La crisis del siglo XVII en Villamanrique de Tajo

VILLAMANRIQUE DE TAJO: En uno de esos “momentos difíciles que hay en la vida”.

Fernando Cana García

La vida de los pueblos o de las naciones es como la de las personas, a lo largo de su historia puede pasar por momentos felices y momentos difíciles. Que Villamanrique había tenido un siglo XVII muy difícil se entreveía a la luz de documentos muy generales de la época y de libros publicados referidos a otros pueblos de España y más concretamente de Castilla y del valle medio del Tajo.

Al no disponer nuestro archivo municipal de documentación anterior a 1714, por haber sido destruido en 1710 durante la Guerra de Sucesión entre el Archiduque Carlos de Austria y Felipe de Borbón (1700-1714), lo único que podíamos afirmar a la luz de otros documentos era que el pueblo había perdido más del 80% de sus habitantes entre 1596 y 1712, puesto que las 125 familias residentes en la primera fecha se habían visto reducidas a 20 en 1712, pero no sabíamos con certeza a qué se había debido ni cuándo había empezado el proceso. El caso no es único también está documentado en poblaciones cercanas como Villarejo de Salvanés, Santa Cruz de la Zarza, Ocaña -cabeza de partido de Villamanrique- y Toledo, la capital de la provincia entonces.

En esa incertidumbre buscábamos la explicación para Villamanrique en los males que con carácter general afectaron a España y especialmente a Castilla: varias epidemias de peste a lo largo del siglo XVII, desde 1596, guerras casi continuas en Europa Central y el Mediterráneo, hambrunas ocasionadas por ambas cosas y por alteraciones climáticas, expulsión de pobladores moriscos y emigraciones a América. Pero un documento fechado entre 1616 y1619 conservado en el Archivo Histórico Nacional nos ha venido a aclarar muchas dudas al respecto sobre Villamanrique.

Felipe III

Se trata del documento AHN, CONSEJOS, 25470, Exp.18, de 64 páginas, que contiene un expediente judicial iniciado por el Ayuntamiento de Villamanrique para solicitar al rey Felipe III una rebaja en el pago de un impuesto especial, conocido como Millones. Cuando en 1596 la llamada Comisión de Millones, encargada de hacer en Toledo la asignación de esa contribución, a cada pueblo de su provincia le “repartió” su cupo correspondiente; Villamanrique, por entonces tenía 125 vecinos pero en 1616, cuando el pueblo hace la petición al rey, su población se había reducido a menos de la mitad, no obstante tenía que pagar la misma cantidad y, como para recaudar el impuesto se repercutía en el precio de bienes de consumo -sisa lo llamaban entonces- hubo una carestía de alimentos motivada también por malas cosechas varios años seguidos que dieron lugar, según dijeron los testigos del expediente, a familias que solo podían comer pan y esto gracias a que dedicaban muchas horas a hacer sogas y ataderos, gracias a la abundancia de espato en la región.

Villamanrique no era pueblo de realengo sino de señorío. Las rentas e impuestos que pagaban sus habitantes en especie o en moneda no iban a las arcas reales sino a las de la señora jurisdiccional y sus herederos, porque ella había comprado dos terceras partes de los diezmos al rey Felipe II, y la otra tercera parte la cobraba el obispado de Toledo. Por consiguiente, los propietarios de tierras y ganados en el pueblo pagaban una décima parte de sus productos, de ahí el nombre de diezmos, cuya cantidad a su vez era dividida en tres partes. Además, la señora había comprado también el derecho a cobrar las alcabalas, impuesto sobre las transacciones comerciales, es decir, que el rey no recibía ni un maravedí de Villamanrique, ni siquiera las multas, con excepción de las “costas” de procesos que se juzgaran en la Chancillería, como tribunal real que era.

