La Guerra de la Independencia en Villamanrique de Tajo

Este año se cumple el 200 aniversario de la invasión napoleónica que dio origen a una guerra contra el ocupante, cuya duración fue de seis años, entre 1808 y 1814. Este artículo pretende dar a conocer cómo vivieron los habitantes de Villamanrique un proceso histórico de tan gran importancia para nuestra Nación.

 Los grandes hechos que conmocionaron España durante la contienda son sobradamente conocidos: la declaración de guerra por los alcaldes de Móstoles; la insurrección del pueblo de Madrid el 2 de mayo; la batalla de Bailén y otras victorias y derrotas que conmovieron a la nación entera; los trágicos sitios de ciudades como Gerona y Zaragoza; la formación de las guerrillas con protagonistas tan destacados como El Empecinado, Espoz y Mina, el cura Merino y otros menos célebres pero no menos luchadores; la reunión de las Cortes en Cádiz, desde donde el gobierno organizó el ataque militar contra los invasores en colaboración con Inglaterra y Portugal, y donde fue redactada y promulgada la primera Constitución democrática de nuestra historia, y otras leyes que pretendían acabar con el atraso político, social, económico y cultural de España.

Pero ¿qué pasó en Villamanrique durante esos seis años? ¿Cómo y de qué vivieron sus habitantes? ¿Qué daños sufrió la población en sus personas, propiedades y edificios del común? Las respuestas a estas y otras preguntas las podemos encontrar parcialmente en los documentos del archivo municipal. Parcialmente porque esa documentación no está completa debido a que, en un momento de la guerra, las tropas invasoras saquearon el pueblo, entraron en el archivo y destruyeron parte de él. Por otro lado, aunque la documentación estuviera completa, poco nos diría de los enormes sufrimientos y angustias que sin duda pasó la población durante la guerra, debidos esencialmente a que gran parte del tiempo que duró, la comarca de Villamanrique, es decir, el valle medio del Tajo, fue una zona que podríamos llamar fronteriza, por la que transitaban ejércitos tanto españoles como franceses, para controlar los pasos del río, y en la que fueron frecuentes las incursiones de grupos guerrilleros, con lo que eso suponía para la población civil, que tenía que abastecerlos haciendo un gran sacrificio económico y soportar por ello la durísima represión de los invasores.

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Joaquín Murat retratado por Gérard

 Los documentos conservados en el archivo municipal no nos informan sobre los dos primeros meses de la guerra en Villamanrique. La situación producida desde la sublevación del pueblo madrileño el 2 de mayo era de verdadero caos en toda España, y especialmente en la zona centro. La capital estaba dominada por el general Murat, cuñado de Napoleón y uno de los generales más destacados del ejército francés, que había reprimido la insurrección de Madrid con verdadera crueldad.

 El rey Carlos IV y el príncipe heredero, futuro Fernando VII, habían abdicado de sus derechos a la corona española el 5 de mayo en la ciudad francesa de Bayona, en la que estaban retenidos por Napoleón; los órganos de poder de la Nación, supervivientes de la abdicación y en ausencia de los reyes, eran la Junta de Gobierno y el Consejo de Castilla, pero se habían plegado al dominio napoleónico y aceptaban las órdenes de Murat, a la vez que pedían calma a la población. Frente a este sometimiento oficial, el pueblo no aceptaba la imposición francesa y se había rebelado en lucha contra el invasor por toda la España peninsular y balear, contando con el liderazgo de algunos militares, de numerosos civiles no menos arriesgados, y de un considerable número de eclesiásticos. De todo este conjunto de población descontenta surgió la guerrilla que luchó durante los 6 años de la contienda, debilitando al enemigo de una forma que ni el propio mando francés había podido imaginar. En esa situación se comprende que durante los meses de mayo y junio, pese al dominio efectivo de los franceses en la ciudad de Madrid, hubiera en sus alrededores importantes grupos militares y guerrilleros que, sin formar un auténtico ejército, se movían descontrolados por la zona a la espera de órdenes y de mejor situación, o se trasladaban a otras ciudades que se resistían a la invasión, como sucedió con el Regimiento Real de Zapadores y Minadores, de cuyo cuartel de Alcalá hubo dos fugas; una hacia Valencia el 24 de mayo y otra hacia Zaragoza el 6 de junio; el 20 de julio se fugaron de Madrid hacia Andalucía el mariscal Samper con la plana mayor de jefes y oficiales del arma de ingenieros, a la que pertenecía el regimiento de zapadores de Alcalá. Como veremos, alguno de esos grupos pasó por Villamanrique y fue abastecido con alimentos y pienso.

 Implicación de Villamanrique en la contienda.

 Villamanrique se vio implicado en las acciones bélicas de la Guerra de la Independencia de forma activa mediante las aportaciones económicas de la población, como veremos después, y el servicio en el ejército de algunos de sus habitantes; a este respecto tiene gran importancia el documento de alistamiento realizado el 18 de agosto de 1808, de cuyo original el Ayuntamiento ha recibido un facsímile remitido por el archivo de Castilla-La Mancha, en el que aparece un listado con 72 nombres de vecinos de Villamanrique comprendidos entre los 16 y los 40 años, sin que esto signifique, como veremos, que todos ellos se incorporaran a filas.

También se vio implicado Villamanrique de forma pasiva al convertirse su territorio en escenario de la lucha y en lugar de tránsito de importantes formaciones militares. Esos ejércitos pretendían el dominio de los pasos del río para frenar al enemigo, o se desplazaban hacia otros lugares próximos, donde se enfrentaron a él en grandes batallas, como la de Uclés (13 de enero de 1809) y la de Ocaña (18-19 de noviembre de 1809). También llegaron a su territorio partidas de guerrilleros que dominaban la zona más abrupta del alto Tajo, como El Empecinado y el menos conocido Canónigo de Sigüenza.

 1. La batalla de Uclés.

La primera batalla importante en la que se vio implicado Villamanrique fue la de Uclés. En relación con ella, y con un anterior enfrentamiento de tropas francesas y españolas en Tarancón, se produjo la jornada más aciaga, de que tengamos noticia, vivida por Villamanrique en la guerra.

 Después de la derrota del ejército francés en Bailén el 19 de julio de 1808 frente al ejército español mandado por el general Castaños, los franceses, con el rey José Bonaparte a la cabeza, tuvieron que replegarse al norte del Ebro, instalando la corte en Vitoria. La ocupación por el ejército español de Madrid y, por consiguiente, de toda la cuenca del Tajo, ha dejado huella en el archivo municipal, donde se encuentran, además de justificantes de suministros a las tropas españolas, el registro de ayudas económicas individuales dadas a soldados en tránsito, así como las anotación de sus pasaportes.

 En ese sentido, el documento P-498 (f.25) del archivo municipal recoge un pasaporte firmado por el alcalde de Belmonte a favor de un cabo 1º y un soldado, del Regimiento de Voluntarios de Valencia, “los cuales pasan a incorporarse a sus cuerpos y han permanecido enfermos en el hospital de esta citada villa de Belmonte”. El pasaporte tenía fecha de 23 de agosto de 1808, y los soldados pasaron por Villamanrique el 4 de septiembre, fecha en que fueron socorridos con 8 reales. Hay otra copia de un pasaporte (P-498, f.26) extendido por el alcalde de Santa Cruz de la Zarza a favor de otro soldado del “Regimiento de voluntarios de Orihuela y Valencia”, para incorporarse a su cuerpo, por haber permanecido en el hospital de la villa por herida “hecha de mano airada”; está fechado el 3 de septiembre de 1808, y el Ayuntamiento de Villamanrique le socorrió con 4 reales.

 Ante la situación de repliegue y práctica derrota del ejército francés después de Bailén, acudió a España Napoleón en persona con el ejército más poderoso que había en Europa. Pasó los Pirineos el 4 de noviembre y un mes más tarde estaba en Madrid, después de haber derrotado a los ejércitos españoles que se le enfrentaron en Espinosa de los Monteros, Gamonal y sobre todo en Tudela, donde fue desbaratada una junta de los 4 ejércitos españoles que había organizado la Junta Central Suprema Gubernativa del Reino establecida en Aranjuez el 25 de septiembre. Parte de uno de esos ejércitos, el llamado del Centro, consiguió replegarse e instalarse en Cuenca al mando del duque del Infantado; desde allí intentaron establecer en el Tajo una especie de frontera con el enemigo, limpiando su margen izquierda hasta Aranjuez. En Tarancón hubo un combate importante el 25 de diciembre del que los españoles salieron airosos, pero la derrota no tardó mucho en llegar en Uclés el 13 de enero de 1809.

