mayor calidad de esa estructura se conserva aún, con la piedra recubierta de cemento, en la mitad que integra la cabecera; a juzgar por el aspecto que tenía, y a falta de documentos, es una construcción de finales del S. XVI o del XVII, época en la que Villamanrique pasó de simple señorío laico a condado, cuyos condes habitaban en la localidad, en un palacio, totalmente desaparecido, situado en las cercanías de la iglesia, en el espacio que hoy queda a final de la calle del Conde, a uno y otro lado de esa calle.

Hoy sabemos que, recién creado el condado en el siglo XVII, los condes habitaban ese palacio. En un expediente fechado en 1621, conservado en el Archivo Histórico Nacional, que contiene las pruebas para la concesión del título de Caballero de la Orden de Calatrava a Diego Laso de Castilla y Toledo, conde de Villamanrique de Tajo, nieto de Doña Catalina, consta que había nacido en nuestro pueblo. Otro expediente similar conservado en el mismo archivo y fechado en 1655, nos informa que Alonso Laso de Castilla y de Villaroel, hijo del anterior, y merino de la reina, , había nacido también en Villamanrique y solicitaba el nombramiento como caballero de la Orden de Santiago.

Debió de ser hacia finales de ese siglo o en el primer tercio del XVIII cuando la familia de los condes de Villamanrique abandonó su domicilio en el pueblo, para establecerse en la ciudad de Córdoba. El cambio de domicilio coincidió con el cambio de apellido de los condes, ya que una heredera del título de apellido Laso de Castilla contrajo matrimonio con un noble apellidado Fernández de Córdoba, y la hija de éstos con un Egas Venegas, apellido que tendrán los condes hasta la extinción del condado por los liberales durante la Regencia de la reina Mª Cristina hacia 1837. Durante el siglo XVII el término de Villamanrique se había dividido en dos condados: el de la villa y el del Castillo. Desde mediados del siglo XVIII ninguno de ellos habitaba en el pueblo; como ya he dicho, el de la villa se había trasladado a Córdoba, en cuya provincia tenían sin duda más intereses económicos -entre otros títulos tenían el de condes de Luque-, y el de El Castillo de Tajo a Antequera (Málaga) por los mismos motivos; no lejos de esta población malagueña, en Fuente de Piedra, se conserva aún un caserón conocido en la localidad como “palacio del conde de Castillo de Tajo”.

Palacio

El abandono de Villamanrique por los condes trajo consigo la ruina y desaparición total de su palacio. Sus intereses aquí los gestionaba un administrador; el primero del que ha quedado constancia en un documento de 1748 del archivo municipal fue Alfonso de la Plaza. Asimismo, aunque ya no vivían aquí, los condes mantuvieron una capellanía; llama la atención ver que pese a tener tan poca población, durante los siglos XVIII y gran parte del XIX, Villamanrique tuviera dos curas: el párroco y el capellán de los condes.

De las ruinas del palacio de los condes, los vecinos de Villamanrique estuvieron sacando materiales para la construcción de sus casas; posiblemente no era piedra de gran calidad (si lo hubiera sido no se habría hundido el edificio) pero estaba cerca y costaba poco sacarla. Para hacernos una idea del asunto, veamos dos documentos del archivo municipal: uno, fechado el 3 de junio de 1806, en el que consta que Bernabé Fernández tenía una casa en Villamanrique: “… calle que va a la iglesia, linde a otra de Ignacio Pérez, y solar del palacio de la señora jurisdiccional [la condesa], y dicha calle…”; es decir, que ya no existía el edificio del palacio sino el solar.

El otro es un documento fechado el 2 de abril de 1821; contiene un expediente sobre la propiedad del solar conocido con el nombre de “Palacio del conde”. Comienza con un memorial presentado por José Pantaleón González, administrador del conde de Villamanrique, solicitando que se le permita labrar el solar conocido con ese nombre porque, según dice, había comenzado a hacerlo y se lo había prohibido el Ayuntamiento. Para acreditar la propiedades de tales terrenos por parte del conde expone: “Que correspondiendo a mi principal un solar en esta población, conocido con el nombre de El Palacio del conde, como que en él le tuvieron sus antecesores; y habiéndolo poseído siempre en este concepto sin cosa en contrario, y sin que persona alguna se haya jamás opuesto a este derecho, ocurre que habiendo yo roturado y principiado a labrar dicho solar en el presente año se me ha requerido por usted para que cese en el cultivo, y así con efecto se ha despojado a mi principal y a mi en su nombre del disfrute y posesión que legítimamente le corresponde…”. A continuación suplica que se le permita seguir labrando el solar.

