El esparto pan de los pobres.

Durante siglos las familias de Villamanrique con menos recursos a su alcance encontraron un modo de sustento en el trabajo del esparto. Esta forma de subsistencia no era exclusiva de nuestro pueblo sino propia de toda la comarca y de otras áreas de España pues se trata de un vegetal de la familia de las gramíneas, propio de las estepas mediterráneas que se extienden por el centro, este y sur de la península Ibérica y que forma matas de tamaño considerable, las atochas, asociadas a las de otra planta muy similar pero de fibra más basta, el albardín o esparto de Aragón.

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Sandalias de esparto de hace 6500 años.

Ambas plantas, de las que se obtienen fibras muy resistentes y muy útiles para la elaboración de cuerdas y esteras, se vienen usando en nuestra Península desde la Prehistoria, tal como acreditan unas sandalias encontradas en el yacimiento neolítico de Albuñol (Granada), con una antigüedad de más de 6500 años.

También sabemos que en tiempos del Imperio Romano llegaban a Roma desde Hispania grandes cantidades de productos elaborados con esparto y albardín: cuerdas de todos los tamaños, esteras, recipientes, etc. La vía terrestre que, camino de Roma, recorría el sur y este de la Península entre Cádiz y La Junquera en el Pirineo catalán, era conocida con varios nombres, entre ellos “Ruta del esparto”.

Hasta la plena industrialización de España ya avanzado el siglo XX, y la sustitución de las fibras naturales por fibras sintéticas derivadas del petróleo o del carbón, ha sido frecuente encontrar en nuestra tierra las labores de esparto y albardín aplicadas a trabajos de cordelería (maromas, sogas, ataderos, lías), a la pleita o tomiza de la que se obtenían esteras para el suelo, albardas, serones, seras, baleos, espuertas, esportillas, etc.; sin olvidar las alpargatas con suela de esparto, copia refinada de las que hicieron nuestros antepasados de hace casi 7000 años

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Utensilios de esparto.

Los trabajos en esparto eran muy útiles y variados y, en consecuencia, muy demandados; y las plantas que lo producen estaban al alcance de todos en aquellos lugares donde el clima estepario favorecía su desarrollo, por lo que las personas que tuvieran la habilidad y el aprendizaje precisos podían ganarse parte de su sustento trabajando el esparto. Naturalmente este tipo de trabajo, que era muy duro, lo hacían personas que no tenían otros recursos o que, aunque los tuvieran, no alcanzaban para alimentar a una familia. Por lo que sabemos a través de los documentos del archivo municipal de Villamanrique, a esta tarea se dedicaban en el pueblo familias que no tenían propiedad agrícola alguna, y se ganaban parte de su sustento como jornaleros en las épocas de cosecha o escarda, y otras personas que tenían pequeñas propiedades y buscaban en ese trabajo un complemento a su maltrecha economía. Era, en definitiva “el pan de los pobres” o parte de él.

En el término de Villamanrique abundan los atochares y albardinales en los terrenos más secos y menos productivos, también por su salinidad, como son los cerros de yesos masivos que bordean por ambas orillas el valle del Tajo, o las asperillas, formadas por gravas y arenas depositadas por el río en los últimos tiempos geológicos.

El proceso de elaboración de la cordelería de esparto o albardín era complejo y gravoso. Comenzaba con la recolección a mano en la que según establece una de las condiciones de la subasta realizada por el Ayuntamiento de Villamanrique en 1834: “…el albardín ha de ser arrancado y no segado ni con hoz ni guardaña…”, medida esta que buscaba la conservación de la planta. Podemos imaginar el resultado de esa recolección en las manos de las personas que lo arrancaban, aunque usaban para ello unos “palillos” que aguantaban el tirón. Esa recolección se hacía entre primeros de agosto y finales de noviembre, según establece el mismo documento, y terminaba con la “tendida” sobre el suelo para terminar su secado si el tiempo aún lo permitía.