 El padre Manuel Salmón, contemporáneo de los hechos, en su obra “Resumen histórico de la revolución de España año de 1808” (tomo II, p. 224 y siguientes), recoge la presencia de tropas francesas en las riberas del Tajo a finales de 1808 donde estaban “cometiendo estragos y tropelías en los pueblos de su tránsito y estancia”. Más adelante el autor relata las crueldades practicadas por el ejército francés en la ciudad de Uclés cuando entraron las tropas, entre ellas “el más horrendo saqueo” además de matanzas colectivas, violaciones, etc. Son igualmente célebres los actos de barbarie llevados a cabo por la soldadesca francesa, con el consentimiento de sus jefes, en ciudades como Medina de Rioseco en julio de 1808 o, más cerca de Villamanrique, en Chinchón, donde fueron ejecutadas cien personas en 1809, en venganza por la muerte de tres franceses.

 Uno de los pueblos afectado por las tropelías del ejército francés fue Villamanrique, que soportó el movimiento de tropas a las que tuvo que suministrar víveres y, sobretodo, sufrió una jornada de saqueo por parte del ejército francés el 8 de diciembre de 1808, de la que tenemos constancia escrita en varios documentos del archivo municipal.

 La presencia de tropas españolas en el pueblo entre el 5 y el 7 de diciembre está documentada en la cuenta de alcaldes correspondiente a 1808 (P-498, f.2v-3). Hay varias partidas que registran abastecimientos: una es del abastecedor de carne de la localidad, Alfonso de la Plaza, quien suministró a tropas españolas el día 7; el secretario del Ayuntamiento, Pedro Antonio Vecino, aclara en una de las anotaciones de la cuenta: “…en los días 5 y 6 de diciembre se suministró a una partida de tropa española con los víveres de pan, carne, vino, aceite, paja y cebada, cuyo importe ascendió a la cantidad de ciento cincuenta reales… pero el día 8 de dicho mes entraron en esta villa las tropas francesas…”.

 La entrada de los franceses en Villamanrique fue violentísima; se trataba de un ejército invasor y no reparaba en daños a la población civil, a sus propiedades ni a las del Ayuntamiento o la Iglesia. Aunque en los años siguientes continuó habiendo tropas francesas en el pueblo y sus alrededores, su actitud hacia la población fue distinta, pues ya se habían convertido en una fuerza que ayudaba a José I Bonaparte a gobernar España y, aunque las acciones de la guerrilla podían terminar en la detención y ejecución de civiles, ya no habría saqueos descontrolados.

 Sabemos por otros documentos del archivo municipal que a la llegada de los franceses el 8 de diciembre de 1808, la población civil se escondió o huyó donde pudo abandonando sus casas, lo que facilitó el saqueo de éstas, así como de la iglesia y del ayuntamiento, tanto por las tropas francesas como por algún vecino que aprovechó la confusión para hacerse con enseres.

 El saqueo de las casas está acreditado en varios documentos de nuestro archivo: el vecino Raimundo Fernández Casalta (P-498, f.2v-3) reclamaba el pago de un suministro hecho el día antes a tropas españolas, del cual no tenía justificante por haberle desaparecido a la llegada de los franceses.

 En el expediente del juicio conciliatorio por intrusismo entre el cirujano de la Villa, Esteban Díaz, y Manuel Enciso, fechado el 31 octubre 1813 (P164), se encuentra un memorial presentado por el cirujano en el que alega no poder presentar su título oficial por haberle sido sustraído de su casa en un saqueo sufrido por el pueblo durante la guerra; aunque no precisa la fecha, no hay ningún indicio de que se produjera otro que el del 8 de diciembre de 1808.

 Otro expediente judicial, fechado el 2 de mayo de 1809, (P143) abierto contra Hipólito Arroyo, oficial de la carnicería y encargado de la posada-mesón, bajo la acusación de haber cogido ropas y colchones escondidos en un pozo de la posada y haberlos vendido en Fuentidueña. En su declaración el acusado dijo haber encontrado dos colchones en el pajar de la casa mesón y haberlos enviado a Fuentidueña prestados a un vecino de ese pueblo, Manuel de Uceda, que estaba montando un mesón; que después había enviado por ellos a su suegro y a su mujer el día 10 de abril, pero que el tal Uceda no los había querido entregar. En otra hoja del expediente, Hipólito, al ser preguntado si era cierto que a la llegada de las tropas francesas habían ocultado algunos efectos y ropas de vecinos en el pozo de la casa mesón que regentaba, dijo “es cierto que así del declarante como de otros vecinos se ocultaron varias ropas en el citado pozo, que vio sacar y llevárselas sus dueños aquellas que hallaron suyas, ignorando si los franceses, quienes dijeron al declarante habían entrado en el pozo, habían sacado algunas de ellas”.

 La situación de la población de Villamanrique, con tropas francesas acampadas en sus alrededores, fue tan insegura entre el 8 de diciembre y primeros de enero de 1809 que hubieron de ser cerrados los pocos comercios que había, tal vez por declaración del “estado de guerra” en la zona en relación con el combate de Tarancón, pues mientras las tropas españolas se movían por la orilla izquierda del río, las francesas lo hacían por la derecha, con incursiones al otro lado. Esa situación se encuentra recogida en otra partida, de 426 reales, de la cuenta de alcaldes de 1808, destinada a compensar a los arrendadores de la tienda y taberna de los 24 días que “no despacharon en dichos ramos por la invasión de las tropas francesas”.

 Del saqueo del 8 de diciembre tampoco se libraron el ayuntamiento ni la carnicería municipal, como nos informan varios documentos. Los soldados franceses sin duda buscaban objetos de valor y el dinero de los fondos municipales, que por aquella época guardaban todos los ayuntamientos en las llamadas arcas de tres llaves. Algunos de los mencionados documentos son facturas de trabajos pagados al carpintero y al herrero por la reparación de varias puertas y cerraduras: dos de la carnicería, una del archivo y otra del propio ayuntamiento (P502, f.15 y f.20). Otro documento (P203) es un testimonio del secretario, Pedro Antonio Vecino, fechado el 14 de febrero de 1819, quien debía presentar a Hacienda la escritura del convenio que tenía el Ayuntamiento con dicha entidad, sobre el tributo que debía pagar por disponer de un medidor y fiel de romana. El secretario solicitó una prórroga “… para la busca del título primordial por cuanto no ha estado de parte de esta villa el impedir que los enemigos tanto en la última guerra como las del siglo pasado hayan destrozado el archivo de este Ayuntamiento“. En esa “última guerra” a que hace referencia, la de la Independencia, la destrucción del archivo no fue total, pero sí su desorganización; y las guerras del siglo pasado a que se refiere es a la de Sucesión (1700-1714) en la que el archivo fue totalmente destruido, por lo que no hay en Villamanrique documentos anteriores a 1714.

 Los bienes de la Iglesia fueron sin duda el mayor botín conseguido por las tropas francesas en 1808. En la cuenta de alcaldes de 1809 (P-502, f.25) aparece un pago de 84 reales; el recibo correspondiente a ese pago dice: “Como comisionado que he sido para hacer presente en la intendencia de la ciudad de Cuenca, una representación respectiva a que surtiesen de lo necesario a esta iglesia de esta villa como eran vasos sagrados, ropas y demás que ha quedado destruida por el tránsito de las tropas francesas por esta dicha villa”.

 2. La batalla de Ocaña.

Es otra de las batallas importantes de la guerra en la que Villamanrique se vio implicado. Después del avance avasallador de los ejércitos napoleónicos entre noviembre de 1808 y la primavera de 1809, los ejércitos españoles consiguieron aguantar en el sur de Extremadura, en Valencia y en Andalucía. Desde ésta partió un nuevo intento de reconquistar Madrid con el ejército acantonado en la región, reforzado por la parte del Ejército del Centro que se había replegado allí desde Cuenca después de la batalla de Uclés, y llegado a Santa Cruz de Mudela el 1 de febrero de 1809.

Batalla_de_Ocana Unidos los ejércitos del Centro y de Andalucía mantuvieron varios enfrentamientos con los franceses con diversos avances y retrocesos por la Mancha; el 28 de junio los ejércitos españoles llegaron a tomar Ocaña, Toledo y Aranjuez, pero no se atrevieron a atacar Madrid. Aunque hicieron incursiones por el Jarama, hasta Ciempozuelos, Arganda y Vacia-Madrid, el ejército francés consiguió rechazarlos al sur del Tajo; en las semanas siguientes la lucha se concentró entre Aranjuez y Toledo. En agosto los franceses consiguieron pasar el Tajo por Toledo y atacar la Mancha hasta hacer retirarse al grueso del español a Despeñaperros.