A esta solicitud respondió el Ayuntamiento: “… mediante a que el sitio titulado del Palacio se ha tenido siempre y se tiene por un terreno concejil, sin que conste al juzgado cosa en contrario, y se prueba con que todos los vecinos de estancia que han fabricado casas desde inmemorial tiempo, han cavado en dicho sitio para sacar piedra, sin que por ningún administrador del señor conde se les haya impedido, ni exigido interés alguno, no ha lugar a la posesión que solicita el actual administrador y disfrute de dicho terreno por ahora sin que antes acredite instrumentalmente le pertenece en propiedad a su principal …”.

Toda esta información aquí sobre el palacio de los condes viene a dar soporte a dos hechos religiosos relacionados con él; la existencia del capellán y de una capilla funeraria, o panteón familiar dentro del recito del palacio, al que me referiré más adelante, cuyos restos subterráneos fueron encontrados en los años 50 al edificar la tapia que cercaba la era de la familia Vara, pero de nuevo se han perdido al urbanizar la zona.

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Interior de la iglesia de Villamanrique antes de 1936.

Una vez vista la iglesia por fuera y sus alrededores, pasemos a su interior. Dentro de la iglesia, en la cabecera del presbiterio, había un retablo de madera barroco del siglo XVIII, que fue quemado durante la Guerra Civil de 1936-39, junto con las imágenes de madera y los documentos del archivo parroquial (barbaries causadas por la ignorancia, hija de la pobreza). Las imágenes fueron repuestas con otras, hechas de yeso en los años 40, y el retablo también hacia 1955, esta vez en escayola como las imágenes, para cuya ejecución fueron usadas fotografías que existían del antiguo.

Finalmente, la iglesia actual es el resultado de la obra de 1964-65, en la que, como ya he dicho, cubrieron la parte de piedra de la cabecera con cemento y la completaron con obra nueva en ladrillo y cemento, al tiempo que cambiaron la ubicación de la torre situándola al lado derecho de la fachada.

Es oportuno mencionar también que, al hacer las obras de la nueva iglesia, apareció bajo el altar mayor una pequeña cripta que contenía dos cuerpos momificados; uno era de una mujer y el otro de un sacerdote que llevaba entre las manos un crucifijo y un pergamino que fue depositado en el obispado, y se trataba de una bula pontificia del siglo XVIII. Los cuerpos fueron depositados en el mismo lugar, según me informó hace años el párroco titular de Villamanrique por aquel tiempo, Don Héctor Alcántara.

Años antes, hacia 1954 haciendo la cerca de la era de la familia Vara que ha existido allí muchos años, apareció otra cripta más grande, no lejos de la cabecera de la iglesia, aproximadamente en la confluencia de la calle del Conde con la calle Peña Alta. Debió de ser un enterramiento privado de los condes, porque su palacio llegaba hasta allí, y tal vez hubo en superficie una capilla privada, recordemos que los condes tenían un capellán además del párroco de la villa; por otro lado, el cementerio parroquial, situado muy cerca de ese sitio, no llegaba hasta allí; por medio estaba el camino de Buenamesón que aún existe y por él se baja hacia La Huelga.

Desde el punto de vista de la organización episcopal, Villamanrique siguió encuadrado en el Arzobispado de Toledo y Arciprestazgo de Ocaña, hasta que en 1833 la nueva organización provincial de España, que incluyo a nuestro pueblo en la provincia de Madrid, obligó en los años siguientes a la Iglesia a una reestructuración y Villamanrique pasó al Obispado de Madrid-Alcalá y arciprestazgo de Villarejo.

Por consiguiente y mientras no fue desmantelado totalmente por los liberales el Antiguo Régimen, con la desaparición entre otras cosas de los señoríos y del pago de los diezmos, Villamanrique siguió pagando la tercera parte de ese impuesto a la diócesis toledana y el resto a los condes de la villa.