Como esta era una situación muy extendida por toda Castilla, los reyes obtenían pocos ingresos directamente de los súbditos, salvo en los pueblos y villas llamados de realengo. Y como los reyes de la dinastía Austria desde Carlos I -incluso antes con el Trastámara Fernando el Católico- estaban persistentemente implicados en guerras contra los protestantes de Europa central y nórdica, contra los turcos, contra Francia y contra Inglaterra, a pesar de las remesas de metales preciosos que llegaban de América, el déficit de su Real Hacienda era permanente y las bancarrotas del estado eran frecuentes (cuatro hubo durante el reinado de Felipe II en “cuyos dominios no se ponía el sol”). En esa situación, los reyes, desde el emperador Carlos I y su sucesor Felipe II, vieron la salida a sus deudas vendiendo señoríos y títulos, tierras de realengo sin cultivar o arrendadas -los llamados baldíos-, tierras expropiadas a la Iglesia con permiso del Vaticano e impuestos como las alcabalas.

En ese escenario de fondo se produjo la cuarta bancarrota de Felipe II a raíz del desastre de la Armada Invencible. Ya en siglos anteriores, cuando los reyes de Castilla estaban asfixiados por las deudas, acudían a las Cortes para pedir a las ciudades un “servicio” que no era otra cosa que una suma importante de dinero para salir adelante de grandes apuros; en otras palabras, era un impuesto extraordinario que normalmente recaudaban las ciudades y pueblos mediante la imposición de arbitrios municipales, las llamadas “sisas”, sobre la venta de productos alimenticios, eran consideradas un “servicio”; es decir, una ayuda concedida al rey por los súbditos.

Derrota de la Invencible.

Felipe II reunió las Cortes en 1590 para solicitar un auxilio ante la necesidad de sufragar las pérdidas provocadas por el desastre de la Invencible, cuyo valor ascendió a 10 millones de ducados (3.750.000.000. maravedíes). El monarca pidió esa cantidad, pero la Asamblea de las Cortes concedió una ayuda algo inferior, 8 millones de ducados repartidos en 6 años (1591-1596), lo que venía a suponer 500 millones de maravedís al año, que serían recaudados mediante sisas incrementando al precio de venta de vino, carne, aceite y vinagre. El organismo encargado de esos cobros era la Comisión de Millones, desde la que se repartía la cantidad total entre las distintas provincias, y en las capitales de éstas había una Comisión provincial encargada de repartir un cupo a cada pueblo, teniendo en cuenta su vecindario, y finalmente los ayuntamientos de cada pueblo estimaban el importe de la sisa aplicable a cada producto.

Este impuesto también fue usado por los sucesores de Felipe II: Felipe III, Felipe IV y Carlos II. Con Felipe III (1598-1621) se incrementó el impuesto al aprobar un servicio de 3 millones de ducados al año (1.125 millones de maravedíes). Y fue entonces cuando se produjo el momento más difícil en pueblos como Villamanrique porque había disminuido su población y seguían pagando el mismo cupo, para lo cual tenían que recargar aún más las sisas y poner otras en otros productos.

Para apreciar mejor la situación que se planteaba en Villamanrique el año de 1616, vamos a observar brevemente cómo evolucionó el pueblo desde su refundación a finales del siglo XV.

En 1480 don Gabriel Manrique, conde de Osorno, comendador de Viloria y excomendador mayor de Castilla dio la orden de repoblar el ejido de Albuher con 10 familias, apreciando en su orden que habría capacidad para 50 y sería «provechoso para la Orden». Ese ejido no era otra cosa que el solar en el que hasta poco más de un siglo antes había estado la aldea de Albuher, de la que solo quedaba en pie su iglesia, convertida en ermita de Santa María de Albuher y que no muchos años después en 1537, según dejaron escrito los visitadores de la Orden de Santiago «Pasó a ser iglesia parroquial del nuevo poblado de Villamanrique».

Esa pequeña aldea ocupada en principio por diez familias fue creciendo durante todo el siglo XVI, así, en 1528, según recogió el llamado “Censo de pecheros” mandado realizar por el emperador Carlos, había alcanzado las 50 familias o vecinos; en 1570 tenía 71 según el “Censo de obispos” publicado en 1580, y en 1575, según consta en la escritura de compra del pueblo por doña Catalina Laso de Castilla, tenía 115. Llama la atención ese crecimiento de 44 familias (71,26%) en 5 años.