 En el otoño hubo un nuevo intento; el ejército concentrado al sur de la Mancha se había reforzado hasta contar con 45.000 hombres al mando de Aréizaga, quien situó en la vanguardia al general Zayas. Este ejército comenzó a moverse hacia el norte el 1 y 2 de noviembre, apoyado por otra división de unos 7000 hombres mandada por D. Luís Lacy; abría el camino a estas divisiones el grueso de la caballería mandada por Manuel Freire. En el movimiento de estas tropas tuvo un papel destacado el guerrillero de Camuñas llamado Francisquete, quien hostigaba al enemigo y comunicaba al ejército sus movimientos y emplazamientos. Freire avanzó hasta Ocaña por Madridejos y Dos Barrios, donde descansó el día 9 de noviembre. El día 10 las tropas españolas llegaron a entrar en las calles de Ocaña y fueron rechazadas. En ese momento llegaron a las inmediaciones de la población las vanguardias de Zayas y Lacy; este último intentó atacar la villa de inmediato pero Zayas ordenó detenerse a descansar, dando al traste con el empuje de las tropas y con la ocasión de indefensión que parecían tener los franceses. La resistencia encontrada en Ocaña camino de Aranjuez y Madrid obligó a Aréizaga a plantearse el paso del Tajo por las proximidades de Villamanrique y atacar Madrid por el camino real de Valencia.

 Manuel Salmón (Op. Cit. T II, p. 288-289”) relata así los hechos: “A esta inanición [se refiere a la pasividad de Zayas ante Ocaña] se siguió otra no menos sensible y dolorosa para los que cuanto antes deseaban ver el resultado de la expedición. En la misma noche del 10 y madrugada del 11 [de noviembre de 1809] empezó a desfilar la caballería para diferentes pueblos de la derecha e izquierda de Ocaña, dejando en esta villa la infantería, a la que se reunieron a los dos o tres días las demás divisiones. Éstas enseguida fueron tomando posiciones en Santa Cruz de la Zarza y otros pueblos contiguos al Tajo. La de Lacy y Vigodet se situaron al frente de Villamanrique, ocupándose en poner unos puentes para franquear el paso del río que por orden posterior se quitaron. En este estado de absoluta inanición estuvieron los soldados pasando muchos fríos y continuas aguas, que les privaron de vestido y calzado, sin leña para enjugarse y calentarse, y lo que es aún peor, sin el alimento necesario, cuando el ejército estaba abastecido de todo… Esto dio ocasión a que los franceses concentraran más tropas en la rivera del Tajo entre Aranjuez y Toledo. Soult comenzó a mover su ejército desde Aranjuez el día 18; ante esta situación, Aréizaga concentro sus efectivos de nuevo en Ocaña, pero las tropas llegaron allí cansadas y hambrientas, no pudieron con la embestida francesa y sufrieron cuantiosas pérdidas humanas y materiales.

 Hay distintas versiones sobre las tropas que participaron en el intento de cruzar el Tajo cerca de Villamanrique y los medios que usaron. Mientras M. Salmón, como hemos visto, sitúa aquí las divisiones de Lacy y Vigodet, que intentaron pasarlo colocando puentes, Aldana asegura que “Areizaga se dispuso el 14 a efectuar el paso del Tajo, la División Lacy por Colmenar de Oreja y el resto del ejército por Villamanrique, donde a uno y otro vado arbitraron nuestros ingenieros dos puentes de carros, con gran rapidez y habilidad; mas entorpecida la operación por un temporal de aguas que duró tres días, desconcertó este inesperado contratiempo al caudillo español, y desistió de ella”. Por su parte M. Artola Gallego (La España de Fernando VII. La Guerra de la Independencia y los orígenes del constitucionalismo. Vol. XXXII-1 de la Historia de España Menéndez Pidal. Madrid.1999, p. 208) escribe que “…el 12 de noviembre la división Lacy, del ejército de Areizaga, cruzaba el Tajo en las proximidades de Villamanrique, movimiento que el resto del ejército no pudo seguir debido a las lluvias torrenciales de los tres días consecutivos”.

 De la presencia de esas tropas en las proximidades de Villamanrique ha quedado constancia en varios documentos relacionados con el abastecimiento de víveres al ejército español durante la contienda. El más significativo es un borrador del estadillo presentado después de la guerra a la Hacienda pública (P499), del que hablaremos más adelante al analizar las aportaciones económicas, pero del que conviene comentar aquí varios aspectos.

 La inmensa mayoría de los suministros de ese año se produjeron entre el 15 y el 18 de noviembre, entregándose más de 23000 raciones de pan, lo que nos puede dar la cantidad aproximada de 5000 soldados a cargo de Villamanrique. Si tenemos en cuenta las aportaciones de otros pueblos de la zona más grandes (Santa Cruz, Vilarrubia, Noblejas, Fuentidueña, Colmenar, etc.) nos haremos una idea del tamaño de dicho ejército, que según M. Salmón era de unos 50000 hombres.

 Los batallones abastecidos por Villamanrique eran muy diversos, y de muchos de ellos no sabemos a cuál de las seis divisiones que operaban en la zona pertenecían; las armas que participan son variadas:

Infantería: Regimiento de Chinchilla, R. de Murcia; R. imperial de Ronda; R. 1º de Málaga; R. de Reales Guardias Españolas; R. de África; R. de Mallorca; Batallón de Voluntarios de Plasencia; R. de Alcalá; R. de Loja; R. de Burgos; R. de España; R. Provincial de Cuenca, y R. Voluntarios de Sevilla.

Caballería: Regimiento del Príncipe; R. provincial de Córdoba; R. provincial de Jerez; Cazadores de Toledo; Dragones de Lusitania; Dragones de Pavía; Regimiento de Caballería de España; Batallón de Cazadores de Carmona; Batallón de la Real Maestranza de Ronda, y R. Farnesio;

Artillería: Brigada de Artillería

Intendencia: Almacén de la 1ª división del Ejército del Centro.

Ingenieros: Real Cuerpo de Ingenieros; R. Real de Zapadores, y Cuerpo de carreteros y carpinteros del Parque de Ingenieros

Transporte: Brigada de carros de la Real Hacienda.

Sanidad: Hospital de la sangre y brigada de cirugía de la 1ª división.

3. La guerrilla.

Por último, aunque en un grado mucho menor, Villamanrique se vio implicado en la contienda por el movimiento de guerrilleros en sus proximidades.

 La guerrilla surgió en España contra la invasión napoleónica como el único medio eficaz de lucha, según se iba desbaratando el ejército regular. El embajador francés en España, en un comunicado del 26 de julio de 1810 expone: “Las guerrillas aparecen por todas partes como enjambres y parecen dar muestras de la mayor intrepidez conforme transcurre el tiempo. Cierto que no existe ya ningún ejército español, digno de tal nombre. Pero es claro que el enemigo, escogiendo el tipo de guerra que las circunstancias le señalan, se ha diseminado en todas direcciones… privan al gobierno real de todos los recursos y están contribuyendo a su debilitamiento”.

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El Empecinado, por Goya

 La guerra de guerrillas llevada a cabo en España contra los franceses es la primera “guerra revolucionaria” de la Historia, en la que un pueblo en armas se enfrenta a un ejército invasor por medios absolutamente distintos de los considerados “normales” en la táctica y estrategia militar; es un claro precedente de las muchas guerras de liberación nacional habidas en el siglo XX, de las que Argelia y Vietnam han alcanzado la categoría de mitos.

 Los enfrentamientos del ejército en campo abierto con la Gran Armée de Napoleón, excepto el caso de Bailén, cosechaban un desastre tras otro. Después de esas derrotas, muchos de los soldados y oficiales del ejército conseguían librarse de caer prisioneros y formaban partidas de guerrilleros que continuaban la lucha. No sólo los militares (Porlier, Lacy, Milans del Bosch, etc.) formaron esas guerrillas; mucho más célebres, numerosas y mortíferas fueron las capitaneadas por civiles como El Empecinado, Espoz y Mina, Gaspar Jáuregui “El Pastor”, Juan Palarea “El Médico” o Francisco Abad “Chaleco”. Más numerosas aún, aunque menos potentes, son la organizadas por clérigos, de las que la más célebre es la de el cura Merino en tierras burgalesas, y la de Cipriano Téllez, canónigo de la catedral de Cuenca. En total calculan los historiadores especialistas unos 50000 guerrilleros repartidos en 600 partidas.