Como ya sabemos, aunque Villamanrique fue separado del señorío eclesiástico de la Orden de Santiago al ser vendido por Felipe II, y convertido en un señorío laico que luego pasaría a ser un condado, esta nueva situación administrativa no libró a sus habitantes de tener problemas con sus antiguos señores, la Orden de Santiago, a través de la Encomienda Mayor de Castilla.

El primero fue en 1587, iniciado por Doña Catalina Laso de Castilla (Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Registro de ejecutorias, caja 1668.0061) a consecuencia de la jurisdicción de La Veguilla, propiedad de la Encomienda pero dentro del término de Villamanrique.

Pero fue muchos más grave por sus repercusiones el problema suscitado por la barca. Las deudas contraídas por el municipio con la Encomienda a causa del uso del “hilo del agua” para establecer una barca municipal, desembocaron en la incautación del Monte y la mitad de la Dehesa Morcillera, hecho que dio lugar a la privación de los derechos de pasto, leñas y esparto –y al arrendamiento de posibles tierras de cultivo- que tenían todos los vecinos, y a un pleito largo y costoso que arruinó las arcas municipales unos cuantos años. Ya avanzado el siglo XIX, se consolidó la tropelía, pues al amparo de la desamortización de Madoz, el Monte y la Morcillera fueron vendidos a un particular sin atender las reclamaciones del Ayuntamiento sobre la injusta incautación de que había sido víctima en 1750 por parte de la Encomienda (Véase el artículo “El Monte de Villamanrique: historia de una injusticia”).

En los siglos pasados había una relación muy estrecha entre la Iglesia y el Estado, que en el plano de la política local se traducía en la asistencia del Ayuntamiento en pleno a las ceremonias religiosas de las fiestas de guardar y, sobre todo, a las ceremonias más solemnes de las fiestas locales, las de los patronos de la villa; los que hemos vivido la época del nacional-catolicismo de la última dictadura sabemos lo que eso significa. Esa costumbre perdura parcialmente por ejemplo en la celebración de la misa mayor y la procesión de las fiestas de Jesús, pese a que vivimos en un Estado que, según la Constitución, es aconfesional; es difícil alterar las costumbres religiosas.

Como ya hemos visto en artículos anteriores, en el siglo XX ya no se celebraban en Villamanrique más que dos fiestas locales, la de San Marcos y la de Jesús; pero en los siglos XVIII y XIX eran tres: además de San Marcos, San Sebastián el 20 de enero y Santa Fe el 6 de octubre (recordemos que la de Jesús comenzó a celebrarse muy a finales del XIX). En todas esas fiestas el Ayuntamiento en pleno acudía a la misa mayor y a la procesión si la había, pagaba la cera que alumbraba a las imágenes durante los actos, al predicador que venía con motivo de la cuaresma y San Marcos, y un estipendio al Párroco y al sacristán por la misa y la procesión (hasta el concilio Vaticano II los actos religiosos tenía que pagarlos quien los encargaba, según unas tarifas establecidas).

Pero además de esas tres fiestas mayores, existían los llamados votos de villa, días en los que el Ayuntamiento actuaba como en las fiestas mayores, es decir, pagaba la cera y las misas y asistía a ellas.

Eran nueve votos y en ellos estaban incluidas las tres fiestas mayores. El objeto de esos actos religiosos era pedir por la salud de la población y el ganado y por la bondad de las cosechas.

Los días para celebrar los nueve votos eran los tres de las fiestas de San Sebastián, San Marcos y Santa Fe, y otros seis que se distribuían según promesas a santos concretos o devociones de un alcalde o un párroco, por eso cambiaron según la época aunque algunos se mantuvieron varios siglos. Por ejemplo, en 1756 los días fueron: La Candelaria, San José, segundo día de Pascua de Resurrección, San Gregorio Nacianceno, Santa Ana y San Roque. Sin embargo en 1804 habían cambiado algunos días: Nuestra Señora de la Purificación, segundo día de pascua de Resurrección, San Gregorio Nacianceno, Santa Ana, San Roque, y la Natividad de Nuestro Señor.

La parroquia y los párrocos

Para terminar con esta aproximación a la Iglesia en el municipio de Villamanrique vamos a dedicar unas líneas a los párrocos que han pasado por él.