 

Antes de conocer el documento de 1616 la única hipótesis posible sobre ese aumento poblacional era la acogida de moriscos deportados desde el Reino de Granada al finalizar la Guerra de las Alpujarras. Ese documento nos confirmó la sospecha y después, indagando en otros del Archivo de Simancas y en publicaciones sobre la deportación y dispersión de los granadinos, hemos podido comprobar que muchas personas de esa procedencia fueron confinadas en el Obispado de Toledo por orden de Felipe II y que muchas también lo fueron en el partido de Ocaña y otras tierras administradas por la Orden de Santiago. En entre ellas se encontraba Villamanrique, municipio al que, en un reparto inicial, en enero de 1571, le asignaron 9 personas, pero con los reajustes realizados posteriormente recibió 249 personas de ese colectivo, aunque por desgracia no tenemos documentos del Archivo Municipal que nos den más detalles. También llagaron a muchos otros pueblos de la comarca. En Villarejo de Salvanés se ha podido comprobar que figuran hijos de moriscos registrados en los libros de bautismos, eso sí, en libros aparte de los de los “cristianos viejos” porque en esta España nuestra nunca se ha perdonado a los neoconversos: “queremos que seas cristiano, pero una vez bautizado tampoco te queremos y estaremos siempre con la Inquisición preparada a ver si das el más mínimo síntoma de judío o musulmán”; así era imposible la integración de una población deportada, desarraigada de su tierra y trasladada por la fuerza a tierras extrañas. En toda la geografía española solo conocemos un ejemplo de integración al respecto: el del pueblo de Villarrubia de los Ojos (Ciudad Real), donde tantas veces como fueron expulsados los moriscos ya en el siglo XVII, tantas veces volvieron y fueron bien acogidos por la población con la que establecieron matrimonios mixtos.

No fue así en Villamanrique de Tajo donde la expulsión definitiva de los moriscos de todos los territorios hispánicos en 1610 produjo una drástica disminución de la población, pues de 125 vecinos en 1596 pasaron a 60 en 1616, una caída de más del 50% en 20 años, aunque la mayoría saldrían tras este decreto de expulsión de 1610.

El documento de 1616 no nos dice cuántos moriscos salieron de Villamanrique con la expulsión y, además, según declararon los testigos del expediente, hubo otras emigraciones de familias acomodadas que no querían pagar precios tan altos en productos de alimentación básicos y que habían perdido gran parte de la mano de obra que trabajaba sus tierras. En esa situación optaron por vender sus propiedades a bajo precio y emigrar a pueblos como Colmenar de Oreja y Santa Cruz de la Zarza en los que, según los testimonios, las sisas y los repartimientos no eran tan gravosos.

Vayamos directamente al documento. El 6 de febrero de 1617 el Ayuntamiento de Villamanrique de Tajo otorgó un poder a Alonso Ló­pez, vecino de la villa, y a Pedro de Toro, procurador de causas de lo Reales Consejos, para que: «en nombre del Concejo y vecinos particulares pueda comparecer ante el rey nuestro señor y su presidente y oidores del Real y Supremo Consejo de Justicia… y pedir y suplicar a su majestad se sirva de hacer merced a esta villa,… de mandar rebajar el repartimiento de Millones que a esta villa le está dicho de ochenta mil maravedíes en cada un año, atento a que esta villa está muy pobre y endeudada y tiene muy poca vecindad de forma que no tiene al presente ochenta vecinos porque de cuatro años a esta parte faltan más de cuarenta y haber habido en ella algunos moriscos y faltan en ella por la expulsión que de ellos se hizo, y por la esterilidad del tiempo. Con muchos maravedís no llega al dicho repartimiento, de adonde se sigue se le hacen a esta villa muchas costas y salarios [de cobradores llegados a la villa] y para hacer los pagos de los dichos maravedís ha sido necesario echar sisas en el vino y carnes, de que se sigue notable daño a los pobres de esta dicha villa, y así su majestad ha de ser servido de mandar rebajar la mitad de dicho repartimiento en los años 1615 y 1616 pasados y los demás que corrieren adelante desde el presente». Los datos de vecindario son siempre imprecisos, si en este poder notarial hablan de no tener ni 80 vecinos, los testigos que declararon al instruirse el expediente coinciden casi todos en la cifra de 60 y esa es la que dio por buena el escribano encargado de la investigación después de consultar el “padrón de repartimientos”, es decir que esos 60 vecinos eran los que podrían pagar y no estaban incluidos los llamados “pobres de solemnidad” que nunca ni antes ni después figuran en documentos de este tipo.