 Sin duda, la partida más numerosa, que más se movió y más daños causo a las tropas invasoras fue la de El Empecinado. Surgió en Castilla León, donde luchó hasta finales de 1810; a partir de 1811 lo encontramos en la Alcarria, dominando el Alto Tajo, desde donde hizo incursiones tanto hacia la actual provincia de Madrid como hacia la de Cuenca y la de Zaragoza. Fue la pesadilla de alto mando francés que para acabar con él destinó a Guadalajara un cuerpo de ejército especial al mando del general J. L. Hugo, pero ni esa estrategia, ni la traición de uno de sus hombres más destacados, ni los intentos de asesinato terminaron con él; sería Fernando VII, el rey por el que tanto había luchado, quien le condenó a muerte en 1825, por defender el sistema político liberal y ser uno de sus principales líderes.

 Sabemos por varios estudios realizados sobre El Empecinado que realizó incursiones a la zona de Villamanrique. R. Abella y J. Nart en su obra “Guerrilleros” (Madrid, 2007, p.205) recogen las andanzas del más celebre guerrillero en el valle alto y medio del Tajo. Una vez instalado en la Alcarria, la domina desde puntos estratégicos como Atienza, Brihuega y Trillo, desde allí realiza incursiones que en ocasiones llegaron a Tarancón y Arganda; la más próxima a Villamanrique es la que hizo en Estremera, donde se enfrentó a un destacamento de caballería francés formado por 200 lanceros a los que persiguió hasta Villarejo.

 Un solo documento del archivo municipal atestigua la presencia de El Empecinado en las proximidades de Villamanrique. Se trata de una proclama (P72, f. 11) del General de División Gobernador de la Provincia de Cuenca, Lahousay, recibida en Villamanrique desde el Cuartel General de Tarancón el 31 de Mayo de 1.811. En ella tratan a El Empecinado como si fuese un bandido desalmado: “El enemigo común de nuestra tranquilidad, y del bienestar de vuestras familias, El Empecinado, este jefe de bandoleros, bandolero él mismo, sediento insaciable de vuestra sangre y de vuestra propiedad, se atreve a amenazarnos proclamando decretos sanguinarios y penas capitales contra vosotros, contra vuestros hijos, contra las autoridades mismas que velan solícitas en vuestra prosperidad y reposo…”.

 Al mismo tiempo la proclama amenaza con severas penas a quienes tengan cualquier contacto con la guerrilla: “Cualquier habitante sujeto a la jurisdicción de nuestro Gobierno que pase en adelante (bajo cualquier pretexto que sea) a comunicar con las cuadrillas del enemigo, será castigado con la pena capital. Sus familiares serán responsables de sus personas y sus bienes confiscadosLos padres o parientes inmediatos de los individuos que se hayan actualmente en las cuadrillas enemigas son y quedan personalmente responsables de su presentación y en su defecto serán castigados conforme a la gravedad y circunstancias del delito y la mayor o menor influencia que tengan sobre sus personas”.

 Hay otro jefe de partida documentado en el archivo de Villamanrique, el Canónigo de Sigüenza, del que extrañamente no dan razón alguna los libros especializados en el tema. Quizás muriese pronto y su grupo fuera poco numeroso, pero dos documentos conservados en nuestro archivo demuestran su existencia y sus movimientos por el Alto Tajo, antes que llegara a ese territorio El Empecinado.

 El primer documento es un libramiento incluido en las cuentas de alcaldes de 1809 (P-502, f.40), para justificar la entrega por el arrendador de la tienda, Alfonso de la Plaza, de 5 reales a un soldado a caballo, llamado Manuel Chirinolo, perteneciente a la “partida del canónigo de Sigüenza”.

 El segundo es un pasaporte (P502, f.61) encabezado por “D. José Felipe Mangudo, prebendado de la Santa Iglesia Catedral de Sigüenza, y comandante de las tropas acantonadas en las orillas del Tajo”, para facilitar el tránsito de dos soldados desde Illana, donde estaba la partida, hasta Aranjuez; lleva fecha de 25 de julio de 1809.

 Por último es necesario mencionar que también merodeó por estos contornos la partida del guerrillero Piloti, armero de origen italiano que participó en el levantamiento del 2 de mayo en Madrid, quien se movió en el verano de 1809 por La Mancha, y fue capaz de capturar un pequeño destacamento francés en Perales de Tajuña (R. Abella y J. Nart. Op. Cit, p. 103).

Aportaciones de Villamanrique a la guerra.

 1. En soldados.

En los años anteriores a la guerra, Villamanrique aportaba menos de un soldado al año al ejército pues cuando la Capitanía General de la zona hacía el reparto de cupo, dado su corto vecindario, le correspondía menos de un hombre y lo aportaba o no en función de un sorteo. Un oficio dirigido al Intendente General de Toledo por el alcalde de Villamanrique, relacionado con el reemplazo de quintos para el ejército (P187) y fechado el 20 de diciembre de 1817 expone que en el año 1795 le correspondió al pueblo contribuir con “tres cuartos de hombre y al pueblo de Razbona [Guadalajara] un solo cuarto”; tras efectuar un sorteo Villamanrique quedó libre…”. Expone además que: “asimismo este ayuntamiento a V. S. hace presente que a consecuencia de la quinta publicada en el año de 1808 la juventud de este pueblo, motivada de un verdadero patriotismo a favor de nuestro amado monarca… no solamente les pareció llenar los deberes de fidelidad sorteando entre sí el cupo de hombres que había cabido a esta villa, sino que todos los que se hallaban útiles y dispuestos para el servicio de las armas, hasta el número de 12, se presentaron voluntarios con la mayor generosidad en dos de diciembre de aquel año, y entregados en esa capital [Toledo] el 5 del mismo en ocasión en que el enemigo amenazaba esta comarca y capital del reino, por cuyo motivo dejaron de entregar muchos pueblos sus quintos como es público y notorio; la desproporción y desigualdad con que este pueblo ha contribuido a esta clase de servicio, con relación a sus convecinos, y otros, todo lo que espera esta justicia y ayuntamiento lo tenga V. S. en su consideración y mayor aprecio…”.

 La quinta de 1808 a que hace referencia el documento anterior debe ser el alistamiento general realizado el 16 de agosto de ese año, cuyo testimonio fue firmado por el escribano de hechos del Ayuntamiento, Pedro Antonio Vecino, el día 18 y remitido a Toledo en cumplimiento de la Proclama de la Junta Permanente de Gobierno y Tranquilidad Pública fechada el 8 del mismo mes (P1426. copia facsímil enviada por el Archivo de Castilla-La Mancha).

 El alistamiento incluye a todos los varones comprendidos entre los 16 y los 40 años; un total de 72 hombres, pero eso no indica que fuesen todos movilizados; en otros documentos se puede comprobar la presencia de muchos de ellos en Villamanrique durante la guerra, por lo que, a falta de otros datos, hemos de confiar en el mencionado documento P187, que sitúa en 12 el número de incorporados a filas en 1808.

 No sabemos cuantos hombres más serían llamados a lo largo de la contienda, pero el aumento de 1 a 12 de 1808 es muy elocuente, eso sin contar con los que pudieron ser movilizados para el ejército de José Bonaparte ni a los que pudieron incorporarse voluntariamente a las guerrillas que merodeaban por la zona.

  2. Aportaciones económicas.

 Suministros a las tropas.

 En la situación de caos reinante en la zona centro entre mayo y julio de 1808, se explica el primer documento de nuestro archivo relacionado con la guerra. Es un libramiento fechado el 2 de julio de 1808 (P-498, f.27), para justificar un aprovisionamiento “a las tropas españolas que se venían de Madrid para Valencia y Andalucía”, por valor de 100 reales, una minucia comparada con las siguientes.

 A partir de esa fecha los suministros a tropas de uno y otro ejércitos fueron muy frecuentes y cuantiosos; además el vecindario tuvo que pagar los impuestos ordinarios y algunos extraordinarios por motivo de la guerra, y sufrir la incorporación a la lucha, voluntaria o forzosa, de hombres en edad de trabajar. Todo ello contribuyó al estado de extrema escasez y penalidades que sufrió el vecindario en esos años, situación que redujo la población a la mitad como veremos más adelante.

 No disponemos de una documentación completa que nos permita hacer la cuantificación exacta de los suministros efectuados a ambos ejércitos. Hay múltiples anotaciones en las cuentas de “Propios y alcaldes” de esos años que nos pueden dar una idea aproximada del hecho, pero no es este el lugar adecuado para hacer su análisis, porque se llenaría este escrito de datos poco interesantes para el lector medio. Por ello voy a presentar una muestra que nos permitirá acercarnos a la dimensión del problema que supuso para los vecinos de Villamanrique tener que proporcionar a las tropas lo que necesitaban para su mantenimiento.