Sin incluir a los del siglo XX, conocemos el nombre de 19 sacerdotes que desempeñaron el puesto de párroco de Villamanrique; el más antiguo, Don Bartolomé González, cuyo nombre aparece en 1575, en el expediente de venta del pueblo a Doña Catalina Laso, a causa del litigio que tuvo con ella por su sueldo. Hay que esperar 167 años para encontrar otro en los documentos conservados en el archivo municipal, Don Felipe Mendoza, cuyo nombre se encuentra en documentos entre 1742 y 1751, y el último, antes del siglo XX, Don Eusebio Palomar, que llegó en 1896 y comenzó el siglo en el pueblo.

AÑOS Cura párroco
1575 Bartolomé González
1742-51 Felipe Mendoza
1751 Manuel Alonso Melero
1756 José Martínez Criado
1757-70 Juan Martínez de Brea
1786-92 Román Sánchez Mudarra
1795 Antonio Ayuso
1802 Manuel Guijarro
1804-08 Isidro Sánchez Aguado y Barros
1813 y 1819 José Castellanos
1815 Ecónomo: Fray José de Jesús y María (exclaustrado).
Fray Pedro de San Antonio(exclaustrado)
1817 Juan Cano
1819-39 Juan José Zavala Gasco.
1841 Eusebio Matías Nieto
1849-79 Felipe García
1890-92 Felipe Corral
1894 Rufino García
1896-1900 Eusebio Palomar

Ecónomo es el nombre que da la institución eclesial al clérigo que administra los bienes de la diócesis bajo la autoridad del obispo, y que sirve un oficio eclesiástico cuando está vacante, o cuando, por razones legales, no puede desempeñarlo el propietario.

Entre 1808 y 1813 no debió de haber párroco en Villamanrique, ni consta que nadie se hiciera cargo de la parroquia; no es extraño si se considera que fueron los años más difíciles de la Guerra de la   Independencia. En 1813 estuvo D. José Castellanos, hermano del maestro y secretario del ayuntamiento D. Rafael Castellanos. La parroquia quedó de nuevo vacante en 1814-15, cuando hubieron de hacerse cargo de ella dos frailes exclaustrados del convento de Santa Cruz, Fray José de Jesús y María y Fray Pedro de San Antonio, que vivían en Villamanrique a causa de la supresión de su convento, como otros muchos, por las reformas realizadas por el rey José Bonaparte.

No han sido incluidos en esta relación de 18 párrocos los capellanes de los condes ni dos sacerotes que vivieron de sus propiedades agrícolas en el pueblo y decían misa a título particular o se hacían cargo de sustituir al párroco en caso de ausencia o enfermedad; es el caso de Don Mauricio Martínez de las Eras y de Don Isidoro Bernaldo Mingo, quien durante algunos años tuvo que ejercer como ecónomo por haberse quedado ciego D. Felipe García; D. Isidoro también ocupó la plaza de maestro varios meses.

De los 18 párrocos cuyos nombres conocemos, algunos estuvieron en Villamanrique poco más de un año, pero otros vinieron jóvenes y murieron aquí. De entre éstos destacan Don Felipe García que estuvo al menos 30 años, pues aparece su nombre en documentos entre 1849 y 1879, y Don Juan José Zavala Gasco, cuyo nombre aparece entre 1819 y 1841.

Como ya he dicho, Don Felipe García llegó a quedarse ciego y hubo de ser sustituido varias ocasiones en sus tareas religiosas por don Isidoro Bernaldo, pero vivió una época de paz y cierta prosperidad en el pueblo. En cambio a Don Juan José Zavala le tocó vivir aquí algunos de los años más turbulentos y de escasez de la historia del pueblo y de la nación, pues llegó en plena crisis de la posguerra con los franceses; de la guerra de Independencia de las colonias americanas y las revueltas que dieron lugar al Trienio Liberal; además vivió aquí íntegramente la primera guerra carlista (1833-40) que, como ya hemos visto en alguna ocasión, tuvo episodios muy violentos en Villamanrique y su comarca (V. artículo “Una noche nefasta”).

Los beneficios de la parroquia de Villamanrique eran muy reducidos, dada su corta población y que, al parecer, la Iglesia en la localidad no estaba dotada de bienes raíces. Recordemos que los informantes de las Relaciones Topográficas de Felipe II declaran para el capellán de los condes dos tierras pequeñas y un beneficio curado que, de tan escaso, el capellán andaba en pleitos con la señora, aunque consiguió que se lo aumentaran, pero luego, al aparecer un párroco nombrado por la diócesis de Toledo, la capellanía de los condes quedó fuera de los ingresos de los párrocos.