Una vez recibida la petición firmada por el procurador Pedro de Toro, el Consejo de Hacienda dictó una Real Resolución y la remitió a la comisión del subsidio de Millones de Toledo con la siguiente orden: «Sepan que Pedro de Toro en nombre del Concejo, justicia y regimiento de la villa de Villamanrique de Tajo nos hizo relación que a la dicha Villa se le habían repartido para el servicio de Millones… ochenta mil mrs. cada un año y al tiempo y cuando se le han hecho el dicho repartimiento la dicha villa tenía 200 vecinos [exageración del procurador] y por causa de ser tan grande el dicho repartimiento y no poderle sufrir ni pagar se había ido e iba despoblando de manera que hoy solo tenía 60 vecinos y estos muy pobres porque los que algo podían se habían ido con sus familias a otros lugares y aunque la justicia de la dicha villa había echado arbitrios en las carnes y pescados y en repartir a los vecinos, no habían podido llegar ni habían llegado las dichas subidas de la sisa a cumplir con el dicho repartimiento con más de cuarenta mil mrs. cada un año, por causa de que se iba despoblando y haberle faltado muchas casas de moriscos y si no nos servíamos de bajar la mitad del dicho repartimiento la dicha villa se acabaría de despoblar y arruinar, para cuyo remedio nos pidió y suplicó le mandásemos dar nuestra carta y provisión para que ellos le bajasen de él y descontase de él la mitad del dicho repartimiento en cada un año y que la dicha baja y descuento corriese desde el año de mil y seiscientos e quince…» También decía la orden que en un plazo de seis días enviaran al pueblo personas de la comisión de Toledo para averiguar la situación y dar fe de lo comprobado.

En este documento vemos que, además de la sisa que con carácter general se pagaba al comprar vino, carne, aceite y vinagre, ahora se incrementaba la de la carne y más adelante la del tocino y, si la recaudación de esas sisas no alcanzaba al pago de los 80.000 mr. anuales, lo que faltara se cobraría directamente entre el vecindario mediante un repartimiento según su capacidad económica. En otras palabras, dejar de comprar esos productos no equivalía a dejar de pagar el impuesto, porque tenías que pagar el déficit de la recaudación, y si no lo hacías te embargaban -“te sacaban prendas”, decían entonces-. Eso a su vez hacía que algunos vecinos se fueran del pueblo sin pagar y aumentara la deuda de los que se quedaban. Era como una bola de nieve rodando por una pendiente, cada vez más grande y más difícil de parar.

Para la averiguación de cuanto de verdad había en la petición, la comisión de Millones de Toledo envió a Villamanrique a Luis Pablo ordenándole : «que con vara alta de justicia vayáis a la dicha villa de Villamanrique y a otros tres o cuatro lugares de los más cercanos… y en ellos y cada uno de ellos por ante un escribano que de ello de fe hagáis información de lo contenido en la dicha Real Provisión que de suso va incorporada y de la vecindad que tenía la dicha villa al tiempo que se hizo el dicho repartimiento de los ochenta mil mrs. en cada un año y de la que ahora tiene y si en él fue agraviada respecto del repartimiento que se hizo a las dichas villas y lugares circunvecinos y en qué cantidad ha sido el agravio y qué cantidad de casas y vecinos faltan ansí de los moriscos como de otros de la dicha villa y la razón porque no pueden pagar el dicho repartimiento averiguando por los padrones los vecinos que han faltado…».

Llegado a Villamanrique el 11 de abril de 1617, Luis Pablo comunicó su misión al alcalde mayor, Juan Fernández Romano, en presencia del regidor Lucas Rojano y otros vecinos de la villa. El alcalde mayor acató la comisión y ofreció la colaboración que fuere necesaria.