 Dejando de lado el problema de los suministros al ejército francés, que fueron seguramente tan cuantiosos como los efectuados al español, me centraré en un documento del archivo municipal (P499) que recoge exhaustivamente los efectuados en 1809 a las tropas españolas que transitaron o se acantonaron en la zona, especialmente entre el 12 y el 19 de noviembre con ocasión de la batalla de Ocaña, que tuvo lugar el 18.

 En la cuenta de alcaldes de 1817 (dadas en 1818/P-200, f.4v y P735, f. 51) hay un pago de 205 rv al escribano del Ayuntamiento, Pedro Antonio Vecino, y a Rafael Castellanos, maestro de la villa, “por poner en limpio los estados de los suministros hechos a las tropas españolas durante la pasada guerra”. El libramiento detalla que estuvieron dedicados a la tarea 6 días, y vuelve a insistir en que fueron “…suministros hechos por esta villa a las tropas españolas, en los años de 1808, 1809 y 1812… que se mandan por la Real Orden de 29 de octubre de 1814”. Esto indica que tales suministros fueron pagados por el Estado español después de la guerra, pero no hay constancia de que sucediera lo mismo con los del ejército francés, y el pago, cinco años después no pudo evitar la escasez en que vivió la población durante la guerra.

 Desgraciadamente, de esas liquidaciones sólo conservamos el borrador de la correspondiente a 1809 ya mencionado (P499); en el archivo del Ministerio de Hacienda estarán todas, pero las dejaremos para otra ocasión y usaremos ésta como muestra. Se trata de un estadillo realizado en doble folio en el que aparecen columnas con indicación del producto suministrado, y filas con las fechas y los cuerpos destinatarios del suministro. Las cantidades resultantes se resumen así:

SUMINISTRO UNIDADES IMPORTE SUMINISTRO UNIDADES IMPORTE
Pan / raciones 23040 18296 Tocino / raciones 26 52
Cebada / celemines 3910 6516 Paja/ @ 156 312
Vino / cuartillos 7764 5823 Arroz / libras 1 2
Carne / libras 3625 7250 Menestra / raciones 9 7
Aguardiente /cuartillos 2142 1386 Dinero 44
Leña / @ 22 11 Garbanzos / fanegas 3,5 560
Pescado / raciones 556 915 TOTAL REALES 41199
Aceite / onzas 103 25

 Del cuadro anterior hay que destacar dos cosas: la primera, las 23040 raciones de pan, la mayor parte de las cuales, como se observa en el estadillo, fueron suministradas en los días inmediatos a la batalla de Ocaña, es decir, entre el 12 y el 19 de noviembre; la segunda, los 41199 reales, coste total que desembolsó la población en especie, y que al final de la guerra le serían reembolsados pero, para liquidar parte de esos suministros, Fernando VII tuvo que crear un impuesto extraordinario que, en parte, pagaron los vecinos de Villamanrique. Durante la Guerra, esas entregas contribuyeron al hambre de la población, y el esfuerzo económico realizado ese año se aprecia mejor si tenemos en cuenta que el salario diario de un peón de albañil en 1808 era de 6 reales, el del maestro de 10 y el del amasador 7; ¿cuántos jornales se necesitan para cubrir los 41199 reales suministrados en 1809?; además, no olvidemos que algo semejante ocurrió 11 meses antes cuando la batalla de Uclés, y volvería a suceder en 1812, después de la batalla de Los Arapiles, cuando los ejércitos aliados de España, Inglaterra y Portugal, fueron avanzando hacia el norte en persecución del francés que se batía en retirada hacia el País Vasco, donde fue definitivamente derrotado en Vitoria y San Marcial.

 Los aprovisionamientos a las tropas francesas fueron también importantes. Se conservan 18 documentos en los que constan las distintas partidas de alimentos, leña y caballerías entregadas al ejército francés. El primero es de 4 de octubre de 1808 (P498), aunque son seis recibos de suministros realizados entre mayo y julio de ese mismo año, ya que en octubre el ejército francés se había replegado al norte del Ebro; en uno de ellos consta que se proporcionó cebada a las tropas francesas acantonadas en Santa Cruz el día de San Pedro (29 de junio), otros abastecimientos fueron entregados en Ocaña y Tarancón. El último suministro de la guerra es de octubre de 1811 (P35), aunque hay un documento de enero de 1812 que dispone la formación de una junta de subsistencia destinada a realizar los repartimientos de las cantidades con que tenía que contribuir cada vecino a cada suministro (P150); lo mismo podía tratarse de aportaciones al ejército francés que al español. Al no disponer de un documento resumen, como en el caso de abastecimientos a tropas españolas de 1809, no se puede realizar un cuantificación fiable de lo suministrado a los franceses, pero es interesante observar las fechas de los suministros, coincidentes también con las grandes batallas de la zona (Uclés y Ocaña), y con la presencia de destacamentos en pueblos cercanos y en Villamanrique mismo.

 En las cuentas de 1809, sin especificar fecha concreta, figura la entrega de 30 ovejas en Colmenar para las tropas francesas acantonadas en esa villa (P502, f.2). En el mes de agosto del mismo año hubo un destacamento francés en Villamanrique, cuyo comandante, De Lancen, firmó recibos por distintos suministros entre el 1 y el 21 de dicho mes. Las cantidades suministradas no son grandes por lo que cabe pensar que se trataba de un destacamento pequeño, quizás establecido en Las Salinas, como se comprueba en otros documentos; hay que tener en cuenta la importancia estratégica de la sal en esa época, tanto en el consumo humano y animal, como el salitre usado en la fabricación del pólvora.

No obstante, también hubo destacamentos asentados dentro del pueblo y acampados en sus inmediaciones. Existe una tradición oral según la cual el comandante de las tropas francesas y su estado mayor se establecieron en la casa de la calle Faustina Sáez, entonces calle Toledo, en la que actualmente se encuentra la farmacia. Aún no concediendo credibilidad a esta tradición, es indudable que hubo destacamento francés en él, si no de forma continuada sí ocasionalmente. Además de los ya mencionados, un libramiento fechado el 1 de septiembre recoge los suministro de aceite y tocino realizados los días 18 al 21 de agosto de 1809 (P502, f.60) a la “tropa francesa que hubo en esta villa”.

 El 22 de agosto está fechado otro libramiento (P-502, f.57) por el suministro de 30 cuartillos de vino “para las tropas españolas que han preso a las francesas”. Pero la conquista duró poco, porque el 8 de septiembre llegó a Villamanrique otro destacamento francés, y se mantuvo en la villa hasta el 12 de octubre al menos. El 27 de octubre de 1809 el pueblo se encontraba en “tierra de nadie”, puesto que el mismo día fueron suministrados 20 cuartillos de vino y 5 libras de arroz a “una partida de la tropa española compuesta de 20 lanceros”, y cuatro arrobas de vino “para la partida de francesesque en el día de la fecha se presento en dicha villa” (P502, f.42 y 44).

 En el mes de noviembre, con ocasión de la batalla de Ocaña, el tránsito de tropas de uno y otro ejército fue abrumador. Entre los días 3 y 13 de noviembre fueron suministrados alimentos y bebidas a “la descubierta francesa que vino este día de la fecha

En esas fechas, las tropas españolas, como hemos visto, se mantuvieron al otro lado del río, ocupando Buenamesón, Castillo, Villaverde, Villahandín y Las Salinas. Hay un libramiento fechado el 13 de noviembre de 1809 (P-502, f.43) por el suministro de vino, aguardiente, aceite, arroz y garbanzos a “la partida de observación que se halla en la Salina de la Cárcavallana”; aunque no especifica la nacionalidad de las tropas, ese día la margen derecha del río estaba dominada por el ejército español.

 Otro recibo fechado el 22 de noviembre de 1809 (P-502, f.29) es de media arroba de aceite “para el suministro de las tropas francesas que pasaron a dar el ataque a Ocaña”.

 Por último, hay otros dos documentos relacionados con el suministro a tropas francesas: el primero es un escrito del general Lausalle por el que apremia a varios ayuntamientos del partido de Ocaña, al que pertenecía Villamanrique, a la entrega inmediata de caballos y mulas para el ejército, o su importe en metálico (P72, f.3); el segundo es un borrador de suministro de alimentos y pienso, fechado en octubre de 1811.