Parece que esas dos pequeñas tierras “de pan llevar, que un año con otro valdrán en renta como cinco fanegas de trigo” pudieron pasar a la parroquia cuando se desdobló de la capellanía, pero el rendimiento era tan insignificante que los párrocos debía mantenerse de los estipendios que cobraban a los feligreses por los actos religiosos, y del desempeño del cargo de diezmeros, ya que ellos percibían un porcentaje por participar, junto al escribano de la villa, en el ajuste de las cantidades que debía pagar cada agricultor y ganadero y de las que correspondían en el reparto al Arzobispado de Toledo y a los condes de Villamanrique.

Debe de ser por esta escasez de medios por la que Don Juan José Zavala, y otros curas posteriores a él, tenía un rebaño de ovejas que pastaba en los mismos terrenos de los demás ganaderos, pagando las cuotas correspondientes, según se desprende del expediente municipal para arrendar los pastos de invierno, correspondiente a 1819-20.

Es precisamente de D. Juan José Zavala de quien tenemos más datos acerca de su vida en nuestro pueblo. Algunas de las noticias a él referidas que nos han llegado son simples anécdotas, pero otras nos informan acerca de la difícil situación que le tocó vivir en el pueblo.

Como una simple anécdota hemos de recoger un documento del archivo municipal fechado en 1831 sin día ni mes. Es un memorial de suyo dirigido al alcalde, Pedro José García, en el que D. Juan José se presenta como “mayordomo interino de los caudales y rentas de la fábrica” de la iglesia, y que dice: “Consta a Vuesa Merced como público y notorio que apareció cascada la campana mayor de esta iglesia el día 31 del próximo pasado mes de octubre, la misma que fue tañida el día anterior domingo para convocar al pueblo a la misa mayor, sin que persona alguna advirtiera esa tal desgraciada lesión, ni en su sonido y menos a la vista; y así en obsequio de la recta administración de justicia se hace indispensable se me administre por V. M. sea prueba el de testigo o testigos que me sean fáciles presentar, pues es constante el abuso que en este pueblo se observa por algunas personas en divertirse tirando piedras a la torre campanario y tejados de la iglesia, cuyo desorden tengo obligación a corregir… por todo lo cual. Suplico: se sirva decretar se me admita la justificación que solicito y así como certificar V. M. de su puño bajo de su firma en unión del secretario del ayuntamiento, cómo en el día tres del corriente por mandato de V. M. estuvo en la Real cárcel pública de esta villa Eusebio Sáez, hijo de Bonifacio Sáez de esta vecindad, por haberle hallado tirando piedras al campanario. Y así determinen a dicha justificación se me entregue original a los fines que más me convengan por ser todo de justicia…”.

D. Juan José Zavala, como párroco de Villamanrique, tuvo que ejercer la función de recolector de diezmos; su trabajo consistía en visitar las eras y los lagares y rebaños para conocer de primera mano la producción de cada año; luego recibía de los propietarios la décima parte de sus beneficios y, una vez almacenado el grano, el dinero de la uva y aceituna y de la lana, tenía que hacer tres partes, en colaboración con el escribano del Ayuntamiento, dos de las cuales eran para los condes y la tercera para el Arzobispado de Toledo, de aquí que se le denomine “tercero” en algún documento.

Sobre esta tarea del párroco Zavala tenemos tres documentos, separados entre si once años. El primero es una declaración firmada por él en la que constan entre otras cosas: “que el año pasado de 1827, en el cual era alcalde por S. M. (que Dios guíe) Francisco Barón, como fiel tercero nombrado por el tribunal de contaduría mayor de rentas decimales de la ciudad de Toledo para la recaudación de la tercera parte de diezmos pertenecientes en el término de esta villa a la dignidad arzobispal y demás señores partícipes de la mencionada ciudad, requerí al dicho alcalde con la instrucción y reales leyes estampadas en ella, según se me mandó por el expresado tribunal para su inteligencia y cumplimiento y para que le hiciese cumplir y observar en todas sus partes, a lo que se obligó legal, lisa y llanamente, y sin embargo despreciando mis quejas sin admitir la de la denuncia que le hice negándose a prestarme el auxilio de la real jurisdicción, permitió que todos los vecinos labradores entrojasen [guardasen en cámaras o trojes] sus cosechas y granos a las horas que les acomodó, tanto de día como de noche, sin avisar a los perceptores de los diezmos con total inobservancia de lo prevenido por dichas reales órdenes, y así se ha continuado desde el expresado año hasta éste de la fecha...”.