Al día siguiente, Luis Pablo tomó declaración a seis testigos; el primero fue Juan García Enamorado, labrador, vecino de la villa residente en la calle Nueva, quien dijo: «ser de edad de sesenta y dos años al poco más o menos… al tenor de la comisión dijo que lo que sabe y pasa es que al tiempo y cuando se le hizo a esta villa el repartimiento de la sisa del vino, aceite y vinagre tendría esta villa hasta ciento y veinte vecinos, que hará más de quince año, y que al presente no tiene esta villa sesenta vecinos capaces, y aquellos que pueden pagar de presente no son cincuenta y que la razón porque han faltado los vecinos de esta villa ha sido por la expulsión de los moriscos que había en esta villa algunos y lo otro porque el repartimiento de la dicha sisa ha sido tan excesivo como de presente lo es y que por esta razón se han ido muchos vecinos y se van yendo a vivir a otras partes porque es tan grande la pobreza y necesidad de los vecinos de esta villa que no viven de otra cosa sino de hacer soga para poderse sustentar, de manera que hay muchos que solo comen todo el día pan sin tener otra cosa de mantenimiento, que para comprar un poco de vino no tienen, ni carne, ni otra cosa. Y además del repartimiento que está echado sabe este testigo que para cumplir a los ochenta mil mrs. del repartimiento han echado un maravedí más en la carne y en el tocino otro tanto, y este testigo tiene por cierto que también en el aceite. Y aún con todos estos viejos repartimientos no alcanzó a pagar los ochenta mil mrs., de manera que le parece al testigo que está agraviada esta villa en el repartimiento en más de cincuenta mil mrs., porque esta villa no tiene hombres ricos porque los que lo eran se han ido y lo han dejado todo… y venden sus bienes a menos precio. Y aún con todas estas diligencias no alcanzan los viejos repartimientos y siempre quedan debiendo rentas y esta villa es una de las más agraviadas porque Santa Cruz de la Zarza es muy grande y no paga otro tanto, ni otros lugares más ricos y de más trato [comercio] que en este… Y si su majestad, como tan gran cristiano que es, no remedia esto con quitarle más de los cincuenta mil mrs. que tiene dichos en cada un año será muy cierto el acabarse de despoblar y perder esta villa y acabarse de ir de ella los pocos vecinos que han quedado. Y que el testigo se remite a los padrones que esta villa tiene por donde parecerá, y esto es público y notorio pública voz y fama. Y no firmó por no saber, además de lo cual dijo que la esterilidad de los años y la poca cosecha que ha habido y hay y ha sido mucha parte para lo que dicho tiene y estar tan endeudada y apretada como está la villa…».

Gabriel Puig, 1894. Expulsión de los moriscos.

A continuación, figura la declaración de Francisco Vaquerizo, vecino de la villa de 44 años y uno de los dos entrevistados, de seis, que sabía escribir. Aunque todas las declaraciones coinciden en lo esencial, la de Vaquerizo contiene algunos matices que conviene resaltar. Según él, cuando se hizo el primer repartimiento «tendría esta villa ciento y treinta vecinos y había entre ellos labradores muy ricos y que había más de sesenta pares de mulas con que se hacía labor y de presente no hay sino es un par de mulas con que se pueda labrar y que de diez años a esta parte ha venido en tan gran ruina y menoscabo en esta villa y vecinos de ella que se ha despoblado de manera que no hay arriba de cincuenta y cinco vecinos, porque los demás se han ido y dejado yermas y despobladas las casas; los unos por la expulsión de los moriscos que lo eran, los otros porque las necesidades han sido tan grandes y los años tan estériles y la carga de la sisa y Millones tan grande con otros repartimientos de esta villa que han obligado a dejarla… Y si su majestad, como tan gran cristiano, no da remedio de que a esta villa se le desagravie en más de cincuenta mil mrs. que tiene de agravio contra sí, es imposible poder vivir, y los pocos vecinos que han quedado se vayan y dejen este lugar …» También destaca el agravio comparativo con Colmenar de Oreja, Santa Cruz de la Zarza y Villarrubia de Santiago y otros lugares circunvecinos que «son muy grandes y ricos y no pagan ni está repartido tanto como a esta villa…».

Teniendo en cuenta que por la zona había habido una epidemia de peste bubónica, con especial virulencia entre 1598 y 1602, llama la atención que solo dos de los entrevistados comentaran que a la pérdida de población habían contribuido algunos vecinos fallecidos, sin especificar cuántos. Recordemos que vecino no es lo mismo que habitante, sino cabeza de familia, lo que supone que en esos años de la peste pudieron fallecer pocos vecinos, pero más habitantes. No obstante, aunque la epidemia no hubiera castigado tanto a la población como en otros pueblos de la cuenca del Tajo, ésta, unida a la pobreza por las malas cosechas, hizo que nacieran cada año menos criaturas.