Una vez recogido y atado en haces se “empozaba” o “cocía”, es decir se metía a remojo en lugares donde no hubiera mucha profundidad o corriente, bien fuese en un arroyo o en algun pequeño brazo del río, para ablandar la fibra, y al cabo de treinta o cuarenta días, se tendía para su secado. En esas pozas el agua se corrompía, por lo que había de hacerse lejos del pueblo para que no llegara el mal olor, ni los insectos que se criaban en ellas. Cuando había alguna epidemia una de las cosas que se prohibian era empozar esparto o hacerlo en cualquier sitio porque sabían que las pozas podían ser un foco de infección. En el expediente que contiene los documentos relativos a la epidemia de cólera sufrida en 1854-55 aparece uno que expone medidas tomadas por la Junta de Sanidad local en el que, entre otras, queda prohibido lavar, fregar y empozar esparto en el río, salvo en el sitio determinado para ello: “para que las aguas inmundas no se mezclen con las potables”.

Después de empozado comenzaba el “picado”, que consistía en machacarlo para desprender la parte leñosa de la fibra. Esta tarea se hacía sobre una losa de piedra, la lastra o “lancha”, donde en pequeños manojos era golpeado con una maza de madera bastante pesada y manejada lo mismo por hombres que por mujeres. La fachada de las casas o cuevas de los pobres, e incluso de pequeños propietarios, se caracterizaban por tener una “lancha” de piedra junto a la puerta, que muchas veces servía de asiento para tomar el fresco en las noches de verano o hacer pleita al sol en invierno.

A continuación, comienza el “rastrillado”, un proceso por el que se peinaban las fibras de esparto en rastrillos de púas de acero para separar los haces de fibra de sus vainas que son sus partes leñosas.

Y por último, el “hilado”, que consiste en formar cabos a partir de los cuales se hacían las cuerdas más o menos gruesas según el número de cabos. Para hacer pleita no era necesario machacar el esparto, se podía hacer con él crudo o cocido y seco para que fuera más flexible.

En Villamanrique, desde su fundación con ese nombre a finales del siglo XV, debió de haber gente dedicada al esparto. Aunque ese dato no consta en las respuestas efectuadas para las Relaciones Topográficas efectuadas por orden de Felipe II en 1575, podemos deducirlo de dos respuestas dadas. La primera en Fuentidueña, donde declaran: “Los cuales vecinos viven de arar e labrar la tierra, e coger esparto e labrallo”, y la segunda en Villamanrique: “En esta villa no se sabe que haya ningún hijodalgo ni exento si no es el cura de esta villa, y los demás son labradores y jornaleros pobres”. Resultaría extraño que esos jornaleros pobres y parte de los labradores no aprovecharan el esparto como los vecinos de Fuentidueña y de otros pueblos cercanos, y más si se tiene en cuenta que muchos de ellos procedían de Belmonte, donde esa tarea estaba tan arraigada que llegó a ser conocido en la comarca como “Pozuelo de la soga”.

Lo que sí tenemos seguro es que en el siglo XVIII el trabajo del esparto daba de comer a varias familias de Villamanrique. Nos lo dicen documentos del archivo municipal y las respuestas al Catastro de Ensenada de 1751. Entre estas, la 33ª dice: “Que las ocupaciones de artes mecánicos que hay en esta villa, solamente son: veinte y seis esparteros de los cuales los doce de ellos son juntamente labradores, y los catorce restantes tienen el dicho oficio de esparteros; a los cuales trabajando meramente en él regulan cada día de utilidad dos reales de vellón.” Si consideramos que la población de Villamanrique ese año era de 48 vecinos, los 26 que se dedicaban al esparto suponían más de la mitad; en cuanto a los dos reales diarios de ingresos podemos afirmar que el oficio no era muy rentable, pues era una cantidad que suponía la mitad del salario de un peón de albañil; sólo con el trabajo de toda la familia se podía sobrevivir.