Once años después, y pese a estar en la primera guerra carlista, la situación de entrega de grano se había normalizado, así otro documento fechado el 4 de noviembre de 1838, contiene un bando del colector de diezmos de Villamanrique para anunciar: “El señor administrador general de rentas decimales del departamento de Ocaña, por su orden del 24 de octubre último, recibida en el correo de ayer, participa a esta administración subalterna hallarse competentemente autorizado para la venta del diezmo de la uva de esta villa, la que ha de tener lugar por ajuste avisado. Lo que se anuncia al público para que si a alguno le acomoda comparezca en dicha administración general…”. Va firmada por “el colector, Juan José Zavala”.

El 10 de agosto de ese mismo 1838, en el año más duro de la guerra carlista en Villamanrique por el merodeo de la facción carlista del general Cabrera por la zona (llegó a establecer su cuartel general en Fuentidueña, donde estuvo presente el pretendiente a la corona D. Carlos), D. Juan José Zavala hubo de intervenir para proteger el grano recaudado como parte del diezmo que le correspondía al Arzobispado, del cual era el único representante en el pueblo. En un oficio dirigido al alcalde de la localidad, D. Juan José, como párroco y “Administrador subalterno decimal de Villamanrique” expresa lo siguiente: “A consecuencia de las últimas incursiones de la facción en este pueblo se me han exigido las llaves del pósito, panera que como a usted consta en cumplimiento de órdenes superiores he determinado sirva de granero de esta tercia decimal de mi encargo; y como en lo sucesivo pueden reproducirse aquellas debo manifestar a V. que luego que haya granos en la citada panera no verificaré la entrega de sus llaves; por lo que es preciso se sirva decirme si destino algún otro local para fuerte, para si no, dando el competente aviso al administrador general del ramo, me autorice para depositarlos en mis propias cámaras, que como usted comprende me resulta más cómodo…”.

Un trago amargo fue para D. Juan José la agresión sufrida por él y su hermana de la que ha quedado constancia, aunque desconocemos la causa y las consecuencias de las lesiones. Un documento fechado el 26 de mayo de 1828, es un certificado del alcalde Alfonso de la Plaza a nombre del secretario Manuel Barriopedro, para la conducción de un preso llamado Santiago Serrano a la cárcel de Madrid, por los siguientes motivos: “Hago saber que en este juzgado se principió causa criminal contra Santiago Serrano y Nicolás Pablos, vecinos de Fuentidueña le Tajo, por las heridas causadas al señor cura párroco de ésta villa, D. Juan José Zavala Gasco y su hermana doña Josefa Aguilar, la noche del 15 de diciembre de 1827, cuya causa se ha seguido en virtud de comisión de S. A. la Sala de Señores Alcaldes de Real Casa y Corte, en el juzgado mayor de la villa de Estremera, y en el día de ayer he recibido un oficio de su alcalde mayor, fechado 24 del corriente, acompañando certificación de una orden de S. A. de fecha 23 de este mes en la que inserta su superior auto que recayó en la causa en el día 22 por el que se manda que el Santiago Serrano sea trasladado a la real cárcel de corte con la competente seguridad y sin tocar el lugar sagrado…, y para qué la traslación se haga como corresponde por mi auto de hoy he comisionado a José Manuel Barriopedro, escribano de éste ayuntamiento y actuario del presente, y he dispuesto liberar el presente a sus mercedes a fin de que le faciliten sus reales cárceles y demás prisiones tanto en los pueblos donde pernocten como en donde haya que hacer algún descanso, y caso de fuga, a más de la escolta que lleva, le faciliten los auxilios de fuerza armada y demás que necesite…”. A continuación figura una nota de Aranjuez, fechada el 27 de mayo, donde estuvo pernoctando en la cárcel, y otra nota de haber entregado el preso en la real cárcel de corte el día 28 de mayo a las cinco de la tarde.