 Además de abastecer a las tropas que pasaban o se establecían en las proximidades, los vecinos de Villamanrique, como los de cualquier otro pueblo, tuvieron que pagar sus impuestos al Estado, a la nobleza y a la Iglesia. Los del Estado, en ocasiones, fueron dobles porque no debemos olvidar que había dos administraciones, la española y la del rey José, dependiente de la francesa, que en 1808, 1809 y 1812 se relevaron en el dominio de la zona y no de forma amistosa, por lo que en ocasiones los impuestos pagados a la administración en retirada había que pagarlos de nuevo a la que entraba.

 A pesar de todo la falta de dinero para costear la guerra era evidente en ambos bandos y, para seguir adelante, tenían que acudir a impuestos extraordinarios y a nuevos impuestos aplicados a propiedades o rentas por las que antes no se pagaba, como los que recayeron sobre las viviendas habitadas por su propietario o sobre los diezmos que percibía la Iglesia y algún noble como el conde de Villamanrique.

 Pero a veces estas medidas no eran suficientes y los gobernantes acudían a otras. Por ejemplo, en relación con medidas tomadas por el lado nacional tenemos un documento (P142) fechado el 10 de noviembre de 1808, antes de la batalla de Uclés, cuando el valle medio del Tajo se encontraba bajo dominio español, según el cual se desplazaron a Villamanrique los señores Don Juan Manuel de Cea, del consejo de S. M., Inquisidor Apostólico de la Ciudad Reino y distrito de Toledo y vocal de la Junta Gubernativa de la misma, y Don José Rogliano, coronel agregado del regimiento de caballería de cazadores imperiales de Toledo, comisionados por la Junta Gubernativa, y manifestaron una Orden del Excelentísimo Señor Don Luís de Borbón, cardenal de Scola, arzobispo de Toledo y de Sevilla, Presidente de la Junta Suprema Central, de fecha 23 de octubre, mediante la cual “…promueve excitar y reanimar el celo, lealtad y generosidad de todos los españoles a fin de que teniendo en consideración los eminentes peligros en que se halla la patria, contribuyan con ofertas, donativos y subsidios de todas especies, y especialmente en metálico, para que nuestros ejércitos se consoliden como una fuerza respetable capaz de contener las empresas tiránica, ambiciosas y execrables del inicuo e impío Napoleón… Para objetos tan importantes quedará abierta una suscripción en la que los honrados vecinos de esta villa, además de los donativos que tienen hechos (por los que los comisionados les dan las más expresivas gracias) esforzarán su patrimonio con otros que recogerán los señores párroco y juez ordinario de esta villa, confiándose a su celo y actividad que llevaran de los mismos razones exactas, comunicándolas oportunamente a la Junta Gubernativa de Toledo y reteniendo en depósito y consignación la que produjere y la expresada suscripción. Será muy conveniente que… se coloque en la parroquia de esta villa un cepillo que tenga la correspondiente inscripción para que conste a todos que las cantidades que se recojan y depositen en el mismo se han de destinar y aplicar a beneficio de nuestros soldados que sacrifican sus vidas en defender la religión, la patria, a nuestro Amado rey don Fernando VII y las nuestras”.

 También recoge el escrito que se formarían listas de las personas y cantidades con que contribuyeron. Asimismo establece una junta local de “beneficencia pública”, formada por las “señoras principales” y otras que se quieran sumar, encargada de recoger y hacer “camisas nuevas, calcetas, hilas, vendas y cabezales, de aquellos despojos que seguramente se desperdician en las casas y pueden tener una aplicación la más útil y beneficiosa”.

 Por el lado francés las medidas eran más drásticas y menos pías. El 13 de octubre de 1809 se recibió en Villamanrique y demás pueblos de la comarca una Real Orden de José Bonaparte (P1189) por la que obligaba a los ayuntamientos a inventariar “… todas las alhajas de oro y plata de las iglesias, asistiendo el ecónomo principal de cada iglesia a dicho inventario”. El 28 de febrero siguiente el Intendente de Toledo, Diego Gallard, envió un oficio (P1191) apremiando el cumplimiento de la Real Orden: “No habiéndose verificado todavía la formación y presentación en esta intendencia del inventario de alhajas de las iglesias de ese pueblo conforme a lo que se previno por el excelentísimo señor ministro de negocios económicos, con fecha 16 del mes de septiembre próximo pasado, cuya superior disposición comuniqué a VV que luego que vean esta; procedan a la formación y remesa del citado inventario o inventarios en la inteligencia de que pasados tres días desde el recibo sin haberlo verificado, despacharé un comisionado a costa de VV con el competente honorario para que lo forme sin más detención…”. Es evidente que el Ayuntamiento de Villamanrique no había cumplido la Real Orden, pero lo que ignoraba el Intendente de Toledo es que los objetos valiosos de oro o plata de la iglesia de Villamanrique habían sido robados por la tropa francesa que saqueó el pueblo el 8 de diciembre de 1808, cuando se dirigía hacia la provincia de Cuenca, donde libraría un primer combate en Tarancón el 25 del mismo mes, antes de la decisiva batalla de Uclés del 13 de enero de 1809.

 Otro problema que tenía la administración de José I era la inseguridad en la conducción de caudales recaudados en los pueblos; éstos eran blanco frecuente de asaltos de la guerrilla, que, a la vez que debilitaba al ejército invasor, allegaba recursos para sus propias partidas y para el gobierno español. Una Real Orden de José I conservada en nuestro archivo (P72, f.14), y que entraría en vigor el 1 de enero de 1811, para regular la forma de proteger el dinero recaudado de los tributos reales: “… deberá depositarse en las cajas que se establecerán en cada punto ocupado por las tropas francesas… Las cajas centrales se colocarán en cuartos principales del cuartel que ocupe la guarnición de cada plaza, y quedarán bajo la administración de los empleados españoles, a quienes se podrá alojar en dichos cuarteles… Los comandantes militares velarán sobre ellas, y harán que se ponga una guardia para la seguridad de los caudales; harán asimismo que se suministren escoltas necesarias, cuando los caudales del partido deban trasladarse a la capital del mismo partido o del departamento. Todos los perceptores particulares de las rentas públicas en las plazas militares, deberán depositar diariamente en ellas el producto de lo que hayan percibido. Los de los pueblos del partido deberán igualmente llevar de 5 en 5 días, a lo más tardar, los fondos que hubieren cobrado, y no deberán jamás tener más de 500 reales en su poder, y siempre que las entradas excedan dicha cantidad, deberán efectuar su remesa.

Dada a conocer esta disposición, mandada por S. M. será igualmente necesario que todos los alcaldes o cobradores de las contribuciones o rentas de cualquier clase que sean, queden responsables de los fondos que han recibido, o que deben recibir, y que en ningún caso puedan alegar la excusa de que se les ha robado, debiendo tomar las providencias necesarias para sustraer las rentas reales de la codicia de los bergantes [apelativo dado por los franceses a los guerrilleros]”.

 Esa descomunal presión fiscal condujo a los pueblos, entre ellos a Villamanrique, a tal situación de precariedad que en ocasiones se veían imposibilitados de pagar alguno de los impuestos, o de acudir con suministros a los almacenes que el ejército francés tenía establecidos en Aranjuez, Ocaña y Toledo. En tales casos los ayuntamientos recibían un oficio de la autoridad correspondiente comunicando el descubierto y amenazando con que si no lo pagaban en un plazo de 2 ó 3 días, se efectuaría el cobro por la fuerza militar.

 Este hecho lo podemos comprobar en varios documentos del archivo municipal, como el P1191, fechado en Aranjuez el 20 de enero de 1810, donde se encuentra un oficio (f.3) del comandante militar del real sitio, el “Comisaire des guerres, Piron”. El texto del oficio dice: “Esta es la segunda, y última vez que prevengo a Vmds. Que si faltan a entregar en éstos almacenes la contribución diaria de: 10 fanegas de trigo, 10 fanegas de cebada, 10 arrobas de vino, media arroba de aceite, 6 carneros y media de legumbres, ya convenida, inmediatamente enviaré una comisión militar a exigirlo y a conducir a Vmds. en calidad de presos a disposición de este señor comandante, pues que por su morosidad se hayan dichos almacenes sin surtido alguno“.

 Ante esta situación se podría pensar que se negaban a la entrega por patriotismo, pero la verdad es que era por miseria, porque tres años después se produjo una situación similar con respecto a impuestos para el Estado español, cuando ya había desplazado de Madrid a los franceses. En el documento P822, f.25 aparece extractada una orden del subdelegado de rentas de Ocaña, recibida a 16 de noviembre de 1813, en la que recoge a su vez una disposición del intendente de Toledo que dice: “… que inmediatamente proceda a la exacción de la contribución directa hasta fin de diciembre que es la que se mandó exigir por el soberano decreto de 11 de junio del presente año. En el concepto que de no verificarlo en el término puesto por dicho señor subdelegado (que es de seis días) pasará a los pueblos una comisión militar, con 25 reales el comisionado cada día, y cuarenta de multa, también diarios, y la manutención de la tropa que se ocupe. En perjuicio de aumentar la multa a proporción de la morosidad“.