De ese mismo año de 1751 se conserva una noticia recogida en la cuenta de propios y alcaldes donde aparece el pago de un refresco de pan y vino “que se dio a las personas que fueron a hacer las suertes del esparto”. Es decir, los terrenos donde se producía el esparto se dividían en lotes y éstos se sorteaban entre los vecinos dedicados a ese trabajo. Pero no era de forma gratuita sino pagando entre todos un canon al municipio, cuando se trataba de cerros concejiles, o a los propietarios de los terrenos cuando no eran del común, como ocurría con el Monte de Villamanrique y la Dehesa Morcillera, que por aquellos años había sido incautada por la Encomienda Mayor de Castilla para cobrarse una deuda que tenía con ella el municipio a cuenta de la barca.

Años después, en 1786, en otra encuesta realizada por Real Orden, el Ayuntamiento de Villamanrique responde: “De fábricas tampoco hay ningunas, porque aunque los pobres trabajan el esparto, tienen que hacerlo fuera del término con el peligro si los aprenden les saquen la multa, como de ordinario se está experimentando porque en este corto término ya se ha apurado”. Esta respuesta parece exagerada, pero algo de verdad debe de haber.

La siguiente noticia al respecto la tenemos en un documento fechado el 14 de agosto de 1825, es un expediente para la subasta del albardín de ese año. Se la adjudicó Alfonso de la Plaza en 100 reales, y en el acta del remate consta que la recaudación sería destinada a los gastos de “armamento y vestuario de los voluntarios realistas“. La noticia encierra dos novedades: la primera, que el beneficio de la subasta se dedica a un fin concreto, y la segunda, que aparece un intermediario, lo que significa que los esparteros no se ponen de acuerdo para hacer las suertes donde cada uno va a recoger y a pagar por ello al municipio, sino que un particular compra los derechos al Ayutamiento y es él quien cobra a los esparteros por arrancar esparto en cualquier parte del término municipal, excepto las ya citadas ocupadas por la Encomienda. En adelante, el arrendamiento del albardín se hará de esa manera.

Las menciones al esparto y su labor son frecuentes en los expedientes de subasta del cargo de fiel medidor. Por ejemplo, en el acta del ayuntamiento para arrendar la romana y medida, fechada el 15 de noviembre de 1851, consta que el arrendatario percibía también una cantidad por “los efectos que no sea necesario pesar ni medir como es la obra de esparto labrado y en rama“.

El documento más reciente sobre este tema, fechado el 12 de noviembre de 1867, es un acta de una reunión del ayuntamiento y varios vecinos de la villa en la que, ante una crisis de ventas, acordaron lo siguiente: “… habiendo en este pueblo la industria de la labor del esparto en lías y sogas; pero que no habiendo saca en la actualidad de este género, acordaron que el dinero que hay como depósito de fondos comunales de esta villa se emplee con la debida formalidad en comprar dicha obra al precio de ocho cuartos la docena de lías cortas del largo de diez varas motivadas y bien acondicionadas, y las sogas a 19 cuartos del mismo largo y condiciones que las lías; que para dicha operación se nombren dos, tres o más personas a quienes se les entregarán los fondos necesarios para hacer el empleo bajo las garantías que se estime oportunas para responder de lo que se le entregue, y sin que los encargados puedan hacer en ellos ninguna especulación pues para indemnizar los de su trabajo se le señalan un dos y medio por cuenta del empleo que hagan; para lo cual han nombrado de unánime conformidad a Tiburcio García de esta vecindad, que ofrece las garantías que se apetecen, el que no podrá vender dicho género a más de un real cada docena de lías y a 20 las sogas, y la parte que pueda quedar entre el precio que se le señala quedará a beneficio de la beneficencia; asimismo se comprometen los firmantes a responder de los fondos que se inviertan en dicho objeto en el caso de tenerse que reintegrar antes de que se expenda la obra que se acopie. También acordaron que si algún vecino empleado en la arriería quisiese sacar dicha obra fiada hasta vuelta de viaje, no habrá inconvenientes en dejarle, siempre que presenten un fiador abonado en sustitución del señor alcalde, el que responderá bajo recibo de la cantidad a que ascienda la obra que saque…

Torremolinos, 26 de mayo de 2009