carlistasacaballo

Mucho más difícil debió de ser la situación de D. Juan José durante la primera Guerra Carlista (1833-1870). El carlismo había arraigado fundamentalmente en territorios de la España peninsular que habían sido maltratados administrativamente por el centralismo borbónico: Galicia, País Vasco-navarro, Cataluña y Valencia. Ideológicamente, el carlismo, se apoyaba en un integrismo católico, antiliberal, en el que el clero jugaba un papel protagonista. Don Juan José Zavala Gasco era sacerdote y, por los apellidos, debía de ser vasco o navarro; tenía los ingredientes básicos para ser carlista, sin embargo fue un fiel y útil colaborador, en momentos muy difíciles, del Ayuntamiento de Villamanrique, que era liberal y, por consiguiente, partidario de la reina Cristina y su hija Isabel II, quienes disputaban el trono de España a D. Carlos María Isidro, líder del carlismo. D. Juan José colaboró con el pueblo de Villamanrique tanto en lo espiritual como en lo político.

Un documento fechado el 24 de julio de 1834, cuando aún la guerra no afectaba mucho a Villamanrique, es una carta suya dirigida al alcalde de la localidad, por la que comunica al ayuntamiento lo siguiente: “He resuelto hacer tres días rogativas públicas implorando la misericordia del Señor en las necesidades que afligen a este pueblo y a muchos de la Península, lo que comunico a Vds. para si les es posible hagan el favor de asistir”.

Peor situación se presentó en 1837-39, cuando las tropas carlistas del General Cabrera intentaron tomar Madrid; lo hicieron desde su territorio inexpugnable del Maestrazgo, entre Castellón y Teruel, desplazándose por la cuenca alta del río Tajo hasta Fuentidueña, con el fin de cortar la carretera de Valencia y por ella llegar a Madrid. Ante esa situación de acoso, los alcaldes liberales de la zona tenían la orden de abandonar sus pueblos y concentrarse en poblaciones mayores para organizar la resistencia; en el caso de Villamanrique, los miembros de Ayuntamiento tuvieron que desplazarse a Villarejo de Salvanés y dejar como representantes del poder político una junta de gobierno presidida por D. Juan José Zavala

La noche del 10 de septiembre de 1837 el pretendiente D. Carlos, en su ruta hacia Madrid, se encontraba en Fuentidueña, donde se presentaron ante Cabrera varios vecinos de Villamanrique que se unieron a los facciosos, entre ellos Fructuoso Robleño, José Orcajada y Benigno Gavaldón, según declaración del propio Robleño cuando se entregó al final de la guerra el 14 de octubre de 1839.

Unos días antes de la llegada de D. Carlos a Fuentidueña, el Ayuntamiento de Villamanrique, ante el hostigamiento de las tropas de Cabrera, decidió poner en práctica las medidas de seguridad decretadas por el gobierno. Así el 7 de septiembre de 1837, procedieron a abandonar la localidad y a efectuar el “Nombramiento de la junta gubernativa”. En el acuerdo inicial consta: “Que teniendo noticias por varios conductos que las facciones reunidas del pretendiente Cabrera y demás andan por los pueblos de la Mancha inmediatos a Cuenca, y que se dice se dirigen hacia el Tajo, por si esto se realizara y este ayuntamiento tiene que retirarse con la Milicia Nacional a reunirse en un punto seguro, en cumplimiento de las superiores órdenes comunicadas al efecto, debían acordar y acordaron sus Mercedes nombrar una junta gubernativa para qué ínterin su ausencia dirijan esta población y traten de conservar la tranquilidad y buen orden entre sus habitantes, y dando cuentas de cuanto ocurra al juzgado de primera instancia de Chinchón sobre si se aproxima la facción a este pueblo, y todo lo demás que convenga al mejor servicio nacional; en su virtud nombraron a los señores Don Juan José Zavala Gasco, cura párroco, D. Mauricio Martínez de las Heras, presbítero [capellán de los condes], don Lorenzo Vara y Soria, Antonino de la Plaza, y Juan de Cuenca, lo que se hará saber para su inteligencia, refiriendo el correspondiente recado atento a los señores eclesiásticos, encargando a todos la más estrecha responsabilidad…”.