 Consecuencias: “Los desastres de la guerra”.

 Algunas medidas legales tomadas durante la guerra tanto por el gobierno de José I, tutelado por Francia, como por la regencia y las Cortes españolas establecidas en Cádiz, pretendieron modernizar el Estado español con cambios profundos en la forma política y en la estructura económica y social, en una pretensión de instaurar el liberalismo. Pero al regreso de Fernando VII las leyes de corte liberal fueron abolidas y se reimplantó el absolutismo político y el sistema económico y social del Antiguo Régimen. Habría que esperar hasta el reinado de Isabel II en 1833 para que la transformación liberal se consolidara, pese al paréntesis del trienio liberal de 1820-1823. Villamanrique, como el resto de España se vio afectado por esas leyes de forma transitoria.

 Una de ellas, que afectó casi de forma anecdótica a Villamanrique, fue el Real Decreto de José I por el que quedaron suprimidas las órdenes religiosas; los frailes y monjas debían abandonar sus conventos y serían mantenidos con una pensión del Estado. La medida tenía un carácter político, puesto que casi la totalidad del clero era hostil al rey intruso, y económico, dado que las órdenes eran propietarias de enormes latifundios que con el tiempo serían desamortizados por el Estado liberal. Cuando en 1815 fue promulgada la Real Orden de regreso a sus conventos, el alcalde de Villamanrique escribió al arzobispado de Toledo comunicando la presencia en la localidad de dos exclaustrados: “… de la orden de trinitarios descalzos, uno del convento de la ciudad de Toledo, llamado fray José de Jesús y María, que se halla de ecónomo desde el mes de abril de 1809, y el otro de el de Santa Cruz de la zarza llamado fray Pedro de San Antonio, que ha servido muchos años una capellanía hasta principios de 810…”.

 Mucha más trascendencia podría haber tenido la aplicación definitiva del Real Decreto de las Cortes Españolas promulgado en Cádiz el 6 de agosto de 1811 por el que fue abolido el régimen feudal y quedaron “…incorporados a la Nación todos los señoríos jurisdiccionales, de cualquier clase y condición que sean, y quedan abolidos los privilegios llamados exclusivos, privativos y prohibitivos que tengan el mismo origen de señorío, como son los de caza, pesca, hornos, molinos, aprovechamientos de aguas, montes, y demás, quedando al libre uso de los pueblos, con arreglo al derecho común”. Amparándose en este decreto el Ayuntamiento de Villamanrique acordó el 8 de julio de 1813 (P161): “…hallándose esta villa privada del aprovechamiento en el hilo del agua del río Tajo que pasa por su jurisdicción, por haber gozado la Encomienda Mayor de Castilla de este privilegio, y haber percibido hasta ahora los intereses que ha rendido el paso de dichas aguas, así por barca como por los vados, debían acordar y acordaron que… dicho paso debe ser ya de esta villa por lo que se lleva expresado y, hasta tanto que se consulte con el Sr. Jefe político, se le mande retener a Lucio Sáez, arrendador de los pasos de esta jurisdicción, los intereses de dicho arrendamiento, por constar que ha cumplido el plazo, y paran en su poder…”.

 En respuesta a la consulta la Diputación Provincial de Toledo remitió un oficio, fechado en el 23 de octubre de 1813 (f.157), en el que comunicaba: “… se ha servido S. E. declarar que el ayuntamiento queda autorizado, en virtud del soberano decreto de 6 de agosto de 1811, para poner su barca, sin impedir a la Encomienda que pueda practicar lo mismo…”. Se cumplía así un deseo del pueblo de Villamanrique que había durado más de dos siglos y le había costado la pérdida del monte encinar por deudas con la Encomienda Mayor de Castilla, pero la alegría no duró mucho; la abolición de las leyes de Cádiz por Fernando VII quebraron la esperanza y el Ayuntamiento volvió a perder el derecho a tener barca propia, pese a haber sido construida nueva en 1813 por su destrucción a manos de los franceses durante la guerra.

 Además el Decreto de 6 de agosto de 1811 afectaba a Villamanrique en otros aspectos: el condado de Villamanrique era señorío jurisdiccional y, por tanto, el conde tenía derecho a nombrar los miembros del Ayuntamiento y a cobrar gran parte de los diezmos que se pagaban a la Iglesia; también disfrutaba de la mitad de la dehesa Morcillera. El condado del Castillo era señorío solariego, el conde era propietario de su territorio. La Orden de Santiago tenía Buenamesón, y la misma Orden, a través de la Encomienda Mayor de Castilla, era titular, además de los derechos de paso del río, de la Veguilla de Los Bodegones y del monte, del que se había apropiado en 1748 por las deudas que el Ayuntamiento había contraído por la explotación de la barca, y cuya propiedad estaba en pleito para su devolución. Con la implantación del liberalismo bajo el reinado de Isabel II, el pueblo recuperaría el derecho a tener barca propia, pero el monte se perdería para siempre con la desamortización de los bienes de las órdenes militares.

 La consecuencia más grave fue el esfuerzo económico que hubo de hacer la población de Villamanrique durante la guerra; fue tan grande que al final de ella ni siquiera podían pagar los impuestos del estado al restaurado Fernando VII, como ya hemos visto. La escasez se instaló en la localidad de forma tan intensa que muchos de los arrendadores de tierras de las grandes propiedades señoriales: la dehesa de Castillo, propiedad del conde de ese título, y sobretodo la vega de los Bodegones, propiedad de la Encomienda Mayor de Castilla, no pudieron pagar sus arrendamientos, y tuvieron que llegar a un acuerdo con los propietarios para pagarlos a plazos en los años siguientes, después de mantener un pleito con la Encomienda (P157).

 Recién comenzada la guerra, en el testimonio del alistamiento remitido a Toledo el día 18 de agosto de 1808, en cumplimiento de la Proclama de la Junta Permanente de Gobierno y Tranquilidad Pública (P1426), el escribano del Ayuntamiento, Pedro Antonio Vecino, certifica “…que en esta villa no hay ningún sujeto retirado ni quinto cumplido, pues los que han salido de esta villa, unos no han vuelto y otros se han ido a otro pueblo. En la misma forma certifico no haberse alistado ningún voluntario, ni haber hecho oferta alguna de especie ni metálico por hallarse el pueblo bastante deteriorado”. Lo más posible es que ese deterioro a que se refiere no sea a consecuencia de la guerra que aún apenas había llegado a afectar a Villamanrique, sino a la precariedad permanente en que vivía la mayoría de su población desde principios del siglo.

 Al final de la contienda el estado de escasez había llegado a tal límite que el 10 de enero de 1812, unos meses antes de que los franceses abandonaran Madrid, el Ayuntamiento de Villamanrique tuvo que promulgar un decreto (P153) reteniendo todo el trigo que había en la villa para el consumo de sus vecinos. Reunido el ayuntamiento, los vocales de la junta de subsistencia, y otros vecinos que firmaron, de común acuerdo decretaron: “Que atendiendo a lo escasa que se halla esta villa de trigo para la subsistencia de sus vecinos, y suministros a las tropas, no se permita extraer ninguna fanega fuera del pueblo sin permiso de la justicia, y junta, para lo que se hará saber a los vecinos que tengan algunas fanegas sobrantes del consumo de su casa, esta justa determinación. Y siendo el único que se advierte en esta dicha villa con trigo sobrante Juan de Vara, pues rebajado lo necesario para el consumo de su casa, tiene sobrantes 110 fanegas de trigo, desde este instante se le retienen y embargan para los fines indicados…. Asimismo acordaron dichos señores que sin embargo de que no se ha encontrado más trigo sobrante que lo dicho, si algún vecino tuviese algunas fanegas y las extrajese, si se le justifica se le dan por decomiso, dando al denunciador la tercera parte…”.

 El documento P173, fechado el 3 de julio de 1814, recién terminada la guerra, es un memorial de Hipólito Arroyo, oficial de la carnicería, en el que solicita, en el ejercicio de su cargo, no pagar los dos reales diarios a que se había comprometido al hacerse cargo de la tabla, antes de la guerra, por la escasa venta de carnes que estaba experimentando. En su exposición para hacer esta súplica alega: “Corrió la carga de los dos reales hasta que vinieron las tropas francesas, que, conocido del ayuntamiento que había entonces que el pueblo había quedado en la mayor indigencia, le relevaron de dicha carga…”.