No es aquí el lugar para recoger todas las declaraciones de los 6 testigos de Villamanrique y 2 de Colmenar, por eso vamos a hacer un resumen de las principales afirmaciones de todos ellos. Aunque no coinciden en el número de vecinos que había en la villa en 1596, porque hablan groso modo, tres dicen que 120, dos que 130 y uno 125. Este dato es el más fiable porque quien lo da, Antonio Sánchez de la Cámara, había sido en 1596 el encargado del padrón de repartimientos.

Todos sin excepción dijeron que la expulsión de los moriscos había sido una causa importante del descenso poblacional y otra las huidas de vecinos por deudas con el fisco, ya que buscaban pueblos con alimentos más baratos y donde, al recaudar el impuesto de Millones mediante las sisas, no hubiera repartimiento de lo que faltase para cubrir el cupo asignado al pueblo. Todos también mencionan como causa de la mala situación la “esterilidad de los tiempos”, esto es, las malas cosechas de esos años de fuertes alteraciones climáticas con años fríos y secos. Así mismo coinciden en que si el rey, tan católico, no se apiada la villa seguirá despoblándose porque la emigración es la única vía de escape que les queda. Dos de ellos aseguran que hay familias que no comen más que pan y que lo poco que ganan para sustentarse es haciendo sogas y ataderos.

El comisionado Luis Pablo comprobó lo relativo al número de vecinos en el padrón del repartimiento: «… de Millones del vino, aceite y vinagre y habiéndolos visto originalmente y contado los vecinos de ella a quien le están echados los dichos repartimientos parece haber sesenta y ocho vecinos de forma que conforme a las averiguaciones y hechos parece venir bien poco más o menos con lo que dicen los testigos por haber dicho algunos más y otros menos».

Al día siguiente, 15 de abril de 1617, se trasladó a Colmenar de Oreja donde entrevistó a otros dos testigos que dijeron conocer bien Villamanrique. Ambos afirmaron que el pueblo tenía “unos 100 vecinos poco más o menos” muy pobres, que veían imposible para ellos poder pagar el repartimiento y que estaba el pueblo agraviado con más de la mitad de los 80.000 maravedíes que le había asignado la comisión de Millones de Toledo.

Este es el testimonio que Luis Pablo transmitió a la comisión de Toledo y ellos a su vez al Consejo de Justicia de Madrid, donde en 1619 juzgó el caso el juez don Francisco Gil de Aponte, cuya sentencia dice: «En nombre del reino en el pleito con la villa de Villamanrique sobre la baja de Millones que pretende, digo que a la dicha villa se le ha de denegar la baja que pretende y mandarla que pague su repartimiento o justifique su demanda, por lo siguiente: lo primero por lo general lo obvio porque no se puede hacer rebaja a ninguna ciudad, villa ni lugar de estos reinos sin que justifique su demanda». Para esa justificación, el Ayuntamiento de Villamanrique a través de su procurador, debía haber presentado las cuentas del vino, aceite, vinagre y carne consumidos cada año desde 1611 en que se había producido el último repartimiento de la Comisión de Millones, así como otros detalles relacionados con la implantación y subida de sisas. Además, alega el juez, que el número de vecinos no está claro porque unos dicen más o menos 60, pero los testigos de Colmenar dijeron que 100 y por consiguiente no se podía tener en cuenta lo que dicen y como hacía ya dos años de esos testimonios «puede estar la villa en diferente estado».

En efecto la villa de Villamanrique estaba en diferente estado, pero para peor. Al no ser atendida esta súplica del pueblo al rey, los vecinos se vieron en mayor necesidad y siguieron la vía del escape como otros hicieron anteriormente a esta fecha, con lo cual el pueblo estuvo a punto de desaparecer como advirtieron los seis entrevistados y el procurador representante del Ayuntamiento y Común de vecinos. Así no es de extrañar que se computaran 20 vecinos en el primer censo realizado por Felipe V en 1712, conocido como Vecindario de Campoflorido, por haber sido realizado a instancias del marqués de este nombre, presidente de la Real Hacienda.