La situación, ya menos grave, se repitió el 18 de enero de 1839; una “providencia” del ayuntamiento dispone: “Que con motivo de lo ocurrido en el término de la villa de Fuentidueña y sitio de la dehesa Alharilla en la tarde del día cuatro del corriente, estando abatiendo dicha dehesa varios vecinos de aquella se presentaron 15 facciosos [carlistas] a caballo y se los llevaron a todos o a la mayor parte; por si pudiese ocurrir en esta villa una sorpresa por dicha gente, creen sus Mercedes ser su deber nombrar una junta por vice de interin compuesta de varios vecinos que puedan auxiliar al Ayuntamiento y que puedan tener algún prestigio en el pueblo con el fin de conservar en buen orden y tranquilidad pública y obviar los males que en tales casos puedan suceder. En su consecuencia nombraban y nombraron sus Mercedes al Sr. Don Juan José Zavala Gasco, cura párroco, Don Mauricio Martínez de las Heras, presbítero, Antonino de la Plaza, Ignacio González, Ramón Villar, Luís Oteros, Juan de Cuenca y Pedro José García, para que todos, al menor motivo que amenace la tranquilidad pública o se tenga noticia de aproximación de gente enemiga, se personen todos en las salas capitulares al fin indicado, y bajo toda responsabilidad si no cumpliesen con lo acordado anteriormente; en concepto que dicha reunión sólo tendrá por objeto acordar entre el ayuntamiento y la junta las medidas más convenientes a evitar los daños que puedan ocurrir en cualquiera de los casos indicados, haciendo saber esta determinación por medio del infrascrito secretario de ayuntamiento, firmando de quedar enterados”. A continuación se encuentra la diligencia de notificaciones de los expresados nombramientos, fueron aceptados “ofreciendo cumplir en todo lo que esté a sus alcances”.

Por último, un documento fechado el 21 de abril de 1839 contiene un “Nombramiento de junta gubernativa” ante la presencia en la zona de carlistas; dice así: “Que habiendo tenido noticias sus Mercedes por los partes que se han recibido de que una facción se haya en Huete, y por si se aproxima, tener que retirarse este ayuntamiento, en cumplimiento de las superiores órdenes comunicadas sobre el particular, debían acordar y acordaron se nombre una Junta Gubernativa que dirija los asuntos de esta villa ínterin dure de la ausencia de esta corporación, tanto si sucede en el día como en lo sucesivo por igual causa. Y en su virtud nombraban y nombraron por vocales de dicha Junta a Antonino de la Plaza, Juan de Cuenca, Ignacio González, Juan Antonio Manzanares y Miguel García de esta vecindad, como personas que tienen responsabilidad, y al mismo tiempo de carácter pacífico, y suficiencia para poder dirigir cuantos asuntos puedan ocurrir, y hacerse conserve el buen orden y tranquilidad pública; pudiéndose valer para uno y otro de las demás personas que por su carácter y demás circunstancias puedan auxiliar a dicha junta, pues para todo se les concede por este Ayuntamiento las facultades necesarias. Y sin perjuicio de las facultades que se le confiere a dicha junta, se nombran como auxiliares de ella a Don Juan José Zavala Gasco, cura párroco, Don Mauricio Martínez de las Heras, Ramón Villar, Manuel de la Plaza mayor, Agustín Barón, Pedro José García, Raimundo Casalta, Manuel García, Sebastián Martínez y Pedro Quílez, cuyo nombramiento de junta se les hará saber para su inteligencia y aceptación, y que al mismo tiempo se enteren las personas nombradas como auxiliares para que puedan valerse de las mismas a los fines indicados, y de las demás que crean convenientes aun cuando no se nombren en esta providencia…”. A continuación se encuentra la diligencia de notificación y aceptación, en la que consta la aceptación de todos ellos.

Don Juan José Zavala murió en el pueblo y fue enterrado en el antiguo cementerio, situado junto a la iglesia, donde hoy se encuentra el salón parroquial. Muchos de los naturales de Villamanrique hemos oído a nuestros antepasados contar que un cura párroco que estuvo muchos años en el pueblo pidió ser enterrado en la puerta de aquel cementerio, para ser pisado por todos los que entraran en él; también dispuso que como única señal le pusieran una teja sobre la cabeza. Aunque no hay seguridad de quién fue ese cura, yo me inclino, por su trayectoria biográfica, a pensar en D. Juan José Zavala.

Este artículo fue publicado en cuatro partes entre junio y agosto de 2010.

Ahora ha sido reunido y revisado. Torremolinos 20 de septiembre de 2014.