 Y como a río revuelto, ganancia de pescadores, además de los saqueos franceses o el robo de enseres de los mismos vecinos (recuérdese aquel en que se vio envuelto Hipólito Arroyo como regidor de la posada mesón), durante la guerra de la independencia los actos de robo y pillaje se multiplicaron. Como ejemplo cabe mencionar aquí otro documento del archivo municipal (P148) fechado el 22 de enero de 1811, que contiene las “Diligencias sobre el hallazgo de un pollino de Fermín Fernández, vecino de esta villa”. Se inicia con la comparecencia del denunciante quien declara: “Que en principios del año pasado de 1809, estando el susodicho y su familia en Tarancón, acaeció pasar por dicha Villa un trozo [sic] de tropa francesa para el ataque de Uclés en cuyo tiempo le faltó un pollino suyo propio, el que tiene entendido se halla esta noche en esta villa en la posada de Isidro Díaz, y por si fuese así y su merced tiene a bien mandar retener al arriero que le lleva, las señas que tiene dicho pollino son las siguientes…. Y vista por su merced esta comparecencia mandó a Agustín Trigo, alguacil ordinario de este juzgado, se haga presente en la posada de Isidro Díaz y requiera a éste no permita salir al arriero de Illescas llamado Manuel Adriano hasta nueva orden”. Citados los testigos de Fermín Fernández… ratificaron la declaración del denunciante. Asimismo el juez ordenó que el pollino fuese reconocido por José Enciso, quien actuaba de albéitar. Éste declaró que el pollino coincidía con las señas dadas por denunciante, por lo que el juez ordenó que fuese depositado en la posada hasta nueva orden. El denunciado declaró que había comprado el burro en el mercado de Madrid, y dijo: “… que en atención a no tener duda ser el dicho burro del predicho Fermín desde luego cede el derecho que pueda tener a él y suplica su merced se le entregué para evitar gastos y que en el caso de hallar al que se le vendió se le libre testimonio de las diligencias para los fines que le convengan…”. Finalmente aparece una diligencia en la que consta la entrega del burro a Fermín Fernández.

 Pero había robos más significativos y peligrosos. Algunas de las partidas que se formaron con el pretexto de combatir a los franceses eran de auténticos bandoleros que operaron con bastante impunidad pese a la persecución que sufrieron por parte del ejército y de la población civil. En este sentido, cuando ya los franceses habían abandonado la zona centro, el capitán general en jefe del segundo ejército español de operaciones (P822, f. 12) envió una orden de cuatro de julio de 1813, dando instrucciones para “exterminar las partidas de salteadores que afligen a los vecinos honrados que transitan por los caminos“. En virtud de esa orden la Audiencia Constitucional de Madrid envió un auto disponiendo: “Líbrense cartas órdenes a los jueces de primera instancia de los pueblos cabezas de partido del territorio de este tribunal, para que formen, sustancien y determinen con preferencia las causas de los malhechores que apresen las partidas de gente honrada mandadas establecer por el general en jefe del segundo ejército, y Capitán General de Castilla la Nueva Don Francisco Javier Elío, en el plan que con fecha 31 de mayo de este año ha dirigido a las justicias del distrito de su capitanía general… “.

 Una circular de la Gobernación Política de la provincia de Toledo, a la que pertenecía Villamanrique, fechada el 30 de octubre de 1813 (P822, f.189), dispone que “…en las dolorosas circunstancias de encontrarse los caminos infestados de salteadores y ladrones, que turban en orden de la sociedad, impiden los progresos del tráfico y del comercio, y ocasionan otros males de horrible trascendencia, activa MANDO, que en todos los pueblos de esta provincia se observe puntualmente lo que se prescribe en los capítulos siguientes“. A continuación aparecen una serie de normas en las que dispone cómo han de actuar los ayuntamientos de los pueblos y ciudades cuando adviertan la presencia de bandoleros en su jurisdicción.

 Un ejemplo de guerrillero-bandolero, que usó la guerra en provecho propio y de sus secuaces, y llegó a coronel del ejército, fue Jerónimo Saornil, quien hizo parte de sus fechorías en la provincia de Toledo aprovechando su condición de militar. En el archivo municipal encontramos un documento (P822, f.75) con un oficio del coronel presidente del consejo de guerra del cuarto ejército español, que dice así: “Hallándose preso sin comunicación a mi disposición en el castillo de Olivenza el coronel don Jerónimo Saornil, por sus excesos en Castilla la Vieja; se lo manifiesto a vuestra señoría para que se sirva respecto de que en la provincia de Toledo, cometió el dicho con su partida muchas tropelías de los pueblos, insultando justicias, sacando raciones de más, y en verdadero castellano, robando a todo viviente bajo la capa de patriótica, con cuyo escudo como los demás de su clase han destruido más que el tirano de la Francia Napoleón…”.

 En otro folio del mismo documento (P822, f.139) se encuentra una circular del Gobernador político de la provincia de Toledo, fechada el 26 de agosto de 1813, para denunciar la corrupción de cargos políticos y judiciales que han aprovechado su puesto “para engrosar su peculio, y adquirir una riqueza que siempre deberá ser de oprobio y de execración”. Para atajar tal situación apremia a los alcaldes, que desempeñaron sus funciones hasta diciembre de 1812, la rendición de cuentas de los caudales públicos, con arreglo a las disposiciones mandadas observar en sus respectivos ramos, sin que se puedan justificar gastos no contemplados en los reglamentos.

 A todas estas dificultades hay que añadir la brutal subida de los precios de los artículos más necesarios para la subsistencia. En una situación de guerra es lo normal; la escasez se impone en el mercado y los precios se disparan.

 El documento P506 contiene una relación de precios de varios productos entre mayo de 1810 y febrero de 1812. Los productos que se repiten todos los meses son: trigo y vino; la cebada no aparece en agosto de 1811, y los demás productos son mas irregulares: aceite, aguardiente, tocino, queso, judías, arroz y jabón. Todos los precios aparecen muy elevados con respectos a los años anteriores a la guerra, aunque en ellos ya se había producido una subida considerable desde 1802, a causa de varios años seguidos de malas cosechas. Los precios de 1810 reflejan un incremento moderado respecto a los de 1807, pero a partir de ese año y hasta febrero de 1812 los precios de los productos básicos experimentaron una escalada desconocida hasta entonces en España.Evolución precios 1810_1812

Analizamos aquí los de los productos que ofrecen datos más constantes: trigo, cebada y vino. De ellos, el más significativo es el del trigo, por ser el alimento esencial de la población pues el consumo de pan diario en épocas de normalidad alcanzaba la media de unos 800 gramos diarios por persona y día. Era normal que un adulto comiese diariamente un pan de dos libras (920 gramos). Como se aprecia en la gráfica, el precio del trigo se multiplicó por 5 y fue en aumento permanente, pasando de 40 a 200 reales la fanega, pese a las medidas tomadas por las autoridades; lo que obligó al Ayuntamiento a prohibir la salida de trigo de la localidad para asegurar un mínimo de subsistencia como ya hemos visto.

 El vino no es considerado hoy un alimento esencial, pero no era igual en esa época; el consumo de vino era bastante elevado porque aportaba calorías muy necesarias para la dureza del trabajo agrícola. Los datos de la taberna en 1807 arrojan unas ventas de 700 arrobas de vino (11200 litros) para una población de 280 habitantes, lo que supone 40 litros por persona y año, sin tener en cuenta el vino que se vendía al por mayor (de media arroba en adelante) en las bodegas. Su precio también se multiplicó por 4 entre enero de 1810 y octubre de 1811, pasando de 12 a 50 reales la arroba, para luego bajar y estabilizarse en un precio de 28, mayor al doble del que tenía en 1810.

 En cuanto a la cebada hay que recordar que era la base de la alimentación animal y, en consecuencia, del trabajo agrícola. Su precio se multiplicó casi por 4, pasando de 24 reales fanega en enero de 1810 a 80 reales en febrero de 1812.

 Todos estos males llevaron a Villamanrique a una situación de verdadera calamidad. La de miseria que atravesó la población durante la guerra fue tan grave que el número de vecinos disminuyó a la mitad entre el comienzo y el fin de ella, pues si en 1806, dos años antes de la contienda, había unos 281 habitantes, en 1811, mediada ésta, había 241, y en 1814, año en que finalizó, quedaban unos 126. El número de muertos por necesidad debió ser muy superior al de los caídos por acciones bélicas. También debió de ser importante el de emigrados a lugares más seguros. Las guerras no las gana nadie.

 Villamanrique, 14 de mayo de 2008